Catecismo de la Iglesia Católica
«AMARÁS AL SEÑOR TU DIOS CON TODO TU CORAZÓN, CON TODA TU ALMA Y CON TODAS TUS FUERZAS»
Sección #74
Este capítulo abre la exposición del primer mandamiento con la palabra que resume toda la Ley: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas
TERCERA PARTE LA VIDA EN CRISTO
SEGUNDA SECCIÓN LOS DIEZ MANDAMIENTOS
CAPÍTULO PRIMERO «AMARÁS AL SEÑOR TU DIOS CON TODO TU CORAZÓN, CON TODA TU ALMA Y CON TODAS TUS FUERZAS»
2083 Jesús resumió los deberes del hombre para con Dios en estas palabras: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” (Mt 22, 37; cf Lc10, 27: “...y con todas tus fuerzas”). Estas palabras siguen inmediatamente a la llamada solemne: “Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor” (Dt6, 4).
Dios nos amó primero. El amor del Dios Único es recordado en la primera de las “diez palabras”. Los mandamientos explicitan a continuación la respuesta de amor que el hombre está llamado a dar a su Dios.
Sobre esta sección del Catecismo
Este capítulo abre la exposición del primer mandamiento con la palabra que resume toda la Ley: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. El Catecismo la une a la confesión de fe de Israel: el Señor es el único Dios. Antes de detallar prohibiciones y deberes, la Iglesia recuerda el fundamento de todo: Dios nos amó primero. La moral deja así de ser un código y se revela como respuesta agradecida a un amor que nos precede.
Ideas clave
- Amar a Dios con todo el corazón, el alma y las fuerzas resume nuestros deberes.
- El Señor nuestro Dios es el único Señor: esta es la raíz de toda la moral.
- Dios nos amó primero, y su amor precede a toda respuesta nuestra.
- Los diez mandamientos explicitan la respuesta de amor que debemos a Dios.
- La primera de las diez palabras es la llamada a reconocer al Dios único.
Reflexión
Antes de decir qué debemos hacer, la fe dice quién es Dios y qué ha hecho por nosotros. El amor no nace del deber, sino al contrario: el deber nace del amor recibido. Israel es invitado a amar porque fue liberado; nosotros somos invitados a amar porque fuimos amados primero. Cuando se invierte este orden, la religión se convierte en un intercambio ansioso, en un intento de comprar con obras un amor que no creemos merecer.
Amar con todo el corazón, el alma y las fuerzas no significa un sentimiento intenso y pasajero, sino una entrega total que ordena toda la vida. Es reconocer que nada ni nadie puede ocupar el lugar de Dios, ni siquiera los bienes buenos: la familia, el trabajo, la salud, la propia reputación. Todos son dones; ninguno es el Dador. El primer mandamiento no empobrece el amor humano, lo funda y lo purifica.
Y hay una consecuencia preciosa: si Dios es uno, entonces todo lo demás encuentra su unidad en Él. La vida dispersa, fragmentada en mil intereses contradictorios, se recoge cuando se ordena a un único amor. Esa es la libertad que ofrece el primer mandamiento: no la de tener muchos dioses pequeños que nos esclavizan, sino la de servir al único Señor que da sentido a todo.
Cómo vivirlo hoy
Pregúntate hoy qué ocupa de hecho el primer lugar en tus decisiones y en tus preocupaciones. No lo que dices creer, sino aquello a lo que dedicas tus mejores horas y tu inquietud más honda.
Si descubres algún ídolo —el dinero, la apariencia, el control, el reconocimiento—, no lo arranques con violencia: ordénalo. Recupera cada día un momento de oración sin prisas, y comienza y termina la jornada reconociendo a Dios como Señor. Deja que ese único amor ordene lo demás, y verás cómo se simplifica la vida.
Oración
Señor nuestro Dios, tú eres el único Señor y nos amaste antes de que te buscáramos. Purifica nuestro corazón de todo ídolo y enséñanos a amarte con toda el alma, con todas las fuerzas y en cada elección de la vida. Amén.