Catecismo de la Iglesia Católica
Artículo 3: La justicia social
Sección #68
El artículo sobre la justicia social completa el capítulo dedicado a la comunidad humana. Su punto de partida no son las estructuras, sino la dignidad trascendente de la persona: l
TERCERA PARTE LA VIDA EN CRISTO
PRIMERA SECCIÓN LA VOCACIÓN DEL HOMBRE: LA VIDA EN EL ESPÍRITU
CAPÍTULO SEGUNDO LA COMUNIDAD HUMANA
ARTÍCULO 3 LA JUSTICIA SOCIAL
1928 . La sociedad asegura la justicia social cuando realiza las condiciones que permiten a las asociaciones y a cada uno conseguir lo que les es debido según su naturaleza y su vocación. La justicia social está ligada al bien común y al ejercicio de la autoridad.
I. El respeto de la persona humana
1929 . La justicia social sólo puede ser conseguida sobre la base del respeto de la dignidad trascendente del hombre. La persona representa el fin último de la sociedad, que está ordenada al hombre:
«La defensa y la promoción de la dignidad humana nos han sido confiadas por el Creador, y... de las que son rigurosa y responsablemente deudores los hombres y mujeres en cada coyuntura de la historia» (SRS 47).
1930 El respeto de la persona humana implica el de los derechos que se derivan de su dignidad de criatura. Estos derechos son anteriores a la sociedad y se imponen a ella. Fundan la legitimidad moral de toda autoridad: menospreciándolos o negándose a reconocerlos en su legislación positiva, una sociedad mina su propia legitimidad moral (cf PT 65). Sin este respeto, una autoridad sólo puede apoyarse en la fuerza o en la violencia para obtener la obediencia de sus súbditos. Corresponde a la Iglesia recordar estos derechos a los hombres de buena voluntad y distinguirlos de reivindicaciones abusivas o falsas.
1931 El respeto a la persona humana supone respetar este principio: «Que cada uno, sin ninguna excepción, debe considerar al prójimo como “otro yo”, cuidando, en primer lugar, de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente» (GS 27). Ninguna legislación podría por sí misma hacer desaparecer los temores, los prejuicios, las actitudes de soberbia y de egoísmo que obstaculizan el establecimiento de sociedades verdaderamente fraternas. Estos comportamientos sólo cesan con la caridad que ve en cada hombre un “prójimo”, un hermano.
1932 El deber de hacerse prójimo de los demás y de servirlos activamente se hace más acuciante todavía cuando éstos están más necesitados en cualquier sector de la vida humana. “Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40).
1933 Este mismo deber se extiende a los que piensan y actúan diversamente de nosotros. La enseñanza de Cristo exige incluso el perdón de las ofensas. Extiende el mandamiento del amor que es el de la nueva ley a todos los enemigos (cf Mt 5, 43-44). La liberación en el espíritu del Evangelio es incompatible con el odio al enemigo en cuanto persona, pero no con el odio al mal que hace en cuanto enemigo.
II. Igualdad y diferencias entre los hombres
1934 Creados a imagen del Dios único y dotados de una misma alma racional, todos los hombres poseen una misma naturaleza y un mismo origen. Rescatados por el sacrificio de Cristo, todos son llamados a participar en la misma bienaventuranza divina: todos gozan por tanto de una misma dignidad.
1935 La igualdad entre los hombres se deriva esencialmente de su dignidad personal y de los derechos que dimanan de ella:
«Hay que superar y eliminar, como contraria al plan de Dios, toda... forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión» (GS 29,2).
1936 Al venir al mundo, el hombre no dispone de todo lo que es necesario para el desarrollo de su vida corporal y espiritual. Necesita de los demás. Ciertamente hay diferencias entre los hombres por lo que se refiere a la edad, a las capacidades físicas, a las aptitudes intelectuales o morales, a las circunstancias de que cada uno se pudo beneficiar, a la distribución de las riquezas (GS 29). Los “talentos” no están distribuidos por igual (cf Mt 25, 14-30, Lc19, 11-27).
1937 Estas diferencias pertenecen al plan de Dios, que quiere que cada uno reciba de otro aquello que necesita, y que quienes disponen de “talentos” particulares comuniquen sus beneficios a los que los necesiten. Las diferencias alientan y con frecuencia obligan a las personas a la magnanimidad, a la benevolencia y a la comunicación. Incitan a las culturas a enriquecerse unas a otras:
«¿Es que acaso distribuyo yo las diversas [virtudes] dándole a uno todas o dándole a éste una y al otro otra particular?... A uno la caridad, a otro la justicia, a éste la humildad, a aquél una fe viva... En cuanto a los bienes temporales, las cosas necesarias para la vida humana las he distribuido con la mayor desigualdad, y no he querido que cada uno posea todo lo que le era necesario, para que los hombres tengan así ocasión, por necesidad, de practicar la caridad unos con otros... He querido que unos necesitasen de otros y que fuesen mis servidores para la distribución de las gracias y de las liberalidades que han recibido de mí» (Santa Catalina de Siena, Il dialogo della Divina provvidenza,7).
1938 . Existen también desigualdades escandalosasque afectan a millones de hombres y mujeres. Están en abierta contradicción con el Evangelio:
«La igual dignidad de las personas exige que se llegue a una situación de vida más humana y más justa. Pues las excesivas desigualdades económicas y sociales entre los miembros o los pueblos de una única familia humana resultan escandalosas y se oponen a la justicia social, a la equidad, a la dignidad de la persona humana y también a la paz social e internacional» (GS 29).
III. La solidaridad humana
1939 El principio de solidaridad, expresado también con el nombre de “amistad” o “caridad social”, es una exigencia directa de la fraternidad humana y cristiana (cf SRS 38-40; CA 10):
Un error capital, “hoy ampliamente extendido y perniciosamente propalado, consiste en el olvido de la caridad y de aquella necesidad que los hombres tienen unos de otros; tal caridad viene impuesta tanto por la comunidad de origen y la igualdad de la naturaleza racional en todos los hombres, cualquiera que sea el pueblo a que pertenezca, como por el sacrificio de redención ofrecido por Jesucristo en el altar de la cruz a su Padre del cielo, en favor de la humanidad pecadora” (Pío XII, Carta enc. Summi pontificatus).
1940 La solidaridad se manifiesta en primer lugar en la distribución de bienes y la remuneración del trabajo. Supone también el esfuerzo en favor de un orden social más justo en el que las tensiones puedan ser mejor resueltas, y donde los conflictos encuentren más fácilmente su solución negociada.
1941 Los problemas socioeconómicos sólo pueden ser resueltos con la ayuda de todas las formas de solidaridad: solidaridad de los pobres entre sí, de los ricos y los pobres, de los trabajadores entre sí, de los empresarios y los empleados, solidaridad entre las naciones y entre los pueblos. La solidaridad internacional es una exigencia del orden moral. En buena medida, la paz del mundo depende de ella.
1942 La virtud de la solidaridad va más allá de los bienes materiales. Difundiendo los bienes espirituales de la fe, la Iglesia ha favorecido a la vez el desarrollo de los bienes temporales, al cual con frecuencia ha abierto vías nuevas. Así se han verificado a lo largo de los siglos las palabras del Señor: “Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura” (Mt 6, 33):
«Desde hace dos mil años vive y persevera en el alma de la Iglesia el sentido de responsabilidad colectiva a favor de todos, que ha impulsado e impulsa todavía a las almas hasta el heroísmo caritativo de los monjes agricultores, de los libertadores de esclavos, de los que atienden enfermos, de los mensajeros de fe, de civilización, de ciencia, a todas las generaciones y a todos los pueblos con el fin de crear condiciones sociales capaces de hacer posible a todos una vida digna del hombre y del cristiano (Pío XII, Mensaje radiofónico del 1 de junio de 1941).
Resumen
1943 La sociedad asegura la justicia social procurando las condiciones que permitan a las asociaciones y a los individuos obtener lo que les es debido.
1944 El respeto de la persona humana considera al prójimo como “otro yo”. Supone el respeto de los derechos fundamentales que se derivan de la dignidad intrínseca de la persona.
1945 La igualdad entre los hombres se vincula a la dignidad de la persona y a los derechos que de ésta se derivan.
1946 Las diferencias entre las personas obedecen al plan de Dios que quiere que nos necesitemos los unos a los otros. Esas diferencias deben alentar la caridad.
1947 La igual dignidad de las personas humanas exige el esfuerzo para reducir las excesivas desigualdades sociales y económicas. Impulsa a la desaparición de las desigualdades inicuas.
1948 La solidaridad es una virtud eminentemente cristiana. Es ejercicio de comunicación de los bienes espirituales aún más que comunicación de bienes materiales.
Sobre esta sección del Catecismo
El artículo sobre la justicia social completa el capítulo dedicado a la comunidad humana. Su punto de partida no son las estructuras, sino la dignidad trascendente de la persona: la justicia social se alcanza cuando cada uno recibe lo que le corresponde según su naturaleza y su vocación. El Catecismo recuerda que los derechos humanos son anteriores a la sociedad y que ninguna legislación puede sustituir la caridad que reconoce en el otro un hermano. Es una llamada a mirar la vida pública desde la dignidad del hombre, nunca desde la utilidad.
Ideas clave
- La justicia social se realiza cuando cada uno recibe lo que le corresponde.
- La persona es el fin último de la sociedad y no un medio.
- Los derechos humanos son anteriores a la sociedad y se imponen a ella.
- Una sociedad que desconoce esos derechos mina su propia legitimidad.
- Ninguna ley puede suplir la caridad que ve en el otro un hermano.
Reflexión
La justicia social no es un apéndice de la fe, sino una consecuencia directa de la dignidad que Dios ha dado a cada persona. El Catecismo insiste en algo decisivo: antes de hablar de reparto, de leyes o de políticas, hay que afirmar que la persona humana es el fin último de la sociedad. Toda la vida social está ordenada al hombre, y no el hombre a la vida social. Cuando esta relación se invierte, la sociedad comienza a devorar a quienes debía servir.
De esa dignidad brotan derechos que no son concesiones del Estado. Son anteriores a la sociedad y se imponen a ella, de modo que ninguna mayoría puede abolirlos ni ningún poder puede regalarlos. Una sociedad que los desconoce mina su propia legitimidad moral y termina apoyándose en la fuerza para obtener obediencia. Por eso la Iglesia recuerda estos derechos a los hombres de buena voluntad, y a la vez distingue las reivindicaciones legítimas de las que son falsas o abusivas.
Pero hay un límite que ninguna ley puede traspasar. El temor, el prejuicio y la soberbia no desaparecen por decreto. Solo la caridad, que ve en cada persona un prójimo y un hermano, transforma de raíz las relaciones humanas. La justicia es necesaria; sin embargo, sin amor se queda corta.
Cómo vivirlo hoy
Empieza por reconocer la dignidad de quien tienes delante: el que te sirve, el que depende de ti, el que piensa distinto. Háblale con respeto y no lo reduzcas a su función o a su etiqueta.
Después, actúa. Paga un salario justo, cumple lo prometido, devuelve lo prestado, no aproveches la necesidad ajena. Si puedes, colabora con obras que defienden a los más pobres y sostén con tu oración y tu dinero a quienes trabajan por la justicia. Y recuerda que la caridad empieza en casa: sin paciencia y sin perdón, toda justicia se vuelve reivindicación dura.
Oración
Padre de todos, tú nos has dado en cada persona un hermano. Danos ojos para ver su dignidad, manos para servirle y un corazón que no se canse de amar. Que busquemos la justicia sin dureza y la caridad sin excusas. Amén.