Catecismo de la Iglesia Católica

Artículo 9: « Creo en la Santa Iglesia Católica »

Sección #29

Con este artículo comienza la confesión de fe en la Iglesia, que el Catecismo presenta enteramente dependiente de los artículos sobre Cristo y sobre el Espíritu Santo. La Iglesia n

Catecismo de la Iglesia Católica

PRIMERA PARTE LA PROFESIÓN DE LA FE

SEGUNDA SECCIÓN: LA PROFESIÓN DE LA FE CRISTIANA

CAPÍTULO TERCERO CREO EN EL ESPÍRITU SANTO

ARTÍCULO 9 “CREO EN LA SANTA IGLESIA CATÓLICA”

748 "Cristo es la luz de los pueblos. Por eso, este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea vehementemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia (LG 1), anunciando el Evangelio a todas las criaturas". Con estas palabras comienza la "Constitución dogmática sobre la Iglesia" del Concilio Vaticano II. Así, el Concilio muestra que el artículo de la fe sobre la Iglesia depende enteramente de los artículos que se refieren a Cristo Jesús. La Iglesia no tiene otra luz que la de Cristo; ella es, según una imagen predilecta de los Padres de la Iglesia, comparable a la luna cuya luz es reflejo del sol.

749 El artículo sobre la Iglesia depende enteramente también del que le precede, sobre el Espíritu Santo. "En efecto, después de haber mostrado que el Espíritu Santo es la fuente y el dador de toda santidad, confesamos ahora que es Él quien ha dotado de santidad a la Iglesia" (Catecismo Romano, 1, 10, 1). La Iglesia, según la expresión de los Padres, es el lugar "donde florece el Espíritu" (San Hipólito Romano, Traditio apostolica, 35).

750 Creer que la Iglesia es "Santa" y "Católica", y que es "Una" y "Apostólica" (como añade el Símbolo Niceno-Constantinopolitano) es inseparable de la fe en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. En el Símbolo de los Apóstoles, hacemos profesión de creer que existe una Iglesia Santa (Credo[...] Ecclesiam), y no de creer en la Iglesia para no confundir a Dios con sus obras y para atribuir claramente a la bondad de Dios todos los dones que ha puesto en su Iglesia (cf. Catecismo Romano, 1, 10, 22).

Sobre esta sección del Catecismo

Con este artículo comienza la confesión de fe en la Iglesia, que el Catecismo presenta enteramente dependiente de los artículos sobre Cristo y sobre el Espíritu Santo. La Iglesia no tiene luz propia: es como la luna, que brilla con la luz del sol. Por eso el Símbolo dice «creo en la Iglesia» en un sentido distinto al de las Personas divinas: creemos que la Iglesia existe, santa y católica, y atribuimos a la bondad de Dios todos los dones que hay en ella. Importa al creyente amar a la Iglesia sin confundirla con Dios.

Ideas clave

  • La Iglesia no tiene otra luz que la de Cristo.
  • El Espíritu Santo es la fuente de toda su santidad.
  • Creemos que la Iglesia existe; no ponemos nuestra fe en ella.
  • Sus cuatro notas —una, santa, católica, apostólica— vienen de Cristo.
  • Los Padres la llaman el lugar donde florece el Espíritu.

Reflexión

Amar a la Iglesia es una de las pruebas más serias de la fe, porque la Iglesia es santa y está formada por pecadores, y nosotros somos parte de ese conjunto. El Catecismo no la presenta como una institución perfecta por sí misma, sino como un misterio cuyo brillo procede de otro. Esto nos libera de dos errores opuestos: el de idealizarla hasta negar sus heridas, y el de despreciarla por sus fallos humanos.

La distinción que el Símbolo establece es fina y decisiva: creemos en Dios, y creemos que la Iglesia existe, es santa y católica. No ponemos en ella la confianza absoluta que solo a Dios corresponde. Y precisamente por eso podemos quererla con realismo: sabemos que su santidad es un don recibido, no una conquista propia, y que cada uno de sus miembros, empezando por nosotros, necesita conversión.

Contemplarla como luna y no como sol cambia nuestra manera de mirarla. Si su luz es reflejo, entonces su belleza nos remite siempre a Cristo, y sus sombras nos recuerdan que aún peregrina. Amarla es, por tanto, amar la obra que Dios hace en ella, sostenerla con la oración y contribuir con la propia santidad a que refleje mejor el rostro de su Señor.

Cómo vivirlo hoy

Cuando te decepcione alguien de la Iglesia, o cuando tú mismo falles, no abandones el camino: reza por esa persona y por ti, y recuerda que la santidad de la Iglesia es un don que Dios sostiene. Habla de ella con respeto, también cuando critiques lo que debe corregirse; la crítica amarga no construye.

Participa en tu parroquia de forma concreta: asiste a la Eucaristía, colabora en una obra de caridad, ofrece tu tiempo. Y cuida tu propia santidad, porque la Iglesia es más luminosa cuando cada uno de sus hijos se deja transformar por Cristo.

Oración

Señor Jesucristo, luz de los pueblos y único sol que ilumina a tu Iglesia: gracias por habernos dado en ella una madre y un hogar. Perdona nuestras infidelidades, sana sus heridas y haz que refleje cada día con más claridad tu rostro. Danos amar a la Iglesia como tú la amas, con realismo y con esperanza. Amén.