Catecismo de la Iglesia Católica

CREO EN EL ESPÍRITU SANTO

Sección #27

Este capítulo abre la confesión de fe en el Espíritu Santo. El Catecismo lo presenta como aquel que nos precede y despierta en nosotros la fe: sin Él nadie puede decir «Jesús es Se

Catecismo de la Iglesia Católica

PRIMERA PARTE LA PROFESIÓN DE LA FE

SEGUNDA SECCIÓN: LA PROFESIÓN DE LA FE CRISTIANA

CAPÍTULO TERCERO CREO EN EL ESPÍRITU SANTO

683 "Nadie puede decir: "¡Jesús es Señor!" sino por influjo del Espíritu Santo" (1 Co12, 3). "Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama ¡Abbá, Padre!" (Ga 4, 6). Este conocimiento de fe no es posible sino en el Espíritu Santo. Para entrar en contacto con Cristo, es necesario primeramente haber sido atraído por el Espíritu Santo. Él es quien nos precede y despierta en nosotros la fe. Mediante el Bautismo, primer sacramento de la fe, la vida, que tiene su fuente en el Padre y se nos ofrece por el Hijo, se nos comunica íntima y personalmente por el Espíritu Santo en la Iglesia:

El Bautismo «nos da la gracia del nuevo nacimiento en Dios Padre por medio de su Hijo en el Espíritu Santo. Porque los que son portadores del Espíritu de Dios son conducidos al Verbo, es decir al Hijo; pero el Hijo los presenta al Padre, y el Padre les concede la incorruptibilidad. Por tanto, sin el Espíritu no es posible ver al Hijo de Dios, y, sin el Hijo, nadie puede acercarse al Padre, porque el conocimiento del Padre es el Hijo, y el conocimiento del Hijo de Dios se logra por el Espíritu Santo» (San Ireneo de Lyon, Demonstratio praedicationis apostolicae, 7: SC 62 41-42).

684 El Espíritu Santo con su gracia es el "primero" que nos despierta en la fe y nos inicia en la vida nueva que es: "que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo" (Jn 17, 3). No obstante, es el "último" en la revelación de las personas de la Santísima Trinidad . San Gregorio Nacianceno, "el Teólogo", explica esta progresión por medio de la pedagogía de la "condescendencia" divina:

«El Antiguo Testamento proclamaba muy claramente al Padre, y más obscuramente al Hijo. El Nuevo Testamento revela al Hijo y hace entrever la divinidad del Espíritu. Ahora el Espíritu tiene derecho de ciudadanía entre nosotros y nos da una visión más clara de sí mismo. En efecto, no era prudente, cuando todavía no se confesaba la divinidad del Padre, proclamar abiertamente la del Hijo y, cuando la divinidad del Hijo no era aún admitida, añadir el Espíritu Santo como un fardo suplementario si empleamos una expresión un poco atrevida ... Así por avances y progresos "de gloria en gloria", es como la luz de la Trinidad estalla en resplandores cada vez más espléndidos» (San Gregorio Nacianceno, Oratio31 [Theologica 5], 26: SC 250, 326 [PG 36, 161-164]).

685 Creer en el Espíritu Santo es, por tanto, profesar que el Espíritu Santo es una de las personas de la Santísima Trinidad Santa, consubstancial al Padre y al Hijo, "que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria" (Símbolo Niceno-Constantinopolitano: DS 150). Por eso se ha hablado del misterio divino del Espíritu Santo en la "teología trinitaria", en tanto que aquí no se tratará del Espíritu Santo sino en la "Economía" divina.

686 El Espíritu Santo coopera con el Padre y el Hijo desde el comienzo del designio de nuestra salvación y hasta su consumación. Pero es en los "últimos tiempos", inaugurados con la Encarnación redentora del Hijo, cuando el Espíritu se revela y nos es dado, cuando es reconocido y acogido como persona. Entonces, este designio divino, que se consuma en Cristo, "Primogénito" y Cabeza de la nueva creación, se realiza en la humanidad por el Espíritu que nos es dado: la Iglesia, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne, la vida eterna.

Sobre esta sección del Catecismo

Este capítulo abre la confesión de fe en el Espíritu Santo. El Catecismo lo presenta como aquel que nos precede y despierta en nosotros la fe: sin Él nadie puede decir «Jesús es Señor» ni llamar a Dios «Abbá, Padre». Es también la Persona que se revela más tarde, porque Dios educa a su pueblo con paciencia, de gloria en gloria. Importa al creyente saber que la vida cristiana no comienza en nosotros: es obra del Espíritu, que nos da el nuevo nacimiento en el Bautismo y nos introduce en la comunión con el Padre y el Hijo.

Ideas clave

  • Sin el Espíritu Santo nadie puede reconocer a Jesús como Señor.
  • Él nos precede, despierta la fe y nos da el nuevo nacimiento.
  • Es consubstancial al Padre y al Hijo: verdadero Dios con ellos.
  • Se revela poco a poco, según la pedagogía paciente de Dios.
  • Cooperó con el Padre y el Hijo en toda la obra de salvación.
  • En los últimos tiempos se manifiesta y se nos da como Persona.

Reflexión

Hay una humildad propia del Espíritu Santo que desconcierta. No habla de sí mismo, no busca su gloria, no se pone en el centro: nos revela al Verbo y nos dispone a recibirlo. Por eso cuesta tanto hablar de Él y por eso también es tan fácil ignorarlo en la práctica, como si la vida cristiana dependiera solo de nuestro esfuerzo. Y sin embargo, todo lo que hay de vida sobrenatural en nosotros es su obra silenciosa.

Esta discreción divina nos enseña mucho sobre el modo de actuar de Dios. Él no irrumpe con violencia; se insinúa, ilumina, atrae. Trabaja en lo íntimo de la conciencia, en la oración que no sabemos formular, en el deseo de bien que a veces no sabemos de dónde viene. Cuando descubrimos que hemos creído, que hemos perseverado, que hemos amado, podemos mirar atrás y reconocer su mano. La fe no es un logro nuestro: es un don recibido.

Por eso la actitud cristiana ante el Espíritu es la de la docilidad. No se trata de controlarlo ni de administrarlo, sino de dejarse conducir, de no apagar sus inspiraciones, de pedir cada día su luz antes de decidir. Quien vive así descubre que la Trinidad no es un enigma lejano, sino la comunión en la que ya está introducido.

Cómo vivirlo hoy

Puedes empezar hoy invocándolo con confianza antes de cada decisión importante: «Ven, Espíritu Santo». Antes de leer la Escritura, de rezar o de hablar con alguien difícil, pide su luz. Es un gesto sencillo que cambia el tono de todo el día.

Deja también espacio al silencio, porque el Espíritu habla en lo profundo y el ruido lo ahoga. Revisa si hay alguna inspiración buena que llevas tiempo posponiendo: una reconciliación pendiente, un servicio que te pide generosidad, una verdad que evitas mirar. No la apagues. Y agradece cada día los frutos que descubras en tu vida, porque son su obra, no la tuya.

Oración

Espíritu Santo, soplo del Padre y del Hijo, tú que precedes toda búsqueda y despiertas en nosotros la fe: ven a nuestra oscuridad. Enséñanos a reconocer a Jesús como Señor y a llamar a Dios con la palabra «Padre». Guíanos con suavidad, no apagues en nosotros el deseo del bien, y haz que vivamos como hijos dóciles. Amén.