Catecismo de la Iglesia Católica

CREO EN JESUCRISTO, HIJO ÚNICO DE DIOS

Sección #15

Con este capítulo el Credo pasa del Padre Creador al Hijo, y el Catecismo se detiene a contemplar el corazón de la fe cristiana: que Dios ha enviado a su Hijo. No se trata de una i

Catecismo de la Iglesia Católica

PRIMERA PARTE LA PROFESIÓN DE LA FE

SEGUNDA SECCIÓN: LA PROFESIÓN DE LA FE CRISTIANA

CAPÍTULO SEGUNDO CREO EN JESUCRISTO, HIJO ÚNICO DE DIOS

La Buena Nueva: Dios ha enviado a su Hijo

422 . "Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la Ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva" (Ga 4, 4-5). He aquí "la Buena Nueva de Jesucristo, Hijo de Dios" (Mc1, 1): Dios ha visitado a su pueblo (cf. Lc1, 68), ha cumplido las promesas hechas a Abraham y a su descendencia (cf. Lc1, 55); lo ha hecho más allá de toda expectativa: Él ha enviado a su "Hijo amado" (Mc1, 11).

423 Nosotros creemos y confesamos que Jesús de Nazaret, nacido judío de una hija de Israel, en Belén en el tiempo del rey Herodes el Grande y del emperador César Augusto I; de oficio carpintero, muerto crucificado en Jerusalén, bajo el procurador Poncio Pilato, durante el reinado del emperador Tiberio, es el Hijo eterno de Dios hecho hombre, que ha "salido de Dios" (Jn 13, 3), "bajó del cielo" (Jn 3, 13; 6, 33), "ha venido en carne" (1 Jn4, 2), porque "la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad... Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia" (Jn 1, 14. 16).

424 Movidos por la gracia del Espíritu Santo y atraídos por el Padre nosotros creemos y confesamos a propósito de Jesús: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16). Sobre la roca de esta fe, confesada por San Pedro, Cristo ha construido su Iglesia (cf. Mt 16, 18; san León Magno, Sermones, 4, 3: PL 54, 151; 51, 1: PL 54, 309B; 62, 2: PL 54, 350C-351A; 83, 3: PL 54, 432A).

"Anunciar... la inescrutable riqueza de Cristo" (Ef 3, 8)

425 La transmisión de la fe cristiana es ante todo el anuncio de Jesucristo para conducir a la fe en Él. Desde el principio, los primeros discípulos ardieron en deseos de anunciar a Cristo: "No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído" (Hch 4, 20). Y ellos mismos invitan a los hombres de todos los tiempos a entrar en la alegría de su comunión con Cristo:

«Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida, —pues la Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la vida eterna, que estaba con el Padre y se nos manifestó— lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. Os escribimos esto para que vuestro gozo sea completo» (1 Jn1, 1-4).

En el centro de la catequesis: Cristo

426 "En el centro de la catequesis encontramos esencialmente una persona, la de Jesús de Nazaret, Unigénito del Padre...; que ha sufrido y ha muerto por nosotros y que ahora, resucitado, vive para siempre con nosotros... Catequizar es... descubrir en la Persona de Cristo el designio eterno de Dios.... Se trata de procurar comprender el significado de los gestos y de las palabras de Cristo, los signos realizados por Él mismo" (CT 5). El fin de la catequesis: "conducir a la comunión con Jesucristo...; sólo Él puede conducirnos al amor del Padre en el Espíritu y hacernos partícipes de la vida de la Santísima Trinidad". (ibíd.).

427 «En la catequesis lo que se enseña es a Cristo, el Verbo encarnado e Hijo de Dios y todo lo demás en referencia a Él; el único que enseña es Cristo, y cualquier otro lo hace en la medida en que es portavoz suyo, permitiendo que Cristo enseñe por su boca.... Todo catequista debería poder aplicarse a sí mismo estas misteriosas palabras de Jesús: "Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado" (Jn 7, 16)» (ibid., 6).

428 El que está llamado a "enseñar a Cristo" debe por tanto, ante todo, buscar esta "ganancia sublime que es el conocimiento de Cristo"; es necesario "aceptar perder todas las cosas para ganar a Cristo, y ser hallado en Él" y "conocerle a Él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a Él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos" (Flp3, 8-11).

429 De este conocimiento amoroso de Cristo es de donde brota el deseo de anunciarlo, de "evangelizar", y de llevar a otros al "sí" de la fe en Jesucristo. Y al mismo tiempo se hace sentir la necesidad de conocer siempre mejor esta fe. Con este fin, siguiendo el orden del Símbolo de la fe, presentaremos en primer lugar los principales títulos de Jesús: Cristo, Hijo de Dios, Señor (artículo 2). El Símbolo confiesa a continuación los principales misterios de la vida de Cristo: los de su Encarnación (artículo 3), los de su Pascua (artículos 4 y 5), y, por último, los de su glorificación (artículos 6 y 7).

Sobre esta sección del Catecismo

Con este capítulo el Credo pasa del Padre Creador al Hijo, y el Catecismo se detiene a contemplar el corazón de la fe cristiana: que Dios ha enviado a su Hijo. No se trata de una idea abstracta, sino de un acontecimiento con nombre, fecha y lugar: Jesús de Nazaret. El párrafo subraya además que Cristo es el centro de toda catequesis y de toda transmisión de la fe. Importa al creyente porque le recuerda que no se cree en un sistema, sino en una Persona viva, y que anunciarla es la razón de ser de la Iglesia.

Ideas clave

  • Al llegar la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo nacido de mujer.
  • Jesús de Nazaret es el Hijo eterno de Dios hecho hombre.
  • La fe confiesa con Pedro: tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.
  • El centro de la catequesis no es una doctrina, sino la Persona de Cristo.
  • Catequizar es conducir a la comunión con Jesucristo.
  • Solo quien conoce y ama a Cristo desea anunciarlo.

Reflexión

Dios podía haber salvado al mundo de mil maneras. Eligió enviar a su Hijo, y con eso nos dice que la salvación no es una ley ni una ideología, sino una persona que se puede encontrar, escuchar y amar. El cristianismo no empieza con un argumento, sino con un anuncio: Dios ha visitado a su pueblo. Por eso los primeros discípulos no pudieron callar: hablaban de lo que habían visto y oído.

Esto tiene una consecuencia enorme para la catequesis y para la vida de la Iglesia. Enseñar la fe no es transmitir datos, sino presentar a alguien. Un catequista puede explicar bien y no comunicar nada si no deja que Cristo hable por su boca. La medida de toda enseñanza cristiana es esta: ¿acerca a las personas a Jesús o las deja en ideas correctas pero frías?

Y también nos interpela a cada uno. Conocer a Cristo no es saber cosas sobre Él, sino ganarlo como se gana un tesoro: perdiendo por Él lo que estorba. El Catecismo recuerda a san Pablo, que consideró pérdida todo lo demás por el conocimiento de su Señor. Esa es la pregunta que queda flotando: ¿es Cristo el centro real de mi vida o un añadido entre otros?

Cómo vivirlo hoy

Empieza por tratar a Cristo como Persona y no como concepto. Antes de leer sobre Él, háblale: cuéntale tu día, tus miedos, tus alegrías. Lee despacio un evangelio, no para cumplir, sino para conocer su manera de mirar y de actuar.

Si tienes alguna responsabilidad en la transmisión de la fe —como padre, catequista, padrino o simplemente amigo—, cuida no reducirla a enseñar normas. Lo que transforma es el testimonio de alguien que ha encontrado a Cristo. Y si sientes que tu fe se ha enfriado, no busques emociones nuevas: vuelve al Evangelio y pide conocerle mejor. De ese conocimiento nace el deseo de anunciarlo.

Oración

Señor Jesucristo, Hijo eterno del Padre, tú saliste de Dios y bajaste hasta nosotros para que pudiéramos encontrarte. Aumenta mi conocimiento de ti, no el de meras ideas, sino el del corazón que te ama. Haz que tu Persona sea el centro de mi vida y que, al conocerte más, no pueda callar lo que he visto y oído. Amén.