Introducción
Introducción al Curso Biblico
Sección #0 · Formación paso a paso
Introducción
Capítulo 1 de 7
Curso de La Biblia
Autores, algunos acontecimientos históricos, las formas literarias en que fue escrita, etc.
Estudiar la Sagrada Escritura es estudiar lo más hermoso que existe. Hoy se oye con frecuencia: “Dios ya no habla en nuestro mundo; está callado”. ¡No es cierto! Dios siempre ha hablado y sigue hablando a los hombres. Y lo hace a través de su Palabra contenida en la Biblia.
¿Queremos escuchar a Dios? Abramos la Sagrada Escritura. Ahí está todo lo que debemos hacer para llegar al cielo. Ahí está el camino para la verdadera felicidad. Ahí está la solución para todos nuestros problemas. Sólo tenemos que abrir, leer, meditar, interiorizarlo, vivirlo y transmitirlo.
La Biblia no es letra muerta o muda. Ella nos interroga, nos interpela, nos anima, nos acusa, nos enseña, nos amonesta. A quien medita la Biblia le pasará lo que a aquellos dos discípulos de Emaús, cuyos corazones ardían al hablarles Jesús por el camino de la vida (cfr. Lc 24, 13-15).
Abrir la Biblia es comprometerse con Dios, que nos habla. No se puede acercarse a la Biblia como curioso, sino como creatura ante el Creador, como hijo ante su Padre, como siervo ante el Señor: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”. La Biblia es un libro, no sólo para estudiar, sino para meditar, vivir y transmitir. “Bienaventurados los que oyen la Palabra de Dios y la practican” (cf. Lc 11, 28).
En este curso vamos a estudiar la Biblia, aprenderemos muchas cosas nuevas acerca de ella, veremos sus autores, algunos acontecimientos históricos, las formas literarias en que fue escrita la Biblia, etc. Pero sólo seremos felices si, además de leer y entender la Palabra de Dios, la practicamos, la hacemos vida. Este es el objetivo de este curso de Biblia que hoy iniciamos: hacer vida la Palabra de Dios, encontrar en ella un mensaje personal y transmitirlo a los demás.
¡Qué hermoso es saber que Dios ha hablado a la humanidad, al hombre, a cada hombre! Primero se escogió un Pueblo, el pueblo de Israel; pero en él estábamos representados todos los pueblos. ¿Por qué se escogió ese pueblo? La respuesta sólo Dios la sabe?
Después fundó un nuevo pueblo, su Iglesia, abierto a todas las fronteras de raza, lengua y color. En la Biblia Dios nos habla a todos, sin excepción. Sólo pide oídos abiertos para escucharle, docilidad de corazón para aceptar su Palabra y voluntad decidida para ponerla en práctica, cueste lo que cueste.
Sobre este capítulo
Este primer capítulo abre el curso bíblico y no entra todavía en cuestiones técnicas: se detiene en lo esencial. Presenta la Sagrada Escritura como la Palabra viva con la que Dios sigue hablando hoy a cada persona, y rechaza la idea de un Dios silencioso. El estudiante recibe desde el inicio el horizonte de todo el curso: no basta leer y entender, hay que meditar, interiorizar, vivir y transmitir. Es, por tanto, una puerta de entrada que fija la actitud del discípulo: escuchar como creatura, como hijo y como siervo.
Ideas clave
- Dios no ha dejado de hablar: sigue dirigiendo su Palabra al hombre de hoy.
- La Biblia no es letra muerta ni muda: interpela, anima, enseña y amonesta.
- El objetivo del curso es hacer vida la Palabra, no solo estudiarla.
- Abrir la Escritura es comprometerse con Dios, que nos habla.
- Dios eligió primero un pueblo y luego fundó su Iglesia, abierta a todos.
- Se pide oído atento, corazón dócil y voluntad decidida para practicarla.
Reflexión
Hay una tentación frecuente entre los creyentes cultos: convertir la Biblia en objeto de estudio y no en lugar de encuentro. Se acumulan datos, fechas y autores, y el corazón queda intacto. Este capítulo advierte desde la primera página que ese camino, siendo bueno, es incompleto. La Escritura se escribió para ser vivida, y solo quien la vive descubre su fuerza.
El episodio de los discípulos de Emaús ilumina bien esta verdad. Caminaban tristes, con la esperanza rota, y no reconocieron a quien les explicaba las Escrituras. Fue al partir el pan cuando se les abrieron los ojos, y entonces recordaron que el corazón les ardía mientras les hablaba por el camino. Algo semejante ocurre cuando leemos con fe: la Palabra calienta primero por dentro, y solo después se vuelve comprensión. No siempre entendemos al instante; a veces arde antes de iluminar.
Por eso el curso comienza con una llamada a la docilidad. Dios habla, pero respeta nuestra libertad. Solo encuentra eco quien se acerca sin soberbia, dispuesto a que el texto lo interrogue a él y no al contrario. La Palabra es luz, pero también espada: consuela y corrige. Aceptar ambas cosas es aceptar de verdad que Dios habla.
Cómo aprovechar esta lección
Elige un momento fijo del día, aunque sean diez minutos, para leer la Escritura sin prisa. Antes de abrirla, pide en voz baja al Espíritu Santo que te ilumine, y después guarda silencio un instante para dejar que lo leído repose. Anota una frase que te haya tocado y vuelve a ella por la noche.
Propónte también no quedarte en la lectura: escoge una acción concreta que nazca de lo leído, por pequeña que sea, y cúmplela ese mismo día. Y comparte con alguien de confianza lo que descubras, porque la Palabra transmitida se entiende mejor.
Oración
Señor, tú que sigues hablando a los hombres y no te cansas de buscarnos: abre mis oídos para escucharte y mi corazón para recibirte. Que no lea tu Palabra como curioso, sino como hijo. Dame constancia para meditarla, humildad para dejarme corregir y valor para vivirla y transmitirla. Habla, Señor, que tu siervo escucha. Amén.