Desde sus primeros siglos, la Iglesia se organizó para la caridad: cuidado de viudas, huérfanos y pobres, y hospitales para enfermos. Esta dimensión no es secundaria, sino central. La fe sin obras es estéril, y la caridad es la forma concreta de amar a Dios y al prójimo.
En tiempos modernos, la Iglesia formuló la doctrina social para responder a la injusticia, la explotación y los desafíos del trabajo. Encíclicas sobre la dignidad humana, el destino universal de los bienes, la justicia y la paz abrieron caminos de diálogo con el mundo. La Iglesia no se identifica con sistemas políticos, pero ofrece principios morales para construir una sociedad más humana.
La historia contemporánea muestra el surgimiento de redes de caridad, educación y salud impulsadas por órdenes religiosas y laicos. Instituciones católicas han sido espacios de formación y servicio en todo el mundo, llevando el Evangelio a la vida cotidiana de las personas.