Esta etapa se refiere al esfuerzo por la unidad de los cristianos y al diálogo con otras tradiciones religiosas. A lo largo de la historia ha habido divisiones dolorosas que rompieron la comunión, pero en tiempos recientes se ha avanzado en el diálogo ecuménico mediante la oración, la caridad y el estudio en común. Es un tema decisivo porque la unidad fue el deseo expreso de Cristo, y porque en un mundo globalizado la Iglesia está llamada a ser puente y testimonio de reconciliación.
Hablar de divisiones es hablar de heridas que todavía duelen. No se trata solo de desacuerdos doctrinales: se separaron familias, comunidades y pueblos, y durante mucho tiempo se miró al otro con desconfianza o con desprecio. Reconocer esa historia con humildad es el primer paso del ecumenismo. Sin verdad no hay reconciliación posible, y la verdad incluye también los propios errores.
Lo que sorprende del camino reciente es su método. La unidad no se busca discutiendo primero, sino orando y sirviendo juntos. Cuando cristianos de distintas confesiones rezan y trabajan codo a codo por los que sufren, descubren que ya están unidos en muchas cosas y que la separación pesa más de lo que parecía. La caridad abre caminos que la discusión sola no abre.
Con otras tradiciones religiosas el camino es distinto, pero comparte el mismo respeto. La Iglesia reconoce lo bueno y lo verdadero que hay en ellas y busca construir la paz y defender la dignidad humana junto a quienes las profesan, sin renunciar a lo que cree. Ese respeto no nace de la indiferencia, sino de la convicción de que la verdad se sirve mejor con caridad que con imposición.
El católico de hoy puede vivir esto de manera muy concreta. Ante todo, evitar el lenguaje despectivo hacia otros cristianos o hacia quienes profesan otra religión: la burla no ha convertido nunca a nadie y contradice el Evangelio.
En segundo lugar, unirse cuando sea posible a iniciativas comunes de oración, de servicio a los pobres o de defensa de la vida y de la dignidad humana. Y mantener la propia identidad sin agresividad: se puede estar convencido de la propia fe y tratar con respeto a quien no la comparte. En un mundo tan polarizado, ese testimonio vale mucho.
Señor, que quisiste que tus discípulos fueran uno, te pedimos perdón por las divisiones que hemos causado. Gracias por los pasos de diálogo y reconciliación. Danos caridad para tratar con respeto a quienes creen distinto y humildad para reconocer lo bueno que hay en ellos. Amén.