Esta etapa mira a la Iglesia en América Latina y en el resto del mundo. La evangelización del continente americano fue un proceso complejo, con luces y sombras: junto al anuncio del Evangelio hubo también abusos y contradicciones, y hubo pastores que defendieron con valentía la dignidad de los pueblos indígenas. Con el tiempo, la Iglesia latinoamericana desarrolló un rostro propio, profundamente mariano y misionero. Es decisivo porque muestra cómo la fe se encarna en culturas distintas sin perder su unidad.
Esta etapa obliga a mirar la historia sin adornos. Hubo anuncio sincero del Evangelio y hubo también violencia, ambición y complicidad con intereses que nada tenían que ver con Cristo. Reconocerlo no debilita la fe: la vuelve honesta. La Iglesia es santa por el don que lleva, y está formada por pecadores; ambas cosas son verdad, y la segunda no cancela la primera.
Junto a esas sombras hay figuras luminosas. Hubo pastores que se pusieron del lado de los pueblos indígenas cuando eso les costaba enemistades y favores, y misioneros que aprendieron lenguas y culturas para hablar de Dios en el idioma del corazón. Ahí se ve lo mejor de la misión: no imponer, sino traducir; no borrar, sino sembrar.
El resultado fue un cristianismo con acentos propios. La religiosidad latinoamericana, tan mariana, tan cercana a la vida cotidiana, tan vinculada a la familia y a los pobres, no es una versión menor del cristianismo europeo: es una floración legítima del mismo Evangelio. Y lo mismo ocurre en África y Asia, donde la fe crece con fuerza a través de la inculturación y del testimonio de comunidades locales. La unidad de la fe no exige la uniformidad de las culturas.
El católico de hoy aprende aquí a mirar su propia historia y la de su pueblo con realismo y sin amargura: hay que reconocer las heridas y también los dones recibidos. Ni el triunfalismo ni la autocrítica estéril ayudan.
Aprende también a valorar la piedad popular —las novenas, las procesiones, el amor a la Virgen— como un camino legítimo de fe, no como algo de segunda categoría. Y aprende la lección misionera de fondo: anunciar a Cristo en la cultura propia y en la de los demás, con respeto, con paciencia y con una opción real por los más pobres.
Señor, gracias por la fe que llegó a nuestros pueblos y echó raíces en sus culturas, lenguas y devociones. Perdona las sombras de nuestra historia y danos valentía para reconocerlas. Enséñanos a ser misioneros con respeto, cercanos a los pobres y fieles a tu Evangelio. Amén.