La Iglesia nace de la predicación de los apóstoles y la experiencia de Pentecostés. Desde Jerusalén, la fe cristiana se extendió rápidamente por el mundo mediterráneo. Los Hechos de los Apóstoles narran cómo la comunidad crecía mediante la enseñanza, la fracción del pan, la oración y la vida fraterna. San Pedro y San Pablo fueron figuras clave en la expansión: Pedro como referente de la comunión y Pablo como misionero de los gentiles.
Durante los primeros siglos, la Iglesia vivió persecuciones intermitentes, pero su testimonio fortaleció la fe. Los mártires, con su entrega, proclamaron que Cristo era el Señor. Se consolidó la estructura de comunidades presididas por obispos, presbíteros y diáconos, y se fueron definiendo los criterios para discernir la Escritura y la tradición apostólica.
La liturgia se desarrolló en torno a la Eucaristía dominical, y la catequesis se convirtió en un camino de formación para los nuevos creyentes. En medio de debates doctrinales, la Iglesia conservó la unidad de la fe mediante la enseñanza de los sucesores de los apóstoles.