Catecismo de la Iglesia Católica
Artículo 2: Nuestra vocación a la bienaventuranza
Sección #58
Dentro del Capítulo Primero de la Tercera Parte, este artículo presenta la vocación del hombre a la bienaventuranza. Parte de las bienaventuranzas del Sermón de la Montaña, que est
TERCERA PARTE LA VIDA EN CRISTO
PRIMERA SECCIÓN LA VOCACIÓN DEL HOMBRE: LA VIDA EN EL ESPÍRITU
CAPÍTULO PRIMERO LA DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA
ARTÍCULO 2 NUESTRA VOCACIÓN A LA BIENAVENTURANZA
I. Las bienaventuranzas
1716 Las bienaventuranzas están en el centro de la predicación de Jesús. Con ellas Jesús recoge las promesas hechas al pueblo elegido desde Abraham; pero las perfecciona ordenándolas no sólo a la posesión de una tierra, sino al Reino de los cielos:
«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos.
(Mt 5,3-12)
1717 Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos.
II. El deseo de felicidad
1718 Las bienaventuranzas responden al deseo natural de felicidad. Este deseo es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia Él, el único que lo puede satisfacer:
«Ciertamente todos nosotros queremos vivir felices, y en el género humano no hay nadie que no dé su asentimiento a esta proposición incluso antes de que sea plenamente enunciada» (San Agustín, De moribus Ecclesiae catholicae, 1, 3, 4).
«¿Cómo es, Señor, que yo te busco? Porque al buscarte, Dios mío, busco la vida feliz, haz que te busque para que viva mi alma, porque mi cuerpo vive de mi alma y mi alma vive de ti» (San Agustín, Confessiones, 10, 20, 29).
«Sólo Dios sacia» (Santo Tomás de Aquino, In Symbolum Apostolorum scilicet «Credo in Deum» expositio, c. 15).
1719 Las bienaventuranzas descubren la meta de la existencia humana, el fin último de los actos humanos: Dios nos llama a su propia bienaventuranza. Esta vocación se dirige a cada uno personalmente, pero también al conjunto de la Iglesia, pueblo nuevo de los que han acogido la promesa y viven de ella en la fe.
III. La bienaventuranza cristiana
1720 El Nuevo Testamento utiliza varias expresiones para caracterizar la bienaventuranza a la que Dios llama al hombre: la llegada del Reino de Dios (cf Mt 4, 17); la visión de Dios: “Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8; cf 1 Jn3, 2; 1 Co13, 12); la entrada en el gozo del Señor (cf Mt 25, 21. 23); la entrada en el descanso de Dios (Hb4, 7-11):
«Allí descansaremos y veremos; veremos y nos amaremos; amaremos y alabaremos. He aquí lo que acontecerá al fin sin fin. ¿Y qué otro fin tenemos, sino llegar al Reino que no tendrá fin? (San Agustín, De civitate Dei, 22, 30).
1721 Porque Dios nos ha puesto en el mundo para conocerle, servirle y amarle, y así ir al cielo. La bienaventuranza nos hace participar de la naturaleza divina (2 P1, 4) y de la Vida eterna (cf Jn 17, 3). Con ella, el hombre entra en la gloria de Cristo (cf Rm 8, 18) y en el gozo de la vida trinitaria.
1722 Semejante bienaventuranza supera la inteligencia y las solas fuerzas humanas. Es fruto del don gratuito de Dios. Por eso la llamamos sobrenatural, así como también llamamos sobrenatural la gracia que dispone al hombre a entrar en el gozo divino.
«“Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”. Ciertamente, según su grandeza y su inexpresable gloria, “nadie verá a Dios y seguirá viviendo”, porque el Padre es inasequible; pero su amor, su bondad hacia los hombres y su omnipotencia llegan hasta conceder a los que lo aman el privilegio de ver a Dios... “porque lo que es imposible para los hombres es posible para Dios”» (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 4, 20, 5).
1723 La bienaventuranza prometida nos coloca ante opciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus malvados instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor:
«El dinero es el ídolo de nuestro tiempo. A él rinde homenaje instintivo la multitud, la masa de los hombres. Estos miden la dicha según la fortuna, y, según la fortuna también, miden la honorabilidad... Todo esto se debe a la convicción... de que con la riqueza se puede todo. La riqueza, por tanto, es uno de los ídolos de nuestros días, y la notoriedad es otro... La notoriedad, el hecho de ser reconocido y de hacer ruido en el mundo (lo que podría llamarse una fama de prensa), ha llegado a ser considerada como un bien en sí mismo, un bien soberano, un objeto de verdadera veneración» (Juan Enrique Newman, Discourses addresed to Mixed Congregations, 5 [Saintliness the Standard of Christian Principle]).
1724 El Decálogo, el Sermón de la Montaña y la catequesis apostólica nos describen los caminos que conducen al Reino de los cielos. Por ellos avanzamos paso a paso mediante los actos de cada día, sostenidos por la gracia del Espíritu Santo. Fecundados por la Palabra de Cristo, damos lentamente frutos en la Iglesia para la gloria de Dios (cf la parábola del sembrador: Mt 13, 3-23).
Resumen
1725 Las bienaventuranzas recogen y perfeccionan las promesas de Dios desde Abraham ordenándolas al Reino de los cielos. Responden al deseo de felicidad que Dios ha puesto en el corazón del hombre.
1726 Las bienaventuranzas nos enseñan el fin último al que Dios nos llama: el Reino, la visión de Dios, la participación en la naturaleza divina, la vida eterna, la filiación, el descanso en Dios.
1727 La bienaventuranza de la vida eterna es un don gratuito de Dios; es sobrenatural como también lo es la gracia que conduce a ella.
1728 Las bienaventuranzas nos colocan ante opciones decisivas con respecto a los bienes terrenos; purifican nuestro corazón para enseñarnos a amar a Dios sobre todas las cosas.
1729 La bienaventuranza del cielo determina los criterios de discernimiento en el uso de los bienes terrenos en conformidad a la Ley de Dios.
Sobre esta sección del Catecismo
Dentro del Capítulo Primero de la Tercera Parte, este artículo presenta la vocación del hombre a la bienaventuranza. Parte de las bienaventuranzas del Sermón de la Montaña, que están en el centro de la predicación de Jesús, y las presenta como el retrato de su rostro y la meta de la existencia humana. La sección trata el deseo natural de felicidad, la bienaventuranza cristiana como don sobrenatural y las opciones morales que de ella se derivan. Importa al creyente porque responde a la pregunta más honda del corazón humano: para qué vivimos.
Ideas clave
- Las bienaventuranzas están en el centro de la predicación de Jesús.
- Recogen y perfeccionan las promesas hechas al pueblo elegido.
- Responden al deseo natural de felicidad puesto por Dios en el corazón.
- Solo Dios puede saciar plenamente el anhelo humano.
- La bienaventuranza es un don gratuito y sobrenatural de Dios.
- Nos colocan ante opciones decisivas sobre los bienes terrenos.
Reflexión
Todo ser humano busca ser feliz. Lo hace a veces por caminos equivocados, pero el deseo mismo no es un defecto: el Catecismo lo describe como una huella de Dios en el corazón, una llamada que nos atrae hacia Él. Las bienaventuranzas no vienen a reprimir ese deseo, sino a purificarlo y a mostrarle su verdadero destino.
Y lo hacen de un modo desconcertante. No dicen bienaventurados los ricos, los poderosos, los famosos, sino los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz. Son promesas paradójicas, como señala el propio Catecismo: sostienen la esperanza precisamente en medio de la tribulación. Dibujan el rostro de Cristo y describen su caridad, y por eso trazan el camino de todo discípulo.
Aquí se juega la libertad. La bienaventuranza nos obliga a decidir dónde ponemos la confianza: en la riqueza, el bienestar, la gloria o el poder, que pasan; o en Dios, fuente de todo bien y de todo amor, que no pasa. La dicha verdadera no es un logro humano, sino un don. Pero es un don que pide un corazón dispuesto a recibirlo.
Cómo vivirlo hoy
Revisa dónde tienes puesta tu confianza. Piensa en aquello que, si lo perdieras, te haría sentir que la vida se derrumba: puede ser el dinero, el trabajo, la salud, la aprobación de los demás. No se trata de despreciar esos bienes, sino de no poner en ellos el corazón.
Practica hoy una bienaventuranza concreta. Sé manso en una discusión, misericordioso con quien te falló, limpio de corazón en lo que miras y comentas, constructor de paz en tu familia o en tu trabajo. Y cuando te falten fuerzas, pide al Espíritu Santo el deseo de Dios por encima de todo.
Oración
Señor, tú has puesto en mi corazón un deseo de felicidad que solo tú puedes saciar. Purifica mis amores y ordénalos hacia ti. Dame un corazón pobre, manso y misericordioso, capaz de trabajar por la paz. Que mi dicha esté en ti y no en lo que pasa. Amén.