Catecismo de la Iglesia Católica

Párrafo 1: Cristo descendió a los infiernos

Sección #23

Este párrafo explica una de las frases más enigmáticas del Credo: que Cristo descendió a los infiernos. Situado en el Artículo quinto, aclara que no se trata de un lugar de condena

Catecismo de la Iglesia Católica

PRIMERA PARTE LA PROFESIÓN DE LA FE

SEGUNDA SECCIÓN: LA PROFESIÓN DE LA FE CRISTIANA

CAPÍTULO SEGUNDO CREO EN JESUCRISTO, HIJO ÚNICO DE DIOS

ARTÍCULO 5 "JESUCRISTO DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS, AL TERCER DÍA RESUCITÓ DE ENTRE LOS MUERTOS"

631 "Jesús bajó a las regiones inferiores de la tierra. Este que bajó es el mismo que subió" (Ef 4, 9-10). El Símbolo de los Apóstoles confiesa en un mismo artículo de fe el descenso de Cristo a los infiernos y su Resurrección de los muertos al tercer día, porque es en su Pascua donde, desde el fondo de la muerte, Él hace brotar la vida:

Christus, Filius tuus, qui, regressus ab inferis, humano generi serenus illuxit, et vivit et regnat in saecula saeculorum. Amen.

(Es Cristo, tu Hijo resucitado, que, al salir del sepulcro, brilla sereno para el linaje humano, y vive y reina glorioso por los siglos de los siglos. Amén).

(Vigilia Pascual, Pregón pascual[«Exultet»]: Misal Romano)

Párrafo 1 CRISTO DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS

632 Las frecuentes afirmaciones del Nuevo Testamento según las cuales Jesús "resucitó de entre los muertos" (Hch 3, 15; Rm 8, 11; 1 Co15, 20) presuponen que, antes de la resurrección, permaneció en la morada de los muertos (cf. Hb13, 20). Es el primer sentido que dio la predicación apostólica al descenso de Jesús a los infiernos; Jesús conoció la muerte como todos los hombres y se reunió con ellos en la morada de los muertos. Pero ha descendido como Salvador proclamando la buena nueva a los espíritus que estaban allí detenidos (cf. 1 P3,18-19).

633 La Escritura llama infiernos, sheol, o hades (cf. Flp2, 10; Hch2, 24; Ap1, 18; Ef 4, 9) a la morada de los muertos donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios (cf. Sal6, 6; 88, 11-13). Tal era, en efecto, a la espera del Redentor, el estado de todos los muertos, malos o justos (cf. Sal89, 49;1 S28, 19; Ez32, 17-32), lo que no quiere decir que su suerte sea idéntica como lo enseña Jesús en la parábola del pobre Lázaro recibido en el "seno de Abraham" (cf. Lc16, 22-26). "Son precisamente estas almas santas, que esperaban a su Libertador en el seno de Abraham, a las que Jesucristo liberó cuando descendió a los infiernos" (Catecismo Romano, 1, 6, 3). Jesús no bajó a los infiernos para liberar a los condenados (cf. Concilio de Roma, año 745: DS, 587) ni para destruir el infierno de la condenación (cf. Benedicto XII, Libelo Cum dudum: DS, 1011; Clemente VI, c. Super quibusdam: ibíd., 1077) sino para liberar a los justos que le habían precedido (cf. Concilio de Toledo IV, año 625: DS, 485; cf. también Mt 27, 52-53).

634 "Hasta a los muertos ha sido anunciada la Buena Nueva ..." (1 P4, 6). El descenso a los infiernos es el pleno cumplimiento del anuncio evangélico de la salvación. Es la última fase de la misión mesiánica de Jesús, fase condensada en el tiempo pero inmensamente amplia en su significado real de extensión de la obra redentora a todos los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares porque todos los que se salvan se hacen partícipes de la Redención.

635 Cristo, por tanto, bajó a la profundidad de la muerte (cf. Mt 12, 40; Rm 10, 7; Ef 4, 9) para "que los muertos oigan la voz del Hijo de Dios y los que la oigan vivan" (Jn 5, 25). Jesús, "el Príncipe de la vida" (Hch 3, 15) aniquiló "mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo y libertó a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud "(Hb2, 14-15). En adelante, Cristo resucitado "tiene las llaves de la muerte y del Infierno" (Ap1, 18) y "al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en los abismos" (Flp2, 10).

«Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey duerme. La tierra está temerosa y sobrecogida, porque Dios se ha dormido en la carne y ha despertado a los que dormían desde antiguo... Va a buscar a nuestro primer Padre como si éste fuera la oveja perdida. Quiere visitar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte. Él, que es la mismo tiempo Dios e Hijo de Dios, va a librar de sus prisiones y de sus dolores a Adán y a Eva... Yo soy tu Dios, que por ti y por todos los que han de nacer de ti me he hecho tu Hijo. A ti te mando: Despierta, tú que duermes, pues no te creé para que permanezcas cautivo en el abismo; levántate de entre los muertos, pues yo soy la vida de los muertos» (Antigua homilía sobre el grande y santo Sábado: PG 43, 440. 452. 461).

Resumen

636 En la expresión "Jesús descendió a los infiernos", el símbolo confiesa que Jesús murió realmente, y que, por su muerte en favor nuestro, ha vencido a la muerte y al diablo "Señor de la muerte" (Hb 2, 14).

637 Cristo muerto, en su alma unida a su persona divina, descendió a la morada de los muertos. Abrió las puertas del cielo a los justos que le habían precedido.

Sobre esta sección del Catecismo

Este párrafo explica una de las frases más enigmáticas del Credo: que Cristo descendió a los infiernos. Situado en el Artículo quinto, aclara que no se trata de un lugar de condenación, sino de la morada de los muertos donde Cristo entró como Salvador para anunciar la Buena Nueva y liberar a los justos que lo esperaban. Es una página llena de esperanza, porque afirma que la obra redentora alcanza a todos los tiempos y lugares. Ninguna vida queda fuera del alcance de su misericordia.

Ideas clave

  • Jesús conoció la muerte como todos los hombres y se reunió con ellos.
  • Descendió como Salvador proclamando la Buena Nueva a los espíritus detenidos.
  • Los infiernos designan la morada de los muertos, privados de la visión de Dios.
  • Cristo liberó a las almas santas que esperaban al Libertador en el seno de Abraham.
  • El descenso a los infiernos completa el anuncio evangélico de la salvación.
  • Cristo resucitado tiene las llaves de la muerte y del Infierno.

Reflexión

El descenso a los infiernos nos dice algo sobre Dios que cuesta creer: que no abandona a nadie. Cristo no se detuvo en el límite de la muerte; lo cruzó. Bajó hasta lo más hondo de la condición humana, hasta el lugar donde no llega ninguna voz, para anunciar allí la salvación. La misericordia de Dios no conoce fronteras, ni siquiera la frontera de la muerte.

La antigua homilía del Sábado Santo, que el Catecismo cita, imagina a Cristo buscando a Adán como a la oveja perdida y ordenándole despertar. Es una imagen audaz y conmovedora: Dios hecho hombre va a buscar al primer hombre para sacarlo del abismo. Eso revela el estilo de Dios: no espera a que subamos, baja Él. No nos salva desde lejos, sino desde dentro de nuestra propia condición.

Por eso este artículo es un consuelo para quien ha perdido a alguien, para quien reza por los difuntos y para quien teme la muerte. La victoria de Cristo no se limita a los vivos ni al momento presente: alcanza a los que nos precedieron y a los que vendrán. Y alcanza también esas zonas oscuras de nuestra propia vida donde parece que ya no hay salida. También allí quiere entrar y llamarnos a despertar.

Cómo vivirlo hoy

Reza por tus difuntos con confianza, no con angustia. La Iglesia siempre ha ofrecido sufragios por los muertos porque cree que la misericordia de Cristo los alcanza. Nombra a los tuyos en tu oración y, si puedes, participa en la Eucaristía ofrecida por ellos.

Piensa también en tus propios abismos: aquello que crees que ya no tiene remedio, una adicción, un rencor antiguo, una culpa que arrastras. No lo des por perdido. Cristo bajó hasta lo más profundo para sacar de allí la vida. Pídele que entre en esa zona muerta de tu historia y la despierte, con paciencia y sin desesperar.

Oración

Señor Jesucristo, tú bajaste hasta lo más profundo para que nadie quedara sin esperanza. Entra en las zonas muertas de mi vida y despierta lo que parece perdido. Te encomiendo a mis difuntos y a todos los que esperan tu misericordia. Que tu descenso a los infiernos me enseñe a confiar incluso cuando todo parece acabado. Amén.