Catecismo de la Iglesia Católica

Párrafo 3: Jesucristo fue sepultado

Sección #22

Pocas verdades del Credo parecen tan silenciosas como esta: Jesús fue sepultado. Sin embargo, el Catecismo dedica un párrafo entero a ese silencio, situado en el Artículo cuarto. E

Catecismo de la Iglesia Católica

PRIMERA PARTE LA PROFESIÓN DE LA FE

SEGUNDA SECCIÓN: LA PROFESIÓN DE LA FE CRISTIANA

CAPÍTULO SEGUNDO CREO EN JESUCRISTO, HIJO ÚNICO DE DIOS

ARTÍCULO 4 “JESUCRISTO PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO, FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO”

Párrafo 3 JESUCRISTO FUE SEPULTADO

624 "Por la gracia de Dios, gustó la muerte para bien de todos" (Hb2, 9). En su designio de salvación, Dios dispuso que su Hijo no solamente "muriese por nuestros pecados" (1 Co15, 3) sino también que "gustase la muerte", es decir, que conociera el estado de muerte, el estado de separación entre su alma y su cuerpo, durante el tiempo comprendido entre el momento en que Él expiró en la Cruz y el momento en que resucitó. Este estado de Cristo muerto es el misterio del sepulcro y del descenso a los infiernos. Es el misterio del Sábado Santo en el que Cristo depositado en la tumba (cf. Jn 19, 42) manifiesta el gran reposo sabático de Dios (cf. Hb4, 4-9) después de realizar (cf. Jn 19, 30) la salvación de los hombres, que establece en la paz el universo entero (cf. Col 1, 18-20).

El cuerpo de Cristo en el sepulcro

625 La permanencia de Cristo en el sepulcro constituye el vínculo real entre el estado pasible de Cristo antes de Pascua y su actual estado glorioso de resucitado. Es la misma persona de "El que vive" que puede decir: "estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos" (Ap1, 18):

«Y este es el misterio del plan providente de Dios sobre la Muerte y la Resurrección de Hijos de entre los muerte: que Dios no impidió a la muerte separar el alma del cuerpo, según el orden necesario de la naturaleza, pero los reunió de nuevo, una con otro, por medio de la Resurrección, a fin de ser Él mismo en persona el punto de encuentro de la muerte y de la vidadeteniendo en Él la descomposición de la naturaleza que produce la muerte y resultando Él mismo el principio de reunión de las partes separadas» (San Gregorio Niceno, Oratio catechetica, 16, 9: PG 45, 52).

626 Ya que el "Príncipe de la vida que fue llevado a la muerte" (Hch3,15) es al mismo tiempo "el Viviente que ha resucitado" (Lc24, 5-6), era necesario que la persona divina del Hijo de Dios haya continuado asumiendo su alma y su cuerpo separados entre sí por la muerte:

«Aunque Cristo en cuanto hombre se sometió a la muerte, y su alma santa fue separada de su cuerpo inmaculado, sin embargo su divinidad no fue separada ni de una ni de otro, esto es, ni del alma ni del cuerpo: y, por tanto, la persona única no se encontró dividida en dos personas. Porque el cuerpo y el alma de Cristo existieron por la misma razón desde el principio en la persona del Verbo; y en la muerte, aunque separados el uno de la otra, permanecieron cada cual con la misma y única persona del Verbo» (San Juan Damasceno, De fide orthodoxa, 3, 27: PG 94, 1098A).

"No dejarás que tu santo vea la corrupción"

627 La muerte de Cristo fue una verdadera muerte en cuanto que puso fin a su existencia humana terrena. Pero a causa de la unión que la persona del Hijo conservó con su cuerpo, éste no fue un despojo mortal como los demás porque "no era posible que la muerte lo dominase" (Hch 2, 24) y por eso "la virtud divina preservó de la corrupción al cuerpo de Cristo" (Santo Tomás de Aquino, S.th., 3, 51, 3, ad 2). De Cristo se puede decir a la vez: "Fue arrancado de la tierra de los vivos" (Is53, 8); y: "mi carne reposará en la esperanza de que no abandonarás mi alma en la mansión de los muertos ni permitirás que tu santo experimente la corrupción" (Hch 2,26-27; cf. Sal16, 9-10). La Resurrección de Jesús "al tercer día" (1Co15, 4; Lc24, 46; cf. Mt 12, 40; Jon2, 1; Os6, 2) era el signo de ello, también porque se suponía que la corrupción se manifestaba a partir del cuarto día (cf. Jn 11, 39).

"Sepultados con Cristo ... "

628 El Bautismo, cuyo signo original y pleno es la inmersión, significa eficazmente la bajada del cristiano al sepulcro muriendo al pecado con Cristo para una nueva vida: "Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva" (Rm6,4; cf Col 2, 12; Ef 5, 26).

Resumen

629 Jesús gustó la muerte para bien de todos (cf. Hb 2, 9). Es verdaderamente el Hijo de Dios hecho hombre que murió y fue sepultado.

630 Durante el tiempo que Cristo permaneció en el sepulcro su Persona divina continuó asumiendo tanto su alma como su cuerpo, separados sin embargo entre sí por causa de la muerte. Por eso el cuerpo muerto de Cristo "no conoció la corrupción" (Hch 13,37).

Sobre esta sección del Catecismo

Pocas verdades del Credo parecen tan silenciosas como esta: Jesús fue sepultado. Sin embargo, el Catecismo dedica un párrafo entero a ese silencio, situado en el Artículo cuarto. Explica el sentido del Sábado Santo, el estado de Cristo muerto, la unión de su alma y su cuerpo separados en la misma Persona divina, y la incorrupción de su carne. Todo ello encierra una consecuencia para el creyente: el bautismo nos sepulta con Cristo para que vivamos una vida nueva.

Ideas clave

  • Cristo gustó la muerte para bien de todos, no solo murió por nuestros pecados.
  • En el sepulcro se manifiesta el gran reposo sabático de Dios tras completar la salvación.
  • La Persona divina del Hijo continuó asumiendo su alma y su cuerpo separados.
  • El cuerpo de Cristo no conoció la corrupción porque la muerte no podía dominarlo.
  • El sepulcro es el vínculo real entre su estado pasible y su gloria de resucitado.
  • Sepultados con Cristo por el bautismo, estamos llamados a vivir una vida nueva.

Reflexión

El Sábado Santo es el día del silencio de Dios. Todo parece terminado: el Maestro está muerto, los discípulos escondidos, las promesas rotas. Y sin embargo, en esa quietud se está realizando algo inmenso. El Catecismo lo llama el gran reposo sabático de Dios, el descanso después de completar la obra de la salvación. Aprender a habitar ese silencio es una de las lecciones más difíciles y más fecundas de la fe.

Porque también nosotros atravesamos nuestros sábados santos: tiempos en que Dios calla, en que las cosas no se arreglan y en que la esperanza parece una ingenuidad. En esos tramos no se nos pide entender, sino permanecer. El cuerpo de Cristo en el sepulcro no se descompuso; la fidelidad de Dios seguía operando donde nadie veía nada. Su silencio no era ausencia.

Y hay una consecuencia sacramental que el Catecismo no quiere dejar pasar. El bautismo, con su inmersión en el agua, significa que fuimos sepultados con Cristo en su muerte, para resucitar con Él a una vida nueva. Es decir: lo que ocurrió en aquel sepulcro no es un episodio remoto, sino la forma de nuestra propia existencia cristiana. Morir al pecado y levantarse: ese es el ritmo de la vida en Cristo.

Cómo vivirlo hoy

No huyas del silencio ni lo llenes de ruido. Cuando atravieses un tiempo en que Dios parece callado, no lo interpretes como abandono. Dedica algún rato al día sin pantallas, sin música, sin prisas, y aprende a estar delante de Él sin exigir resultados.

Vuelve también a tu bautismo. Recuerda qué significa haber sido sepultado con Cristo: que el pecado ya no tiene derecho sobre ti. Cuando caigas, no digas que eres así y no puedes cambiar; di más bien que has muerto con Cristo y estás llamado a vivir distinto. Y si acompañas a alguien en el duelo, no tengas miedo de guardar silencio con él: a veces la presencia callada consuela más que las palabras.

Oración

Señor Jesucristo, en el silencio del sepulcro completaste la obra de la salvación y no dejaste que la muerte tuviera la última palabra. Enséñame a confiar cuando callas y a esperar cuando todo parece perdido. Que, sepultado contigo por el bautismo, viva cada día una vida nueva y te sea fiel hasta la resurrección. Amén.