Los pastores fueron los primeros en recibir la buena noticia del nacimiento de Jesús. Hombres sencillos, de los últimos de la sociedad, fueron elegidos para ser testigos del acontecimiento más grande de la historia. Dios se revela a los humildes y oculta estas cosas a los sabios y entendidos (cf. Mt 11,25). Los pastores no discutieron ni dudaron: 'Fueron sin demora' (Lc 2,16). Su respuesta fue inmediata, alegre, generosa. Que sepamos también nosotros tener un corazón sencillo como el de los pastores, capaz de maravillarse ante el misterio de Dios hecho niño y de responder con prontitud a su llamado.
Fuente: San Lucas, capítulo 2
Contexto y sentido
Los pastores ocupan un lugar privilegiado en el relato del nacimiento: fueron los primeros en recibir el anuncio y los primeros en acudir. Eran hombres sencillos, acostumbrados a la intemperie y considerados de poca importancia en su sociedad. Precisamente a ellos, y no a los poderosos ni a los sabios, se les confió la noticia más grande de la historia. Con este detalle, Dios revela su modo de actuar: se acerca a los humildes y confunde la suficiencia de los que se creen autosuficientes. La respuesta de los pastores es igualmente ejemplar: no dudaron, no discutieron, no pusieron excusas; se pusieron en camino sin demora y volvieron alabando a Dios. Su corazón sencillo supo maravillarse ante el misterio. En un tiempo que premia la astucia y la apariencia, los pastores nos enseñan que la verdadera sabiduría consiste en tener un corazón limpio, capaz de reconocer a Dios y de responder con prontitud y alegría.
Cómo aplicarlo a tu vida
Hoy, cultiva la sencillez en tus relaciones y en tu oración. Cuando Dios te pida algo a través de una inspiración, una persona o un acontecimiento, no le des demasiadas vueltas: responde con prontitud como los pastores. Dedica también un momento a admirar algo pequeño y bueno de tu día, agradeciéndolo a Dios. Y trata con especial respeto a quienes el mundo considera insignificantes, porque en ellos se revela el Señor.
Preguntas para tu oración
- ¿Tengo un corazón sencillo, capaz de maravillarme ante Dios?
- ¿Respondo con prontitud a lo que Dios me pide, o busco excusas?
- ¿Valoro a las personas humildes como lo hace Dios?