La Cuaresma nos invita a seguir a Jesús al desierto. El desierto es el lugar del silencio, de la escucha, de la purificación. Allí, Jesús fue tentado por Satanás, pero salió victorioso (Mt 4,1-11). Allí, el pueblo de Israel aprendió a confiar en Dios. El desierto no es un lugar de huida, sino de encuentro. En el silencio del desierto, Dios habla al corazón. Hoy, el ruido de nuestras ciudades ahoga la voz de Dios. La Cuaresma nos llama a crear espacios de silencio, a desprendernos de las voces superfluas para escuchar la única voz que da sentido a la vida. Señor, llévame al desierto, enséñame a estar en silencio para escucharte.
Fuente: Evangelio de San Mateo 4,1-11