Salmos
Salmo 35
Libro I
Oración y alabanza.
Sobre el Salmo 35
El Salmo 35 es un lamento individual en el que el orante, injustamente acusado y perseguido, pide a Dios que tome partido y luche por él. La tradición lo atribuye a David. Su lenguaje es el de un juicio y de una batalla: Dios es llamado a empuñar el escudo, la lanza y la jabalina, a enfrentar a los agresores y a defender la causa del inocente. El salmo describe con dolor la traición: quienes fueron tratados con compasión, visitados en la enfermedad y llorados como a un hermano, se vuelven ahora acusadores y burlones. Aparecen los testigos falsos, el mal pagado con bien y la burla colectiva. Ante esto, el orante no toma venganza por su mano: entrega el caso a Dios y le pide que sea él quien juzgue con justicia. La parte final abre a la alabanza: cuando el Señor intervenga, el justo lo proclamará en la gran asamblea. El salmo pertenece a los llamados salmos de imprecación, que la Iglesia lee a la luz de Cristo y de la confianza de que la justicia última pertenece a Dios.
Reflexión del Salmo 35
El salmo pone palabras a una experiencia dolorosa y frecuente: haber hecho el bien y recibir el mal a cambio. El orante no oculta su herida ni disimula su indignación; la lleva a Dios con toda crudeza. Pero precisamente ahí está su grandeza: en lugar de devolver el golpe, transfiere el litigio al Señor. Pide una victoria que no es la suya, sino la de la justicia. Sus imágenes bélicas expresan el deseo profundo de que el mal no quede impune y de que el inocente sea defendido. Leído con ojos cristianos, este salmo no autoriza el rencor, sino que lo sana: enseña a poner el propio dolor en manos de Dios en vez de alimentarlo con resentimiento. Jesús lo vivió en su pasión, cuando fue acusado con falsedad y devolvió bien por mal. El salmo nos invita a examinar cómo reaccionamos ante la injusticia y a confiar en que Dios ve lo que nosotros no vemos. La última palabra no es la queja, sino la alabanza en la asamblea: el dolor transformado en gratitud.
Cómo meditar este salmo
Si hoy te sientes tratado injustamente, no guardes el rencor: escribe o di a Dios lo que sientes y pídele que sea él quien juzgue. Renuncia a vengarte con palabras o gestos. Y cuando pases por un momento así, recuerda que el salmo termina en alabanza: agradece de antemano la justicia y la compañía de Dios.
Oración
Señor, tú defiendes al débil y juzgas con justicia. Toma en tus manos las injusticias que me hieren y líbrame del rencor. Enséñame a devolver bien por mal, como Cristo, y a confiar en que tú harás brillar la verdad. Amén.
Preguntas frecuentes
¿Qué es un salmo?
Un poema religioso del Antiguo Testamento, compuesto para cantarse en el templo de Jerusalén. Hoy se rezan en la misa y en la Liturgia de las Horas.
¿Cuántos salmos hay?
Ciento cincuenta. En la Biblia católica se numeran siguiendo la versión griega de los Setenta, que es la que recogió la Vulgata latina.
¿Quién los escribió?
La tradición atribuye buena parte a David, pero el conjunto se compuso a lo largo de varios siglos y por varias manos.
¿Por qué cambia la numeración según la Biblia?
Porque las Biblias protestantes siguen el texto hebreo y las católicas la numeración griega. El salmo 23 católico corresponde al 24 en las Biblias hebreas; a partir del salmo 10 hay un desfase de un número, y de dos en algunos tramos.
¿Cuándo conviene rezarlos?
En cualquier momento del día. Se rezan de forma especial en la Liturgia de las Horas: laudes por la mañana, vísperas al atardecer y completas antes de dormir.
¿Hay una forma obligatoria de rezarlos?
No. Puedes leerlos despacio, en voz alta o usarlos como punto de partida para tu propia oración.