Símbolos de la Misa
Arrodillarse
Estar de rodillas es una actitud de humildad.
Arrodillarse es una actitud de humildad y adoración ante Dios. En la Misa se usa en la consagración y en la adoración del Santísimo, y también en la genuflexión que se hace al entr
Este sentido de adoración tiene hacer la genuflexión cuando entramos en la iglesia o delante del sagrario (allí donde hay una lamparita encendida para señalar que está Jesús presente en la Eucaristía).
San Pablo se refiere a esta actitud en Efesios 3,14: 'Doblo mis rodillas delante del Padre de quien procede toda paternidad' y el mismo Jesús 'puesto de rodillas' oró durante su agonía en Getsemaní (Mt. 26,39).
Sobre este símbolo
Arrodillarse es una actitud de humildad y adoración ante Dios. En la Misa se usa en la consagración y en la adoración del Santísimo, y también en la genuflexión que se hace al entrar en la iglesia o al pasar ante el sagrario, donde una lámpara encendida señala la presencia de Jesús en la Eucaristía. El gesto expresa arrepentimiento, penitencia y, sobre todo, reconocimiento de la soberanía de Dios. Nos recuerda a Pedro, que cayó de rodillas ante el Señor, y a Jesús mismo, que oró de rodillas en Getsemaní.
Ideas clave
- Estar de rodillas es una actitud de humildad ante Dios.
- Expresa arrepentimiento y penitencia, como en el caso de Pedro.
- Es ante todo un signo de adoración al único Señor del universo.
- La genuflexión ante el sagrario reconoce a Jesús presente en la Eucaristía.
- Pablo dobló sus rodillas ante el Padre; Jesús oró así en Getsemaní.
- El cuerpo entero participa así de la oración y le da un acento particular.
Reflexión
Arrodillarse es ponerse pequeño. Es reconocer, con el cuerpo entero, que no somos el centro ni los dueños de la vida. Vivimos en una cultura que premia la seguridad y la autonomía, y de pronto un gesto sencillo nos devuelve a la verdad: dependemos de Dios. No es una humillación, sino una liberación; solo quien reconoce que hay Alguien por encima de él puede dejar de cargar con el peso de ser su propio dios.
La Escritura está llena de rodillas dobladas. Pedro cae de rodillas al descubrirse pecador ante la santidad de Cristo. Pablo dobla sus rodillas ante el Padre de quien procede toda paternidad. Y el mismo Jesús, en la noche de Getsemaní, se postra y ora. Si el Hijo de Dios se arrodilla, ¿qué nos hace pensar que nosotros podemos prescindir de ese gesto? La adoración no rebaja al hombre: lo sitúa en su lugar verdadero, ante Aquel que lo ama.
Por eso la genuflexión ante el sagrario tiene tanta fuerza. La lámpara encendida nos dice que allí está el Señor, y el cuerpo responde antes que la mente. Es un saludo de amor, breve y elocuente, que reconoce una presencia real. Quien aprende a arrodillarse en la iglesia aprende también a caminar con humildad por el mundo.
Cómo vivirlo en la Misa
Cuando entres en la iglesia, detente y haz la genuflexión con calma, mirando hacia el sagrario; no la conviertas en una reverencia rápida y distraída. En la consagración, si puedes, arrodíllate y guarda silencio.
Puedes también rezar de rodillas en casa algunos días, sobre todo en la oración de la mañana o ante una dificultad o una decisión importante. Y deja que el gesto eduque tu interior: si el cuerpo se postra, el corazón aprende a no considerarse el centro de todo.
Oración
Señor, único dueño de la vida, ante ti doblamos las rodillas del cuerpo y del corazón. Enséñanos a adorarte en espíritu y en verdad, a reconocer tu presencia en la Eucaristía y a vivir con humildad ante ti y ante los hermanos. Amén.