Habacuc

Antiguo Testamento | 3 capítulos | 56 versículos

Ha

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Capítulo 2 de 3

Capítulo 2

1 En mi puesto de guardia me pondré, me plantaré en mi muro, y otearé para ver lo que él me dice, lo que responde a mi querella.

2 Y me respondió Yahveh y dijo: «Escribe la visión, ponla clara en tablillas para que se pueda leer de corrido.

3 Porque es aún visión para su fecha, aspira ella al fin y no defrauda; si se tarda, espérala, pues vendrá ciertamente, sin retraso.

4 «He aquí que sucumbe quien no tiene el alma recta, más el justo por su fidelidad vivirá.»

5 ¡Oh, ciertamente es traidora la riqueza! ¡Es hombre fatuo y no tendrá éxito el que ensancha como el seol sus fauces; como la muerte, él nunca se sacia, reúne para sí todas las naciones, acapara para sí los pueblos todos!

6 ¿No profetizarán todos éstos sobre él una sátira, adivinanzas y enigmas sobre él? Dirán: ¡Ay de quien amontona lo que no es suyo (¿hasta cuándo?) y se carga de prendas empeñadas!

7 ¿No se alzarán de repente tus acreedores, no se despertarán tus vejadores, y serás presa de ellos?

8 Por haber saqueado a naciones numerosas, te saqueará a ti todo el resto de los pueblos, por la sangre del hombre y la violencia a la tierra, a la ciudad y a todos los que la habitan.

9 ¡Ay de quien gana ganancia inmoral para su casa, para poner su nido en alto y escapar a la garra del mal!

10 ¡Vergüenza para tu casa has sentenciado: al derribar a muchos pueblos, contra ti mismo pecas!

11 Porque la piedra grita desde el muro, y la viga desde el maderamen le responde.

12 ¡Ay de quien edifica una ciudad con sangre, y funda un pueblo en la injusticia!

13 ¿No viene de Yahveh Sebaot que los pueblos se fatiguen para el fuego y las gentes se agoten para nada?

14 ¡Pues la tierra se llenará del conocimiento de la gloria de Yahveh, como las aguas cubren el mar!

15 ¡Ay del que da de beber a sus vecinos, y les añade su veneno hasta embriagarlos, para mirar su desnudez!

16 ¡Te has saciado de ignominia, no de gloria! ¡Bebe tú también y enseña tu prepucio! ¡A ti se vuelve el cáliz de la diestra de Yahveh, y la ignominia sobre tu gloria!

17 Pues la violencia hecha al Líbano te cubrirá y la matanza de los animales te aterrará, (por la sangre del hombre y la violencia a la tierra, a la ciudad y a todos los que la habitan).

18 ¿De qué sirve una escultura para que su autor la esculpa, una imagen fundida, un oráculo engañoso, para que en ellos confíe el autor de tal obra haciendo ídolos mudos?

19 ¡Ay de quien dice al madero: «Despierta», «Levántate», a la piedra muda! ¿Da ello algún oráculo? ¡Está, sí, cubierto de oro y plata, pero ni un soplo en su interior!

20 Mas Yahveh está en su santo Templo: ¡silencio ante él, tierra entera!

Reflexión del capítulo 2

En el capítulo segundo el profeta adopta la postura del centinela: «en mi puesto de guardia me pondré», dispuesto a esperar la respuesta de Dios. Y Dios responde con una orden y una promesa: escribe la visión en tablillas para que se pueda leer de corrido, porque aspira a su fecha y no defrauda; si se tarda, hay que esperarla. En el centro del capítulo está la sentencia que la Iglesia ha meditado durante siglos: «el justo por su fidelidad vivirá». Frente al orgullo del que amontona lo que no es suyo, Dios pronuncia una serie de ayes contra quienes acumulan ganancias injustas, edifican ciudades con sangre, embriagan a sus vecinos para aprovecharse de ellos y confían en ídolos mudos. La piedra grita desde el muro y la viga le responde: ninguna injusticia queda sin voz ante Dios. Pero el capítulo no es solo denuncia; en medio de los ayes resplandece la promesa de que la tierra se llenará del conocimiento de la gloria de Yahveh como las aguas cubren el mar, y termina con una invitación al silencio adorador: «Mas Yahveh está en su santo Templo: ¡silencio ante él, tierra entera!». Aquí aprendemos que la espera del justo no es pasividad, sino fidelidad que sostiene la vida.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Identifica hoy una «visión» que Dios te haya dado —un proyecto, una vocación, una promesa que parece tardar— y escríbela en un papel con su fecha. Ese gesto sencillo te ayudará a esperar sin desanimarte. Practica también el silencio adorador: dedica cinco minutos a callar ante el Santísimo o ante un crucifijo, sin pedir nada, reconociendo que Él está ahí y que su justicia no duerme.

Oración

Señor, tú estás en tu santo Templo y tu gloria llenará la tierra. Enséñame a esperar tus promesas con fidelidad, a no amontonar lo que no me pertenece y a guardar silencio ante ti. Que el justo viva por la fe. Amén.

Acerca del libro de Habacuc

El libro de Habacuc es uno de los doce profetas menores, pero ocupa un lugar singular entre ellos: en lugar de limitarse a transmitir la palabra de Dios al pueblo, presenta a un profeta que dialoga con Dios, le expone sus dudas y espera su respuesta. Habacuc ejerció su ministerio en Judá hacia finales del siglo VII a.C., en los años previos a la invasión babilónica, cuando el reino vivía bajo la amenaza creciente del imperio neobabilónico, llamado en el texto «los caldeos». El libro no menciona reyes ni fechas, pero su lenguaje y su contexto lo sitúan en esa época convulsa.

La obra se estructura como una sucesión de preguntas y respuestas. El profeta comienza clamando ante la violencia, la injusticia y la opresión que ve dentro de su propio pueblo, y Dios responde anunciando que suscitará a los caldeos como instrumento de juicio. Habacuc, desconcertado, vuelve a preguntar cómo puede un Dios santo servirse de un pueblo aún más impío. La respuesta divina contiene la frase que atraviesa toda la Escritura: «el justo por su fidelidad vivirá», citada después en Romanos 1,17, Gálatas 3,11 y Hebreos 10,38, y convertida en clave de la doctrina de la justificación por la fe.

El tercer capítulo es una plegaria y un cántico de confianza: una teofanía en la que el Señor se manifiesta con majestad para salvar a su pueblo y que termina con una de las expresiones más puras de fe, cuando el profeta decide alegrarse en Yahveh aunque falten todos los frutos de la tierra. Para el creyente católico, Habacuc enseña a llevar las preguntas más duras ante Dios sin perder la fe, a esperar con paciencia el cumplimiento de sus promesas y a confiar en que la justicia divina, aunque tarde, no defrauda. La tradición cristiana ha visto en él un testigo de la esperanza que se cumple en Cristo, el Justo por excelencia que vive y da vida.

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