Habacuc

Antiguo Testamento | 3 capítulos | 56 versículos

Ha

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Capítulo 3 de 3

Capítulo 3

1 Oración del profeta Habacuc, en el tono de las lamentaciones.

2 ¡Yahveh, he oído tu fama, tu obra venero, Yahveh! ¡En medio de los años hazla revivir en medio de los años dala a conocer, aun en la ira acuérdate de tener compasión!

3 Viene Dios de Temán, el Santo, del monte Parán. Su majestad cubre los cielos, de su gloria está llena la tierra.

4 Su fulgor es como la luz, rayos tiene que saltan de su mano, allí se oculta su poder.

5 Delante de él marcha la peste, sale la fiebre tras sus pasos.

6 Se planta él y hace temblar la tierra, mira y hace estremecerse a las naciones; se desmoronan los montes eternos, se hunden los collados antiguos, ¡sus caminos de siempre!

7 En desgracia he visto las tiendas de Kusán, se estremecen los pabellones de Madián.

8 ¿Contra los ríos arde tu cólera, Yahveh, contra el mar tu furor, para que montes en tus caballos, en tus carros de victoria?

9 Tú desnudas tu arco, sacias su cuerda de saetas. De ríos surcas tú la tierra;

10 te ven y se espantan los montes, un diluvio de agua pasa, el abismo deja oír su voz. En alto levanta sus manos

11 el sol, la luna se detiene en su sitio, a la luz de tus saetas que parten, al fulgor del centellear de tu lanza.

12 Con furia atraviesas la tierra, con cólera pisoteas las naciones.

13 Tú sales a salvar a tu pueblo, a salvar a tu ungido. Estrellas la cabeza de la casa del impío, desnudas sus cimientos hasta el cuello.

14 Traspasas con tus dardos la cabeza de sus nobles que se lanzaban para dispersarnos con su estrépito, como si fuesen a devorar al desdichado en su escondrijo.

15 Tú surcas el mar con tus caballos, el borbotar de las inmensas aguas.

16 ¡He oído y mis entrañas se estremecen, a esa voz titubean mis labios, penetra la caries en mis huesos, bajo mí tiemblan mis pasos! Tranquilo espero el día de la angustia, que va a subir sobre el pueblo que nos asalta.

17 (Pues la higuera no volverá a echar brotes, ni habrá que recoger en las viñas. Fallará la cosecha del olivo, los campos no darán alimento, faltará el ganado menor en el aprisco, no habrá ganado mayor en los establos.)

18 ¡Mas yo en Yahveh exultaré, jubilaré en el Dios de mi salvación!

19 Yahveh mi señor es mi fuerza, él me da pies como los de ciervas, y por las alturas me hace caminar. Del maestro de coro. Para instrumentos de cuerda.

Reflexión del capítulo 3

El capítulo tercero es un cántico, una oración «en el tono de las lamentaciones». El profeta pide a Dios que, en medio de los años, haga revivir su obra y que, aun en la ira, se acuerde de tener compasión. Sigue después una impresionante teofanía: Dios viene de Temán, del monte Parán, su majestad cubre los cielos, delante de él marcha la peste, los montes eternos se desmoronan y el sol y la luna se detienen a la luz de sus saetas. Es el Señor que sale a salvar a su pueblo y a su ungido, atravesando la tierra con furia contra los impíos. Ante semejante manifestación, Habacuc confiesa que sus entrañas se estremecen y sus labios titubean, y decide esperar tranquilo el día de la angustia. El capítulo culmina en una de las declaraciones de fe más hermosas de toda la Biblia: aunque la higuera no eche brotes, falten las viñas, el olivo no dé fruto, los campos no produzcan alimento y desaparezcan los rebaños, «mas yo en Yahveh exultaré, jubilaré en el Dios de mi salvación». No es una fe que depende de la abundancia, sino una confianza que se apoya en Dios mismo, que da pies como de ciervas para caminar por las alturas.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Haz hoy una lista breve de aquello que «no florece» en tu vida —una preocupación económica, un proyecto frustrado, una relación difícil— y, junto a cada punto, escribe una razón para alabar a Dios que no dependa de que eso cambie. Termina agradeciéndole por quién es, y no solo por lo que te da.

Oración

Señor, mi fuerza y mi salvación, aunque falte todo, tú permaneces. Dame pies firmes para caminar por las alturas y un corazón que se alegre en ti más que en tus dones. En medio de los años, haz revivir tu obra. Amén.

Acerca del libro de Habacuc

El libro de Habacuc es uno de los doce profetas menores, pero ocupa un lugar singular entre ellos: en lugar de limitarse a transmitir la palabra de Dios al pueblo, presenta a un profeta que dialoga con Dios, le expone sus dudas y espera su respuesta. Habacuc ejerció su ministerio en Judá hacia finales del siglo VII a.C., en los años previos a la invasión babilónica, cuando el reino vivía bajo la amenaza creciente del imperio neobabilónico, llamado en el texto «los caldeos». El libro no menciona reyes ni fechas, pero su lenguaje y su contexto lo sitúan en esa época convulsa.

La obra se estructura como una sucesión de preguntas y respuestas. El profeta comienza clamando ante la violencia, la injusticia y la opresión que ve dentro de su propio pueblo, y Dios responde anunciando que suscitará a los caldeos como instrumento de juicio. Habacuc, desconcertado, vuelve a preguntar cómo puede un Dios santo servirse de un pueblo aún más impío. La respuesta divina contiene la frase que atraviesa toda la Escritura: «el justo por su fidelidad vivirá», citada después en Romanos 1,17, Gálatas 3,11 y Hebreos 10,38, y convertida en clave de la doctrina de la justificación por la fe.

El tercer capítulo es una plegaria y un cántico de confianza: una teofanía en la que el Señor se manifiesta con majestad para salvar a su pueblo y que termina con una de las expresiones más puras de fe, cuando el profeta decide alegrarse en Yahveh aunque falten todos los frutos de la tierra. Para el creyente católico, Habacuc enseña a llevar las preguntas más duras ante Dios sin perder la fe, a esperar con paciencia el cumplimiento de sus promesas y a confiar en que la justicia divina, aunque tarde, no defrauda. La tradición cristiana ha visto en él un testigo de la esperanza que se cumple en Cristo, el Justo por excelencia que vive y da vida.

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