II Pedro
Nuevo Testamento | 3 capítulos | 61 versículos
Capítulo 1
1 Simeón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a los que por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo les ha cabido en suerte una fe tan preciosa como la nuestra.
2 A vosotros, gracia y paz abundantes por el conocimiento de nuestro Señor.
3 Pues su divino poder nos ha concedido cuanto se refiere a la vida y a la piedad, mediante el conocimiento perfecto del que nos ha llamado por su propia gloria y virtud,
4 por medio de las cuales nos han sido concedidas las preciosas y sublimes promesas, para que por ellas os hicierais partícipes de la naturaleza divina, huyendo de la corrupción que hay en el mundo por la concupiscencia.
5 Por esta misma razón, poned el mayor empeño en añadir a vuestra fe la virtud, a la virtud el conocimiento,
6 al conocimiento la templanza, a la templanza la tenacidad, a la tenacidad la piedad,
7 a la piedad el amor fraterno, al amor fraterno la caridad.
8 Pues si tenéis estas cosas y las tenéis en abundancia, no os dejarán inactivos ni estériles para el conocimiento perfecto de nuestro Señor Jesucristo.
9 Quien no las tenga es ciego y corto de vista; ha echado al olvido la purificación de sus pecados pasados.
10 Por tanto, hermanos, poned el mayor empeño en afianzar vuestra vocación y vuestra elección. Obrando así nunca caeréis.
11 Pues así se os dará amplia entrada en el Reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
12 Por esto, estaré siempre recordándoos estas cosas, aunque ya las sepáis y estéis firmes en la verdad que poseéis.
13 Me parece justo, mientras me encuentro en esta tienda, estimularos con el recuerdo,
14 sabiendo que pronto tendré que dejar mi tienda, según me lo ha manifestado nuestro Señor Jesucristo.
15 Pero pondré empeño en que, en todo monento, después de mi partida, podáis recordar estas cosas.
16 Os hemos dado a conocer el poder y la Venida de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad.
17 Porque recibió de Dios Padre honor y gloria, cuando la sublime Gloria le dirigió esta voz: «Este es mi Hijo muy amado en quien me complazco.»
18 Nosotros mismos escuchamos esta voz, venida del cielo, estando con él en el monte santo.
19 Y así se nos hace más firme la palabra de los profetas, a la cual hacéis bien en prestar atención, como a lámpara que luce en lugar oscuro, hasta que despunte el día y se levante en vuestros corazones el lucero de la mañana.
20 Pero, ante todo, tened presente que ninguna profecía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia;
21 porque nunca profecía alguna ha venido por voluntad humana, sino que hombres movidos por el Espíritu Santo, han hablado de parte de Dios.
Reflexión del capítulo 1
El capítulo es a la vez una promesa y una tarea. Comienza recordando que el poder divino nos ha concedido todo lo necesario para la vida y la piedad, y que por medio de Cristo se nos han dado promesas preciosas y sublimes, destinadas a hacernos partícipes de la naturaleza divina. La gracia no nos deja pasivos: nos injerta en la vida misma de Dios.
De ahí la famosa escala de virtudes que el apóstol propone: a la fe, la virtud; a la virtud, el conocimiento; al conocimiento, la templanza; a la templanza, la tenacidad; a la tenacidad, la piedad; a la piedad, el amor fraterno; y al amor fraterno, la caridad. Cada peldaño supone el anterior y abre al siguiente; quien los posee y los hace crecer no queda inactivo ni estéril en el conocimiento de Cristo. Quien los descuida es ciego y ha echado al olvido la purificación de sus pecados.
Pedro añade luego el fundamento de su autoridad: no ha seguido fábulas ingeniosas, sino que fue testigo ocular de la majestad del Señor en el monte santo, donde escuchó la voz del Padre que lo proclamaba su Hijo muy amado. Y deja una enseñanza clave sobre la Escritura: ninguna profecía procede de la voluntad humana, sino que hombres movidos por el Espíritu Santo hablaron de parte de Dios. La palabra profética es lámpara que luce en lugar oscuro, hasta que despunte el día.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Elige uno de los peldaños de la escala de virtudes —quizá la templanza, la tenacidad o la piedad— y trabaja en él esta semana con un propósito medible y concreto, no con un deseo vago. Y dedica cada día un rato a leer la Escritura, sabiendo que es palabra de Dios y no opinión humana, pidiendo al Espíritu Santo que la ilumine y la haga fecunda en tu vida y en tus decisiones.
Oración
Señor Jesús, Hijo amado del Padre: gracias por las promesas que nos hacen partícipes de tu vida. Concédenos crecer en fe, virtud y caridad, y escuchar tu Palabra como lámpara que luce en la oscuridad. Amén.
Acerca del libro de II Pedro
La Segunda Carta de Pedro se presenta como el testamento espiritual del apóstol. Escrita en nombre de Simeón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, se dirige a comunidades cristianas de origen pagano que han recibido una fe tan preciosa como la de los apóstoles. El autor habla como quien sabe que su muerte está cerca: pronto tendrá que dejar «su tienda», es decir, su cuerpo, tal como se lo manifestó el Señor. Por eso escribe para que, después de su partida, los creyentes puedan recordar siempre estas cosas. Es, en este sentido, una carta de despedida y de herencia.
El problema que afronta es grave: han aparecido falsos maestros que introducen herejías perniciosas, niegan al Señor que los adquirió y, con palabras artificiosas, trafican con los creyentes movidos por la codicia. Prometen libertad mientras ellos mismos son esclavos de la corrupción, y se burlan de la promesa de la venida del Señor, preguntando dónde queda. La comunidad está desorientada y expuesta a la seducción.
Frente a ello, el autor apela a tres cosas. Primero, a su condición de testigo ocular de la majestad de Cristo en el monte santo, donde escuchó la voz del Padre. Segundo, a la Escritura, palabra profética que no procede de la voluntad humana, sino del Espíritu Santo. Y tercero, a la esperanza: el Señor no se retrasa, sino que usa de paciencia para que todos lleguen a la conversión; y esperamos, según su promesa, nuevos cielos y nueva tierra en los que habite la justicia. La carta es, así, una llamada a crecer en la gracia y a vivir alerta.
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