II Pedro
Nuevo Testamento | 3 capítulos | 61 versículos
Capítulo 3
1 Esta es ya, queridos, la segunda carta que os escribo; en ambas, con lo que os recuerdo, despierto en vosotros el recto criterio.
2 Acordaos de las predicciones de los santos profetas y del mandamiento de vuestros apóstoles que es el mismo del Señor y Salvador.
3 Sabed ante todo que en los últimos días vendrán hombres llenos de sarcasmo, guiados por sus propias pasiones,
4 que dirán en son de burla: «¿Dónde queda la promesa de su Venida? Pues desde que murieron los Padres, todo sigue como al principio de la creación».
5 Porque ignoran intencionadamente que hace tiempo existieron unos cielos y también una tierra surgida del agua y establecida entre las aguas por la Palabra de Dios,
6 y que, por esto, el mundo de entonces pereció inundado por las aguas del diluvio,
7 y que los cielos y la tierra presentes, por esa misma Palabra, están reservados para el fuego y guardados hasta el día del Juicio y de la destrucción de los impíos.
8 Mas una cosa no podéis ignorar, queridos: que ante el Señor un día es como mil años y, mil años, como un día.
9 No se retrasa el Señor en el cumplimiento de la promesa, como algunos lo suponen, sino que usa de paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen a la conversión.
10 El Día del Señor llegará como un ladrón; en aquel día, los cielos, con ruido ensordecedor, se desharán; los elementos, abrasados, se disolverán, y la tierra y cuanto ella encierra se consumirá.
11 Puesto que todas estas cosas han de disolverse así, ¿cómo conviene que seáis en vuestra santa conducta y en la piedad,
12 esperando y acelerando la venida del Día de Dios, en el que los cielos, en llamas, se disolverán, y los elementos, abrasados, se fundirán?
13 Pero esperamos, según nos lo tiene prometido, nuevos cielos y nueva tierra, en lo que habite la justicia.
14 Por lo tanto, queridos, en espera de estos acontecimientos, esforzaos por ser hallados en paz ante él, sin mancilla y sin tacha.
15 La paciencia de nuestro Señor juzgadla como salvación, como os lo escribió también Pablo, nuestro querido hermano, según la sabiduría que le fue otorgada.
16 Lo escribe también en todas las cartas cuando habla en ellas de esto. Aunque hay en ellas cosas difíciles de entender, que los ignorantes y los débiles interpretan torcidamente - como también las demás Escrituras - para su propia perdición.
17 Vosotros, pues, queridos, estando ya advertidos, vivid alerta, no sea que, arrastrados por el error de esos disolutos, os veáis derribados de vuestra firme postura.
18 Creced, pues, en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo. A él la gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén.
Reflexión del capítulo 3
El último capítulo responde a una burla que sigue resonando hoy: ¿dónde queda la promesa de su venida? Pedro responde con paciencia y con realismo. Los que se burlan ignoran voluntariamente que Dios ya intervino una vez en la historia, cuando el mundo antiguo pereció bajo las aguas del diluvio, y que los cielos y la tierra actuales están reservados para el fuego, hasta el día del Juicio.
La clave está en la manera de contar el tiempo. Ante el Señor, un día es como mil años y mil años como un día. Lo que a nosotros parece retraso es, en realidad, paciencia: el Señor no quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión. Su demora es misericordia, no olvido.
Pero el día llegará, como un ladrón, y entonces los cielos se desharán con ruido ensordecedor y los elementos se disolverán abrasados. Ante esta perspectiva, el apóstol no invita al miedo, sino a una pregunta práctica: ¿cómo conviene vivir mientras esperamos? Con santa conducta y piedad, sin mancha ni tacha, en paz. Y añade la promesa que sostiene todo: esperamos nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia. La carta se cierra con una exhortación a crecer en la gracia y en el conocimiento de Jesucristo, a quien sea la gloria ahora y hasta el día de la eternidad.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Cuando sientas la tentación de posponer la conversión porque aún hay tiempo, recuerda que la paciencia de Dios es una oportunidad y no una garantía. Da hoy el paso que llevas aplazando —una confesión, un perdón que no concedes, un cambio de vida que evitas— y espera su venida en paz, sin mancha y sin tacha ante sus ojos. No lo dejes para mañana.
Oración
Señor, paciente y misericordioso, que no quieres que nadie perezca: ayúdanos a vivir en santa conducta mientras esperamos nuevos cielos y nueva tierra. Que seamos hallados en paz, sin mancha, y crezcamos en tu gracia. Amén.
Acerca del libro de II Pedro
La Segunda Carta de Pedro se presenta como el testamento espiritual del apóstol. Escrita en nombre de Simeón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, se dirige a comunidades cristianas de origen pagano que han recibido una fe tan preciosa como la de los apóstoles. El autor habla como quien sabe que su muerte está cerca: pronto tendrá que dejar «su tienda», es decir, su cuerpo, tal como se lo manifestó el Señor. Por eso escribe para que, después de su partida, los creyentes puedan recordar siempre estas cosas. Es, en este sentido, una carta de despedida y de herencia.
El problema que afronta es grave: han aparecido falsos maestros que introducen herejías perniciosas, niegan al Señor que los adquirió y, con palabras artificiosas, trafican con los creyentes movidos por la codicia. Prometen libertad mientras ellos mismos son esclavos de la corrupción, y se burlan de la promesa de la venida del Señor, preguntando dónde queda. La comunidad está desorientada y expuesta a la seducción.
Frente a ello, el autor apela a tres cosas. Primero, a su condición de testigo ocular de la majestad de Cristo en el monte santo, donde escuchó la voz del Padre. Segundo, a la Escritura, palabra profética que no procede de la voluntad humana, sino del Espíritu Santo. Y tercero, a la esperanza: el Señor no se retrasa, sino que usa de paciencia para que todos lleguen a la conversión; y esperamos, según su promesa, nuevos cielos y nueva tierra en los que habite la justicia. La carta es, así, una llamada a crecer en la gracia y a vivir alerta.
Compartir
Enlace copiado