Tito
Nuevo Testamento | 3 capítulos | 46 versículos
Capítulo 1
1 Pablo, siervo de Dios, apóstol de Jesucristo para llevar a los escogidos de Dios a la fe y al pleno conocimiento de la verdad que es conforme a la piedad,
2 con la esperanza de vida eterna, prometida desde toda la eternidad por Dios que no miente,
3 y que en el tiempo oportuno ha manifestado su Palabra por la predicación a mí encomendada según el mandato de Dios nuestro Salvador,
4 a Tito, verdadero hijo según la fe común. Gracia y paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, nuestro Salvador.
5 El motivo de haberte dejado en Creta, fue para que acabaras de organizar lo que faltaba y establecieras presbíteros en cada ciudad, como yo te ordené.
6 El candidato debe ser irreprochable, casado una sola vez, cuyos hijos sean creyentes, no tachados de libertinaje ni de rebeldía.
7 Porque el epíscopo, como administrador de Dios, debe ser irreprochable; no arrogante, no colérico, no bebedor, no violento, no dado a negocios sucios;
8 sino hospitalario, amigo del bien, sensato, justo, piadoso, dueño de sí.
9 Que esté adherido a la palabra fiel, conforme a la enseñanza, para que sea capaz de exhortar con la sana doctrina y refutar a los que contradicen.
10 Porque hay muchos rebeldes, vanos habladores y embaucadores, sobre todo entre los de la circuncisión,
11 a quienes es menester tapar la boca; hombres que trastornan familias enteras, enseñando por torpe ganancia lo que no deben.
12 Uno de ellos, profeta suyo, dijo: «Los cretenses son siempre mentirosos, malas bestias, vientres perezosos.»
13 Este testimonio es verdadero. Por tanto repréndeles severamente, a fin de que conserven sana la fe,
14 y no den oídos a fábulas judaicas, ni a mandamientos de hombres que se apartan de la verdad.
15 Para los limpios todo es limpio; mas para los contaminados e incrédulos nada hay limpio, pues su mente y conciencia están contaminadas.
16 Profesan conocer a Dios, mas con sus obras le niegan; son abominables y rebeldes e incapaces de toda obra buena.
Reflexión del capítulo 1
El primer capítulo de la carta a Tito es, en buena parte, un retrato del pastor que la Iglesia necesita. Pablo, que se presenta como siervo de Dios y apóstol de Jesucristo, escribe movido por la esperanza de la vida eterna, que Dios, que no miente, prometió desde antes de los siglos. Al dejar a Tito en Creta, no le encomienda una simple tarea administrativa, sino la de establecer presbíteros en cada ciudad, es decir, dar forma estable a la comunidad naciente. Los requisitos que enumera, irreprochable, hospitalario, sensato, justo, piadoso, dueño de sí, no colérico ni apegado al dinero, no son méritos humanos, sino el reflejo visible de una fe sincera. El obispo es administrador de Dios: no dueño de la comunidad, sino custodio de un don recibido. Frente a los embaucadores y a las fábulas que perturbaban a las familias, Pablo recuerda que la sana doctrina se defiende con una vida coherente. Y deja una sentencia luminosa: para los limpios todo es limpio, porque la pureza del corazón transfigura toda la existencia, mientras que la conciencia corrompida lo empaña todo. Este capítulo nos invita a mirar con seriedad la responsabilidad de quienes enseñan y a pedir al Señor pastores santos, hombres de fe probada y de caridad firme, capaces de exhortar y de corregir con verdad y mansedumbre.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy puedes examinar tu propia coherencia: ¿la fe que profesas se refleja en tu trato, tu templanza y tu honestidad? Si enseñas, catequizas o aconsejas a alguien, cuida que tu vida respalde tus palabras. Reza por nombre por los pastores de tu comunidad y, si puedes, ofréceles un gesto de apoyo o un servicio concreto, sosteniéndolos con tu oración y tu ejemplo.
Oración
Señor Jesús, tú que no mientes y has prometido la vida eterna, danos pastores según tu corazón y haz que nuestra vida no desmienta con las obras lo que proclamamos con los labios. Purifica nuestro corazón, para que todo sea limpio ante tus ojos. Amén.
Acerca del libro de Tito
La carta a Tito es una de las tres cartas pastorales de san Pablo, junto con las dos dirigidas a Timoteo. Su destinatario, Tito, era un colaborador griego, convertido por el Apóstol, a quien Pablo llama verdadero hijo según la fe común. Pablo lo dejó en la isla de Creta para acabar de organizar lo que faltaba y establecer presbíteros en cada ciudad, tarea delicada en una comunidad joven, dispersa y rodeada de influencias paganas y judaizantes.
Escrita probablemente hacia el final de la vida de Pablo, la carta refleja el paso de las primeras misiones a la vida estable de la Iglesia. Creta era famosa en la antigüedad por su comercio y también por la reputación moral de sus habitantes, citada incluso por un poeta local. En ese ambiente, Pablo insiste en que la fe verdadera se traduce en vida concreta: la sana doctrina, la conducta irreprochable de los pastores, la armonía en las familias y la práctica constante de las buenas obras.
Los grandes temas de Tito son la organización de la comunidad, la transmisión fiel de la enseñanza apostólica, la gracia de Dios que se ha manifestado a todos los hombres y la esperanza de la vida eterna. Su corazón es cristológico: todo se apoya en Jesucristo, que se entregó por nosotros a fin de rescatarnos de toda iniquidad. Para el católico, Tito es una escuela de vida eclesial: nos recuerda que la doctrina sana y las buenas obras van unidas, que la gracia no dispensa del esfuerzo, y que la Iglesia se edifica con pastores santos y fieles laicos. Leerla hoy es aprender a vivir la fe con coherencia, esperanza y caridad.
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