Amós

Antiguo Testamento | 9 capítulos | 146 versículos

Am

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Capítulo 4 de 9

Capítulo 4

1 Escuchad esta palabra, vacas de Basán, que estáis en la montaña de Samaria, que oprimís a los débiles, que maltratáis a los pobres, que decís a vuestros maridos: «¡Traed, y bebamos!»

2 El Señor Yahveh ha jurado pro su santidad: He aquí que vienen días sobre vosotras en que se os izará con ganchos, y, hasta las últimas, con anzuelos de pescar.

3 Por brechas saldréis cada una a derecho, y seréis arrojadas al Hermón, oráculo de Yahveh.

4 ¡Id a Betel a rebelaros, multiplicad en Guilgal vuestras rebeldías, llevad de mañana vuestros sacrificios cada tres días vuestros diezmos;

5 quemad levadura en acción de gracias, y pregonad las ofrendas voluntarias, voceadlas, ya que es eso lo que os gusta, hijos de Israel!, oráculo del Señor Yahveh.

6 Yo también os he dado dientes limpios en todas vuestras ciudades, y falta de pan en todos vuestros lugares; ¡y no habéis vuelto a mí! oráculo de Yahveh.

7 También os he cerrado la lluvia, a tres meses todavía de la siega; he hecho llover sobre una ciudad, y sobre otra ciudad no he hecho llover; una parcella recibía lluvia, y otra parcella, falta de lluvia, se secaba;

8 dos, tres ciudades acudían a otra ciudad a beber agua, pero no calmaban su sed; ¡y no habéis vuelto a mí!, oráculo de Yahveh.

9 Os he herido con tizón y añublo, he secado vuestras huertas y viñedos; vuestras higueras y olivares los ha devorado la langosta; ¡y no habéis vuelto a mí!, oráculo de Yahveh.

10 He enviado contra vosotros peste, como la peste de Egipto, he matado a espada a vuestros jóvenes, mientras vuestros caballos eran capturados; he hecho subir a vuestras narices el hedor de vuestros campamentos, ¡y no habéis vuelto a mí!, oráculo de Yahveh.

11 Os he trastornado como Dios trastornó a Sodoma y Gomorra, habéis quedado como un tizón salvado de un incendio; ¡y no habéis vuelto a mí!, oráculo de Yahveh.

12 Por eso, así voy a hacer contigo, Israel, y porque esto voy a hacerte, prepárate, Israel, a afrontar a tu Dios.

13 Porque está aquí quien forma los montes y crea el viento, quien descubre al hombre cuál es su pensamiento, quien hace aurora las tinieblas, y avanza por las alturas de la tierra: Yahveh, Dios Sebaot es su nombre.

Reflexión del capítulo 4

El capítulo se abre con una imagen provocadora: las mujeres ricas de Samaria son llamadas vacas de Basán, animales gordos y engreídos que oprimen a los pobres y piden a sus maridos que les traigan más vino. La dureza del lenguaje busca sacudir una conciencia adormecida por el lujo. Frente a esta vida cómoda, el profeta describe una religiosidad febril: peregrinaciones, diezmos exagerados, sacrificios de acción de gracias, ofrendas voluntarias anunciadas a gritos. Es la parodia del culto cuando falta la justicia. Y entonces llega la frase que resume todo el capítulo: prepárate para encontrarte con tu Dios. El Señor recuerda además los castigos ya enviados —hambre, sequía, plagas, guerra— y el estribillo triste que se repite: y no volvisteis a mí. La paciencia de Dios se presenta como una serie de llamadas desoídas. No es un Dios que se complace en castigar, sino uno que agota todos los medios antes de dejarnos seguir nuestro camino. La invitación sigue en pie: hay tiempo de volver.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

No esperes a la crisis para buscar a Dios. Aprovecha este tiempo de calma para ordenar tu vida, agradecer lo que tienes y simplificar tus necesidades, sin dejarte arrastrar por el consumo y la comparación. La conversión hecha en la bonanza es más libre y más profunda que la que nace del miedo. Y si tienes de más, comparte con quien tiene de menos.

Oración

Señor, prepárame para encontrarme contigo en cualquier momento. Que no necesite el dolor ni la crisis para volver a ti. Enséñame a vivir con sobriedad y gratitud, atento a los pobres, disponible a tu voz y libre de lo que me distrae. Amén.

Acerca del libro de Amós

Amós era un pastor de Tecoa, en las montañas de Judá, que cuidaba ovejas y cultivaba higos silvestres. No pertenecía a ninguna escuela de profetas ni a la casta sacerdotal: Dios lo sacó de detrás del rebaño y lo envió al reino del norte, a Betel, centro religioso oficial de Israel. Su ministerio se sitúa hacia el año 760 antes de Cristo, bajo el largo y próspero reinado de Jeroboam II. Era una época de bonanza económica, de fronteras seguras y de templos concurridos, y precisamente por eso el profeta resulta insoportable: denuncia que la prosperidad se ha construido sobre la injusticia. Mientras unos pocos acumulan casas de piedra y lechos de marfil, los pobres son vendidos por deudas mínimas y los tribunales se compran. Amós no ataca el culto por ser culto, sino porque se ha convertido en una coartada: se multiplican las peregrinaciones y los sacrificios para tapar la explotación del hermano. Su lenguaje es directo, lleno de imágenes de la vida rural —el león que ruge, la plomada, el cesto de fruta madura, la langosta— y de una ironía cortante. Es el profeta de la justicia social por excelencia, el primero que deja por escrito su mensaje. La tradición cristiana lo ha leído como una advertencia permanente: no se puede separar el amor a Dios del trato con los pobres. Donde falta la justicia, la religión se vuelve ruido, y Dios mismo lo dice: no soporta sus fiestas.

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