Amós
Antiguo Testamento | 9 capítulos | 146 versículos
Capítulo 6
1 ¡Ay de aquellos que se sienten seguros en Sión, y de los confiados en la montaña de Samaria, los notables de la capital de las naciones, a los que acude la casa de Israel!
2 Pasad a Kalné y ved, id de allí a Jamat la grande, bajad luego a Gat de los filisteos. ¿Son acaso mejores que estos reinos? ¿Su territorio es mayor que el vuestro?
3 ¡Vosotros que creéis alejar el día funesto, y hacéis que se acerque un estado de violencia!
4 Acostados en camas de marfil, arrellenados en sus lechos, comen corderos del rebaño y becerros sacados del establo,
5 canturrean al son del arpa, se inventan, como David, instrumentos de música,
6 beben vino en anchas copas, con los mejores aceites se ungen, mas no se afligen por el desastre de José.
7 Por eso, ahora van a ir al cautiverio a la cabeza de los cautivos y cesará la orgía de los sibaritas.
8 El Señor Yahveh ha jurado por sí mismo, oráculo de Yahveh Dios Sebaot: Yo aborrezco la soberbia de Jacob, sus palacios detesto, y voy a entregar la ciudad con cuanto encierra.
9 Y sucederá que, si quedan diez hombres en una misma casa, morirán.
10 Sólo quedarán unos pocos evadidos para sacar de la casa los huesos; y si se dice al que está en el fondo de la casa: «¿Hay todavía alguien contigo?», dirá: «Ninguno», y añadirá: «¡Silencio!, que no hay que mentar el nombre de Yahveh».
11 Pues he aquí que Yahveh da la orden y reduce la casa grande a escombros, y la casa pequeña a ruinas.
12 ¿Corren por la roca los caballos? ¿se ara con bueyes el mar? ¡pues vosotros trocáis en veneno el juicio y en ajenjo el fruto de la justicia!
13 ¡Vosotros que os alegráis por Lo-Debar, que decís: «¿No tomamos Carnáyim con nuestra propia fuerza?»
14 ¡Pero he aquí que yo suscito contra vosotros, casa de Israel, - oráculo del Señor Yahveh, Dios Sebaot - una nación que os oprimirá desde la Entrada de Jamat hasta el torrente de la Arabá!
Reflexión del capítulo 6
El profeta pronuncia un ay contra los que viven tranquilos, confiados en su seguridad y en su prosperidad. Describe con detalle su estilo de vida: camas de marfil, divanes cómodos, carne de ternera y de cordero, música de arpa, vino en copas abundantes, perfumes finos. No es que estas cosas sean malas en sí; el problema es que se disfrutan sin dolerse por la ruina de José, es decir, sin sentir como propia la desgracia del hermano. La indiferencia ante el sufrimiento ajeno es el pecado que aquí se condena, y es un pecado de los que se cometen sin hacer nada. Después el texto anuncia que esa fiesta terminará y que los primeros en ser deportados serán precisamente los que se creían más seguros. El capítulo desmonta también la vanagloria nacional: la arrogancia de la casa de Israel será aborrecida. La advertencia es actual: una vida cómoda y bien abastecida puede volverse una anestesia moral. El lujo que no se comparte termina endureciendo el corazón.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Pregúntate cuánto de tu bienestar descansa sobre la indiferencia hacia quien sufre cerca de ti: el vecino enfermo, el compañero en apuros, la familia que no llega a fin de mes. Haz un gesto concreto esta semana —comparte algo tuyo, visita, ayuda— y, sobre todo, déjate afectar por su situación. La caridad empieza por dejar de mirar hacia otro lado.
Oración
Señor, no permitas que mi comodidad me vuelva insensible al dolor de los demás. Despierta en mí la compasión por los que sufren y enséñame a compartir lo que tengo sin calcular. Que nunca me acostumbre a la injusticia ni a mirar hacia otro lado. Amén.
Acerca del libro de Amós
Amós era un pastor de Tecoa, en las montañas de Judá, que cuidaba ovejas y cultivaba higos silvestres. No pertenecía a ninguna escuela de profetas ni a la casta sacerdotal: Dios lo sacó de detrás del rebaño y lo envió al reino del norte, a Betel, centro religioso oficial de Israel. Su ministerio se sitúa hacia el año 760 antes de Cristo, bajo el largo y próspero reinado de Jeroboam II. Era una época de bonanza económica, de fronteras seguras y de templos concurridos, y precisamente por eso el profeta resulta insoportable: denuncia que la prosperidad se ha construido sobre la injusticia. Mientras unos pocos acumulan casas de piedra y lechos de marfil, los pobres son vendidos por deudas mínimas y los tribunales se compran. Amós no ataca el culto por ser culto, sino porque se ha convertido en una coartada: se multiplican las peregrinaciones y los sacrificios para tapar la explotación del hermano. Su lenguaje es directo, lleno de imágenes de la vida rural —el león que ruge, la plomada, el cesto de fruta madura, la langosta— y de una ironía cortante. Es el profeta de la justicia social por excelencia, el primero que deja por escrito su mensaje. La tradición cristiana lo ha leído como una advertencia permanente: no se puede separar el amor a Dios del trato con los pobres. Donde falta la justicia, la religión se vuelve ruido, y Dios mismo lo dice: no soporta sus fiestas.
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