Amós

Antiguo Testamento | 9 capítulos | 146 versículos

Am

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Capítulo 5 de 9

Capítulo 5

1 Escuchad esta palabra que yo entono contra vosotros como elegía, casa de Israel:

2 ¡Ha caído, no volverá ya a levantarse, la virgen de Israel; postrada está en su suelo, no hay quien la levante!

3 Porque así dice el Señor Yahveh a la casa de Israel: La ciudad que sacaba mil a campaña quedará sólo con cien, y la que sacaba cien quedará sólo con diez.

4 Porque así dice Yahveh a la casa de Israel: ¡Buscadme a mí y viviréis!

5 Pero no busquéis a Betel, no vayáis a Guilgal ni paséis a Berseba, porque Guilgal será deportada sin remedio, y Betel será reducida a la nada.

6 ¡Buscad a Yahveh y viviréis, no sea que caiga él como fuego sobre la casa de José, y devore a Betel sin que haya quien apague!

7 ¡Ay de los que cambian en ajenjo el juicio y tiran por tierra la justicia,

8 El hace las Pléyades y Orión, trueca en mañana las sombras, y hace oscurecer el día en noche. El llama a las aguas del mar, y sobre la haz de la tierra las derrama, Yahveh es su nombre;

9 él desencadena ruina sobre el fuerte y sobre la ciudadela viene la devastación.

10 Detestan al censor en la Puerta y aborrecen al que habla con sinceridad!

11 Pues bien, ya que vosotros pisoteáis al débil, y cobráis de él tributo de grano, casas de sillares habéis construido, pero no las habitaréis; viñas selectas habéis plantado, pero no beberéis su vino.

12 ¡Pues yo sé que son muchas vuestras rebeldías y graves vuestros pecados, opresores del justo, que aceptáis soborno y atropelláis a los pobres en la Puerta!

13 Por eso el hombre sensato calla en esta hora, que es hora de infortunio.

14 Buscad el bien, no el mal, para que viváis, y que así sea con vosotros Yahveh Sebaot, tal como decís.

15 Aborreced el mal, amad el bien, implantad el juicio en la Puerta; quizá Yahveh Sebaot tenga piedad del Resto de José.

16 Por eso, así dice Yahveh, el Dios Sebaot, el Señor: En todas las plazas habrá lamentación y en todas las calles se dirá: «¡Ay, ay!» Convocarán a duelo al labrador, y a lamentación a los que saben plañir;

17 lamentación habrá en todas las viñas, porque voy a pasar yo por medio de ti, dice Yahveh.

18 ¡Ay de los que ansían el Día de Yahveh! ¿Qué créeis que es ese Día de Yahveh? ¡Es tinieblas, que no luz!

19 Como cuando uno huye del león y se topa con un oso, o, al entrar en casa, apoya una mano en la pared y le muerde una culebra...

20 ¿No es tinieblas el Día de Yahveh, y no luz, lóbrego y sin claridad?

21 Yo detesto, desprecio vuestras fiestas, no me gusta el olor de vuestras reuniones solemnes.

22 Si me ofrecéis holocaustos... no me complazco en vuestras oblaciones, ni miro a vuestros sacrificios de comunión de novillos cebados.

23 ¡Aparta de mi lado la multitud de tus canciones, no quiero oír la salmodia de tus arpas!

24 ¡Que fluya, sí, el juicio como agua y la justicia como arroyo perenne!

25 ¿Acaso sacrificios y oblaciones en el desierto me ofrecisteis, durante cuarenta años, casa de Israel?

26 Vosotros llevaréis a Sakkut, vuestro rey, y la estrella de vuestro dios, Keván, esas imágenes que os habéis fabricado;

27 pues yo os deportaré más allá de Damasco, dice Yahveh, cuyo nombre es Dios Sebaot.

Reflexión del capítulo 5

El capítulo comienza con un lamento fúnebre por Israel, como si ya estuviera muerto: la ciudad que sale con mil hombres vuelve con cien. En medio de esta elegía se alza una invitación repetida tres veces: buscadme y viviréis. El profeta advierte que no sirve refugiarse en los santuarios, ni en Betel, ni en Guilgal, ni en Berseba, porque el Señor no está atado a ningún lugar. Lo que pide es muy concreto: odiad el mal, amad el bien, estableced la justicia en el tribunal. Y aparece una de las frases más hermosas de la Biblia: que el derecho corra como las aguas y la justicia como un torrente perenne. No un chorrito que se seca, sino un río caudaloso y continuo. Después el texto desmonta la ilusión del día del Señor: muchos lo esperan como triunfo, y será tinieblas para quien vive en la injusticia. El capítulo rechaza con fuerza una religiosidad ruidosa —cánticos, arpas, sacrificios— que convive con la opresión. Dios dice que no la soporta. Solo la justicia hace aceptable la alabanza.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Revisa si tu vida de fe es un torrente o un chorrito intermitente. Comprométete con una obra de justicia sostenida en el tiempo: un voluntariado, una ayuda estable a una familia, una defensa concreta de alguien indefenso, una presencia constante junto a quien sufre. Lo continuo es lo que transforma, no el gesto aislado que se hace una vez y se olvida.

Oración

Señor, que el derecho corra como las aguas en mi vida y en mi entorno. Líbrame de una religiosidad ruidosa y vacía. Enséñame a amar el bien y a odiar el mal con obras, no solo con palabras. Amén.

Acerca del libro de Amós

Amós era un pastor de Tecoa, en las montañas de Judá, que cuidaba ovejas y cultivaba higos silvestres. No pertenecía a ninguna escuela de profetas ni a la casta sacerdotal: Dios lo sacó de detrás del rebaño y lo envió al reino del norte, a Betel, centro religioso oficial de Israel. Su ministerio se sitúa hacia el año 760 antes de Cristo, bajo el largo y próspero reinado de Jeroboam II. Era una época de bonanza económica, de fronteras seguras y de templos concurridos, y precisamente por eso el profeta resulta insoportable: denuncia que la prosperidad se ha construido sobre la injusticia. Mientras unos pocos acumulan casas de piedra y lechos de marfil, los pobres son vendidos por deudas mínimas y los tribunales se compran. Amós no ataca el culto por ser culto, sino porque se ha convertido en una coartada: se multiplican las peregrinaciones y los sacrificios para tapar la explotación del hermano. Su lenguaje es directo, lleno de imágenes de la vida rural —el león que ruge, la plomada, el cesto de fruta madura, la langosta— y de una ironía cortante. Es el profeta de la justicia social por excelencia, el primero que deja por escrito su mensaje. La tradición cristiana lo ha leído como una advertencia permanente: no se puede separar el amor a Dios del trato con los pobres. Donde falta la justicia, la religión se vuelve ruido, y Dios mismo lo dice: no soporta sus fiestas.

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