Colosenses

Nuevo Testamento | 4 capítulos | 95 versículos

Col

Seleccionar Capítulo

Capítulo 1 de 4

Capítulo 1

1 Pablo, apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios, y Timoteo el hermano,

2 a los santos de Colosas, hermanos fieles en Cristo. Gracia a vosotros y paz de parte de Dios, nuestro Padre.

3 Damos gracias sin cesar a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, por vosotros en nuestras oraciones,

4 al tener noticia de vuestra fe en Cristo Jesús y de la caridad que tenéis con todos los santos,

5 a causa de la esperanza que os está reservada en los cielos y acerca de la cual fuisteis ya instruidos por la Palabra de la verdad, el Evangelio,

6 que llegó hasta vosotros, y fructifica y crece entre vosotros lo mismo que en todo el mundo, desde el día en que oísteis y conocisteis la gracia de Dios en la verdad:

7 tal como os la enseñó Epafras, nuestro querido consiervo y fiel ministro de Cristo, en lugar nuestro,

8 el cual nos informó también de vuestro amor en el Espíritu.

9 Por eso, tampoco nosotros dejamos de rogar por vosotros desde el día que lo oímos, y de pedir que lleguéis al pleno conocimiento de su voluntad con toda sabiduría e inteligencia espiritual,

10 para que viváis de una manera digna del Señor, agradándole en todo, fructificando en toda obra buena y creciendo en el conocimiento de Dios;

11 confortados con toda fortaleza por el poder de su gloria, para toda constancia en el sufrimiento y paciencia; dando con alegría

12 gracias al Padre que os ha hecho aptos para participar en la herencia de los santos en la luz.

13 El nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó al Reino del Hijo de su amor,

14 en quien tenemos la redención: el perdón de los pecados.

15 El es Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación,

16 porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por él y para él,

17 él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia.

18 El es también la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia: El es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que sea él el primero en todo,

19 pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la Plenitud,

20 y reconciliar por él y para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos.

21 Y a vosotros, que en otro tiempo fuisteis extraños y enemigos, por vuestros pensamientos y malas obras,

22 os ha reconciliado ahora, por medio de la muerte en su cuerpo de carne, para presentaros santos, inmaculados e irreprensibles delante de El;

23 con tal que permanezcáis sólidamente cimentados en la fe, firmes e inconmovibles en la esperanza del Evangelio que oísteis, que ha sido proclamado a toda criatura bajo el cielo y del que yo, Pablo, he llegado a ser ministro.

24 Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia,

25 de la cual he llegado a ser ministro, conforme a la misión que Dios me concedió en orden a vosotros para dar cumplimiento a la Palabra de Dios,

26 al Misterio escondido desde siglos y generaciones, y manifestado ahora a sus santos,

27 a quienes Dios quiso dar a conocer cuál es la riqueza de la gloria de este misterio entre los gentiles, que es Cristo entre vosotros, la esperanza de la gloria,

28 al cual nosotros anunciamos, amonestando e instruyendo a todos los hombres con toda sabiduría, a fin de presentarlos a todos perfectos en Cristo.

29 Por esto precisamente me afano, luchando con la fuerza de Cristo que actúa poderosamente en mí.

Reflexión del capítulo 1

El capítulo primero se abre con la acción de gracias de Pablo y Timoteo por una comunidad que no han visto, pero de la que conocen la fe en Cristo, la caridad con todos los santos y la esperanza reservada en los cielos. Detrás de esos tres nombres está Epafras, que les enseñó el Evangelio. La oración de Pablo no pide bienes materiales, sino algo más hondo: que lleguen al pleno conocimiento de la voluntad de Dios, que vivan de manera digna del Señor y que den fruto en toda obra buena.

En el centro del capítulo está el gran himno cristológico. Cristo es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación, aquel en quien fueron creadas todas las cosas, las visibles y las invisibles, y en quien todo tiene su consistencia. Es también la Cabeza del Cuerpo, la Iglesia, el Principio y el primogénito de entre los muertos, de modo que sea el primero en todo. En él residió toda la Plenitud, y por él Dios quiso reconciliar todas las cosas, pacificando mediante la sangre de su cruz lo que hay en la tierra y en los cielos.

De esa reconciliación gratuita vive el creyente: nosotros, que éramos extraños y enemigos, hemos sido presentados santos e irreprensibles. El capítulo termina con Pablo, ministro del Misterio escondido durante siglos y revelado ahora: Cristo entre vosotros, la esperanza de la gloria.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Este capítulo te invita a agradecer y a pedir con perspectiva sobrenatural. Da gracias hoy por las personas que, como Epafras, te transmitieron la fe, y reza por ellas. Después pide para ti lo que Pablo pedía para los colosenses: no salud ni éxito, sino conocer la voluntad de Dios y vivir de manera digna del Señor. Antes de empezar tus tareas, dedica un momento a reconocer que fuiste librado del poder de las tinieblas y trasladado al Reino del Hijo.

Oración

Padre, te doy gracias porque me has hecho apto para participar en la herencia de los santos en la luz y me has trasladado al Reino de tu Hijo amado. Que conozca tu voluntad, que viva de manera digna de ti y que dé fruto en toda obra buena. Amén.

Acerca del libro de Colosenses

La carta a los Colosenses es una de las cuatro que san Pablo escribió desde la prisión, junto con Efesios, Filipenses y Filemón. Está firmada por Pablo y Timoteo y dirigida a la comunidad cristiana de Colosas, una ciudad de Frigia, en Asia Menor, situada en el valle del río Lico, cerca de Laodicea y Hierápolis. Pablo no había fundado aquella Iglesia ni la había visitado personalmente: el Evangelio había llegado allí por medio de Epafras, su colaborador y compatriota de los colosenses, que seguía trabajando por ellos.

La ocasión de la carta es una enseñanza que estaba desviando a la comunidad. No la conocemos con precisión, pero Pablo la describe como una «filosofía» hecha de tradiciones humanas: observancias sobre comidas y bebidas, fiestas, novilunios y sábados, circuncisión, culto a los ángeles, visiones y mortificaciones severas del cuerpo. Todo ello con apariencia de sabiduría y de piedad, pero sin fuerza real contra el pecado y con un grave defecto: no se apoyaba en Cristo.

La respuesta de Pablo es una de las páginas más altas de la cristología del Nuevo Testamento. En el himno de 1,15-20 proclama a Cristo imagen del Dios invisible, primogénito de toda creación, aquel en quien todo fue creado y en quien todo tiene consistencia, Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia, y quien posee toda la Plenitud. Sobre esa base desarrolla la vida nueva del bautizado: muerto y resucitado con Cristo, revestido del hombre nuevo, llamado a buscar las cosas de arriba.

Para la fe católica, Colosenses es una escuela de cristocentrismo. Recuerda que la santidad no consiste en acumular prácticas, sino en estar unidos a la Cabeza, de la cual el Cuerpo entero recibe nutrición y crecimiento. Y el himno de la reconciliación por la sangre de la cruz ilumina el misterio de la Eucaristía y de la Iglesia.

Compartir

Enlace copiado