Colosenses
Nuevo Testamento | 4 capítulos | 95 versículos
Capítulo 4
1 Amos, dad a vuestros esclavos lo que es justo y equitativo, teniendo presente que también vosotros tenéis un Amo en el cielo.
2 Sed perseverantes en la oración, velando en ella con acción de gracias;
3 orad al mismo tiempo también por nosotros para que Dios nos abra una puerta a la Palabra, y podamos anunciar el Misterio de Cristo, por cuya causa estoy yo encarcelado,
4 para darlo a conocer anunciándolo como debo hacerlo.
5 Portaos prudentemente con los de fuera, aprovechando bien el tiempo presente.
6 Que vuestra conversación sea siempre amena, sazonada con sal, sabiendo responder a cada cual como conviene.
7 En cuanto a mí, de todo os informará Tíquico, el hermano querido, fiel ministro y consiervo en el Señor,
8 a quien os envío expresamente para que sepáis de nosotros y consuele vuestros corazones.
9 Y con él a Onésimo, el hermano fiel y querido compatriota vuestro. Ellos os informarán de todo cuanto aquí sucede.
10 Os saludan Aristarco, mi compañero de cautiverio, y Marcos, primo de Bernabé, acerca del cual recibisteis ya instrucciones. Si va a vosotros, dadle buena acogida.
11 Os saluda también Jesús, llamado Justo; son los únicos de la circuncisión que colaboran conmigo por el Reino de Dios y que han sido para mí un consuelo.
12 Os saluda Epafras, vuestro compatriota, siervo de Cristo Jesús, que se esfuerza siempre a favor vuestro en sus oraciones, para que os mantengáis perfectos cumplidores de toda voluntad divina.
13 Yo soy testigo de lo mucho que se afana por vosotros, por los de Laodicea y por los de Hierápolis.
14 Os saluda Lucas, el médico querido, y Demas.
15 Saludad a los hermanos de Laodicea, a Ninfas y la Iglesia de su casa.
16 Una vez que hayáis leído esta carta entre vosotros, procurad que sea también leída en la Iglesia de Laodicea. Y por vuestra parte leed vosotros la que os venga de Laodicea.
17 Decid a Arquipo: «Considera el ministerio que recibiste en el Señor, para que lo cumplas».
18 El saludo va de mi mano, Pablo. Acordaos de mis cadenas. La gracia sea con vosotros.
Reflexión del capítulo 4
El capítulo cuarto cierra la carta con instrucciones breves y con una larga lista de saludos que revela el rostro humano de las primeras comunidades. Pablo comienza dirigiéndose a los amos, recordándoles que también ellos tienen un Amo en el cielo, y pasa enseguida a la oración: perseverantes, vigilantes, agradecidos. No reza por comodidades para sí, sino para que Dios le abra una puerta a la Palabra y pueda anunciar el Misterio de Cristo, por cuya causa está encarcelado.
Sigue una enseñanza que vale para toda la vida cristiana: portarse con prudencia ante los de fuera, aprovechar bien el tiempo presente y cuidar la conversación, que debe ser amena y sazonada con sal, sabiendo responder a cada cual como conviene. No se trata de hablar mucho de Dios, sino de hablar bien, con una palabra que deje buen sabor y no hiera.
Después desfilan los nombres: Tíquico, el hermano querido enviado para consolar los corazones; Onésimo, el esclavo fugitivo convertido en hermano; Aristarco, Marcos, Jesús llamado Justo, Epafras —que lucha en la oración por los colosenses—, Lucas el médico querido y Demas. Se menciona a la Iglesia que se reúne en casa de Ninfas y se pide que la carta se lea también en Laodicea. Pablo termina escribiendo el saludo de su propia mano y una petición: «Acordaos de mis cadenas».
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Este capítulo te invita a dos cosas muy concretas. La primera, orar de verdad por los que anuncian el Evangelio: elige hoy a tu párroco, a un misionero o a un catequista y pide al Señor que le abra puertas para la Palabra. La segunda, cuidar tu conversación. Pablo pide palabras sazonadas con sal. Hoy, antes de hablar de alguien, pregúntate si lo que vas a decir deja buen sabor o hiere. Y agradece a las personas que, como Epafras, sostienen tu fe con su oración.
Oración
Señor, abre una puerta a tu Palabra en nuestra vida y en la de quienes la anuncian. Sazona nuestra conversación con la sal de tu sabiduría, para que nuestras palabras construyan y no hieran. Y haz que no olvidemos a los que sufren por tu Evangelio. Amén.
Acerca del libro de Colosenses
La carta a los Colosenses es una de las cuatro que san Pablo escribió desde la prisión, junto con Efesios, Filipenses y Filemón. Está firmada por Pablo y Timoteo y dirigida a la comunidad cristiana de Colosas, una ciudad de Frigia, en Asia Menor, situada en el valle del río Lico, cerca de Laodicea y Hierápolis. Pablo no había fundado aquella Iglesia ni la había visitado personalmente: el Evangelio había llegado allí por medio de Epafras, su colaborador y compatriota de los colosenses, que seguía trabajando por ellos.
La ocasión de la carta es una enseñanza que estaba desviando a la comunidad. No la conocemos con precisión, pero Pablo la describe como una «filosofía» hecha de tradiciones humanas: observancias sobre comidas y bebidas, fiestas, novilunios y sábados, circuncisión, culto a los ángeles, visiones y mortificaciones severas del cuerpo. Todo ello con apariencia de sabiduría y de piedad, pero sin fuerza real contra el pecado y con un grave defecto: no se apoyaba en Cristo.
La respuesta de Pablo es una de las páginas más altas de la cristología del Nuevo Testamento. En el himno de 1,15-20 proclama a Cristo imagen del Dios invisible, primogénito de toda creación, aquel en quien todo fue creado y en quien todo tiene consistencia, Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia, y quien posee toda la Plenitud. Sobre esa base desarrolla la vida nueva del bautizado: muerto y resucitado con Cristo, revestido del hombre nuevo, llamado a buscar las cosas de arriba.
Para la fe católica, Colosenses es una escuela de cristocentrismo. Recuerda que la santidad no consiste en acumular prácticas, sino en estar unidos a la Cabeza, de la cual el Cuerpo entero recibe nutrición y crecimiento. Y el himno de la reconciliación por la sangre de la cruz ilumina el misterio de la Eucaristía y de la Iglesia.
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