Filipenses
Nuevo Testamento | 4 capítulos | 104 versículos
Capítulo 3
1 Por lo demás, hermanos míos, alegraos en el Señor... Volver a escribiros las mismas cosas, a mí no me es molestia, y a vosotros os da seguridad.
2 Atención a los perros; atención a los obreros malos; atención a los falsos circuncisos.
3 Pues los verdaderos circuncisos somos nosotros, los que damos culto según el Espíritu de Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús sin poner nuestra confianza en la carne,
4 aunque yo tengo motivos para confiar también en la carne. Si algún otro cree poder confiar en la carne, más yo.
5 Circuncidado el octavo día; del linaje de Israel; de la tribu de Benjamín; hebreo e hijo de hebreos; en cuanto a la Ley, fariseo;
6 en cuanto al celo, perseguidor de la Iglesia; en cuanto a la justicia de la Ley, intachable.
7 Pero lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo.
8 Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo,
9 y ser hallado en él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios, apoyada en la fe,
10 y conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte,
11 tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos.
12 No que lo tenga ya conseguido o que sea ya perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús.
13 Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante,
14 corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús.
15 Así pues, todos los perfectos tengamos estos sentimientos, y si en algo sentís de otra manera, también eso os lo declarará Dios.
16 Por lo demás, desde el punto a donde hayamos llegado, sigamos adelante.
17 Hermanos, sed imitadores míos, y fijaos en los que viven según el modelo que tenéis en nosotros.
18 Porque muchos viven según os dije tantas veces, y ahora os lo repito con lágrimas, como enemigos de la cruz de Cristo,
19 cuyo final es la perdición, cuyo Dios es el vientre, y cuya gloria está en su vergüenza, que no piensan más que en las cosas de la tierra.
20 Pero nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo,
21 el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas.
Reflexión del capítulo 3
Pablo alerta contra los enemigos de la cruz, los judaizantes que exigían la circuncisión, y declara que la justicia no proviene de la Ley observada, sino de la fe en Cristo. Para ilustrarlo traza su propia biografía: circuncidado al octavo día, de la tribu de Benjamín, fariseo celoso, irreprensible en la justicia legal. Pero todo eso lo considera basura comparado con la excelencia de conocer a Cristo. El verbo griego que usa sugiere algo vil o estiércol: una renuncia radical. Lo único que cuenta es conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión con sus padecimientos. Pablo añade la imagen del atleta: olvida lo que queda atrás y se lanza hacia la meta, hacia el premio celestial. No dice haberlo ya alcanzado, sino perseguirlo. Esta página es un antidoto contra la autosuficiencia religiosa y contra la tibieza: la vida cristiana es dinámica, una carrera que exige desprenderse de todo lastre. También consuela a los imperfectos: san Pablo mismo se reconoce en camino, animándonos a seguir adelante sin conformarnos con logros pasados.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy suelta un lastre que te frena en tu camino: una confianza excesiva en ti mismo, un rencor guardado o una comodidad que te estanca. Como atleta, fija la mirada en Cristo y da un paso concreto de conversión, sin anclarte ni en los logros pasados ni en los fracasos antiguos. La vida cristiana es carrera dinámica hacia la meta celestial.
Oración
Señor, todo lo consideramos pérdida frente a la excelencia de conocerte. Danos correr cada día tras ti, olvidando lo que queda atrás, y haznos partícipes de tu resurrección y de la comunión con tus padecimientos por amor. Amén.
Acerca del libro de Filipenses
La carta a los Filipenses es, de todas las epístolas de san Pablo, la más cálida y gozosa. Escrita desde la prisión, probablemente en Roma hacia el año 60, lleva el sello de una amistad profunda entre el Apóstol y la comunidad que él mismo fundó en su segundo viaje misionero, en la ciudad macedónica de Filipos, colonia romana y puerto estratégico. Allí, en el río Gálatas, Pablo encontró a Lidia y a la carcelera cuya familia bautizó tras el terremoto que abrió las puertas de la cárcel.
Desde el punto de vista literario, Filipenses combina el género de la carta de agradecimiento con exhortaciones fuertes y un himno cristológico de altísimo valor. Su tema central es la alegría en el Señor, fundada no en las circunstancias sino en la certeza de la presencia de Cristo y en la promesa de la resurrección. Pablo repite: alegraos en el Señor siempre. La carta despliega también la figura de Cristo humillado y exaltado, el modelo de la kénosis o vaciamiento, que invita a los discípulos a la humildad y al servicio mutuo.
En la historia de la salvación, Filipenses ilumina cómo el sufrimiento unido a Cristo se vuelve camino de evangelización, pues incluso las cadenas de Pablo anuncian el Evangelio. Para el católico de hoy, esta carta es una escuela de desapego y de paz: enseña a estar contento en toda situación, a presentar a Dios las preocupaciones con acción de gracias y a fijar la mirada en lo verdadero, lo noble, lo justo, lo puro. Leerla es aprender que la alegría cristiana es un fruto del Espíritu que ninguna adversidad puede arrebatar. Su mensaje sigue iluminando hoy a los creyentes que sufren, trabajan o se sienten solos: la cercanía de Cristo transforma toda circunstancia en ocasión de alabanza y de servicio fraterno. San Pablo nos recuerda que la meta de la vida cristiana es crecer en Cristo y llegar unidos a su encuentro.
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