I Juan
Nuevo Testamento | 5 capítulos | 105 versículos
Capítulo 3
1 Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!. El mundo no nos conoce porque no le conoció a él.
2 Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es.
3 Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro.
4 Todo el que comete pecado comete también la iniquidad, pues el pecado es la iniquidad.
5 Y sabéis que él se manifestó para quitar los pecados y en él no hay pecado.
6 Todo el que permanece en él, no peca. Todo el que peca, no le ha visto ni conocido.
7 Hijos míos, que nadie os engañe. Quien obra la justicia es justo, como él es justo.
8 Quien comete el pecado es del Diablo, pues el Diablo peca desde el principio. El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del Diablo.
9 Todo el que ha nacido de Dios no comete pecado porque su germen permanece en él; y no puede pecar porque ha nacido de Dios.
10 En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del Diablo: todo el que no obra la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano.
11 Pues este es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a otros.
12 No como Caín, que, siendo del Maligno, mató a su hermano. Y ¿por qué le mató? Porque sus obras eran malas, mientras que las de su hermano eran justas.
13 No os extrañéis, hermanos, si el mundo os aborrece.
14 Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos. Quien no ama permanece en la muerte.
15 Todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él.
16 En esto hemos conocido lo que es amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos.
17 Si alguno que posee bienes de la tierra, ve a su hermano padecer necesidad y le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?
18 Hijos míos, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad.
19 En esto conoceremos que somos de la verdad, y tranquilizaremos nuestra conciencia ante Él,
20 en caso de que nos condene nuestra conciencia, pues Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo.
21 Queridos, si la conciencia no nos condena, tenemos plena confianza ante Dios,
22 y cuanto pidamos lo recibimos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada.
23 Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros tal como nos lo mandó.
24 Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio.
Reflexión del capítulo 3
El capítulo se abre con un asombro que debería ser el nuestro: mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, y lo somos. Esa filiación es la raíz de toda la vida cristiana. Aún no se ha manifestado lo que seremos, pero sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es. Quien vive de esta esperanza se purifica, como él es puro.
El apóstol contrapone después dos linajes: los hijos de Dios y los hijos del Diablo, y da un criterio para distinguirlos: quien no obra la justicia y quien no ama a su hermano no es de Dios. El Hijo de Dios se manifestó precisamente para deshacer las obras del Diablo, y quien ha nacido de Dios lleva en sí un germen que le aparta del pecado.
El ejemplo negativo es Caín, que mató a su hermano porque sus obras eran malas y las de Abel justas. De ahí la enseñanza central: el odio es ya un asesinato en el corazón. Y el modelo positivo es Cristo, que dio su vida por nosotros; por eso también nosotros debemos dar la vida por los hermanos. El amor no puede quedarse en palabras ni en la boca: quien ve a su hermano pasar necesidad y le cierra su corazón no puede pretender que el amor de Dios permanezca en él. Amemos con obras y según la verdad.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Piensa en un hermano concreto que pasa necesidad —material, afectiva o espiritual— y ayúdale con algo tangible esta semana: dinero, tiempo, compañía, una palabra que levante. El amor se demuestra en obras y según la verdad, no en buenas intenciones ni en sentimientos pasajeros. Y si alguien te cae mal, hazle un bien concreto: así el amor se hace verdadero.
Oración
Padre, que nos has llamado hijos tuyos: gracias por este amor inmerecido. Danos un corazón que ame con obras y verdad, capaz de dar la vida por los hermanos, y purifícanos con la esperanza de verte tal como eres. Amén.
Acerca del libro de I Juan
La Primera Carta de Juan es un texto breve pero de enorme hondura, atribuido por la tradición a Juan, el discípulo amado, el mismo a quien se atribuyen el cuarto Evangelio y el Apocalipsis. Se escribió probablemente hacia el final del siglo I, desde la región de Éfeso, para comunidades cristianas de Asia Menor que atravesaban una grave crisis interna. Habían aparecido predicadores que negaban que Jesucristo hubiera venido verdaderamente en carne y que separaban al Cristo divino del Jesús histórico; algunos habían abandonado la comunidad, dejando tras de sí confusión y divisiones. El autor escribe como testigo ocular, como anciano que ha conocido de cerca la vida del Señor, y su propósito es doble: confirmar a los fieles en la fe recibida y desenmascarar el error.
La carta no sigue el esquema habitual de una epístola: no tiene saludo ni despedida formales, sino que se presenta como una meditación encendida sobre tres realidades inseparables: la luz, el amor y la verdad. Dios es luz, y quien camina en la luz no puede vivir en la mentira ni en el odio. El amor no es un sentimiento vago, sino el mandamiento antiguo y nuevo a la vez: amar como Cristo amó, hasta dar la vida por los hermanos. Y la verdad se concreta en la confesión de que Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre, vencedor del mundo y del Maligno.
Para la fe católica, esta carta es una escuela de vida cristiana. Enseña que la comunión con Dios y la comunión con los hermanos son inseparables, que el pecado se vence con la confesión humilde y la intercesión de Cristo ante el Padre, y que la esperanza de ver a Dios cara a cara nos impulsa a purificarnos. Su anuncio central, que Dios es Amor, ilumina toda la existencia y señala a Cristo como la manifestación definitiva de ese amor salvador.
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