I Tesalonicenses
Nuevo Testamento | 5 capítulos | 89 versículos
Capítulo 2
1 Bien sabéis vosotros, hermanos, que nuestra ida a vosotros no fue estéril,
2 sino que, después de haber padecido sufrimientos e injurias en Filipos, como sabéis, confiados en nuestro Dios, tuvimos la valentía de predicaros el Evangelio de Dios entre frequentes luchas.
3 Nuestra exhortación no procede del error, ni de la impureza ni con engaño,
4 sino que así como hemos sido juzgados aptos por Dios para confiarnos el Evangelio, así lo predicamos, no buscando agradar a los hombres, sino a Dios que examina nuestros corazones.
5 Nunca nos presentamos, bien lo sabéis, con palabras aduladoras, ni con pretextos de codicia, Dios es testigo,
6 ni buscando gloria humana, ni de vosotros ni de nadie.
7 Aunque pudimos imponer nuestra autoridad por ser apóstoles de Cristo, nos mostramos amables con vosotros, como una madre cuida con cariño de sus hijos.
8 De esta manera, amándoos a vosotros, queríamos daros no sólo el Evangelio de Dios, sino incluso nuestro propio ser, porque habíais llegado a sernos muy queridos.
9 Pues recordáis, hermanos, nuestros trabajos y fatigas. Trabajando día y noche, para no ser gravosos a ninguno de vosotros, os proclamamos el Evangelio de Dios.
10 Vosotros sois testigos, y Dios también, de cuán santa, justa e irreprochablemente nos comportamos con vosotros, los creyentes.
11 Como un padre a sus hijos, lo sabéis bien, a cada uno de vosotros
12 os exhortábamos y alentábamos, conjurándoos a que vivieseis de una manera digna de Dios, que os ha llamado a su Reino y gloria.
13 De ahí que también por nuestra parte no cesemos de dar gracias a Dios porque, al recibir la Palabra de Dios que os predicamos, la acogisteis, no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como Palabra de Dios, que permanece operante en vosotros, los creyentes.
14 Porque vosotros, hermanos, habéis seguido el ejemplo de las Iglesias de Dios que están en Judea, en Cristo Jesús, pues también vosotros habéis sufrido de vuestros compatriotas las mismas cosas que ellos de parte de los judíos;
15 éstos son los que dieron muerte al Señor y a los profetas y los que nos han perseguido a nosotros; no agradan a Dios y son enemigos de todos los hombres,
16 impidiéndonos predicar a los gentiles para que se salven; así van colmando constantemente la medida de sus pecados; pero la Cólera irrumpe sobre ellos con vehemencia.
17 Mas nosotros, hermanos, separados de vosotros por breve tiempo - físicamente, mas no con el corazón - ansiábamos con ardiente deseo ver vuestro rostro.
18 Por eso quisimos ir a vosotros - yo mismo, Pablo, lo intenté una y otra vez - pero Satanás nos lo impidió.
19 Pues ¿cuál es nuestra esperanza, nuestro gozo, la corona de la que nos sentiremos orgullosos, ante nuestro Señor Jesús en su Venida, sino vosotros?
20 Sí, vosotros sois nuestra gloria y nuestro gozo.
Reflexión del capítulo 2
Pablo defiende aquí la honradez de su ministerio con una franqueza conmovedora. Recuerda que su predicación no nació del error ni de la codicia, que nunca halagó a nadie ni buscó gloria humana, y que, aun teniendo derecho a ser mantenido como apóstol, prefirió trabajar día y noche para no ser una carga. Su autoridad no se impone: se entrega.
El capítulo usa dos imágenes entrañables. La primera es la de una madre que cuida con cariño a sus hijos: el apóstol no solo comunica un mensaje, sino que se da a sí mismo, porque los tesalonicenses llegaron a serle muy queridos. La segunda es la de un padre que exhorta, alienta y conjura a cada uno a vivir de manera digna del Dios que llama a su Reino y a su gloria. Ternura y exigencia, cariño y verdad, unidas en la misma persona.
Pablo agradece además que acogieran su palabra no como palabra de hombre, sino como lo que realmente es, palabra de Dios que actúa en los creyentes. Y no oculta el precio: ellos sufrieron de sus propios compatriotas, como las iglesias de Judea. El Evangelio auténtico no busca aplausos ni comodidad; engendra hijos y, con ellos, también la cruz.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Piensa en alguien a quien debas acompañar en la fe —un hijo, un amigo, un catequizando, un compañero que se ha alejado— y pregúntate con sinceridad si le ofreces solo palabras o también tu tiempo, tu escucha y tu afecto. Esta semana entrega a esa persona algo concreto de ti: una visita, una llamada larga, un rato de ayuda real. Hazlo sin buscar reconocimiento ni agradecimiento, como Pablo, que se dio a sí mismo antes de pedir nada a nadie.
Oración
Señor, tú que enviaste a Pablo a darse y no a exigir: enséñanos a anunciarte con la vida. Danos entrañas de madre y firmeza de padre para acompañar a los hermanos, y pureza de intención en todo lo que hagamos por tu Reino. Amén.
Acerca del libro de I Tesalonicenses
La Primera Carta a los Tesalonicenses es, con toda probabilidad, el escrito más antiguo del Nuevo Testamento. La escribió Pablo, junto a Silvano y Timoteo, hacia el año 50 o 51, poco después de fundar la comunidad de Tesalónica durante su segundo viaje misionero. Tesalónica era una ciudad portuaria próspera, capital de la provincia romana de Macedonia y cruce de caminos entre Oriente y Occidente; allí convivían comerciantes, artesanos, veteranos romanos y una colonia judía. El Evangelio llegó a ese ambiente cosmopolita y pagano, y prendió con fuerza, pero también con un precio: la comunidad nació en medio de la oposición y la persecución, y Pablo tuvo que huir de la ciudad.
Escribiendo desde Corinto, el apóstol responde a dos preocupaciones. La primera es la suerte de los creyentes que han muerto antes de la venida del Señor: ¿se habrán perdido? La segunda es la conducta diaria de una comunidad joven expuesta a las costumbres paganas de su entorno. A ambas responde con una misma convicción: la esperanza cristiana no defrauda.
La carta es, por eso, el gran texto de la esperanza. Habla de la fe que trabaja, la caridad que se esfuerza y la esperanza que sostiene; exhorta a la santidad, al amor fraterno y al trabajo honesto; y anuncia que el Señor vendrá, que los difuntos en Cristo resucitarán y que estaremos siempre con él. Para la fe católica es una escuela de vida cristiana cotidiana: enseña a esperar sin evadirse, a trabajar sin angustia y a amar sin cansarse, mientras el corazón permanece orientado hacia el encuentro definitivo con Cristo.
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