I Tesalonicenses

Nuevo Testamento | 5 capítulos | 89 versículos

1 Te

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Capítulo 3 de 5

Capítulo 3

1 Por lo cual, no pudiendo soportar más, decidimos quedarnos solos en Atenas

2 y os enviamos a Timoteo, hermano nuestro y colaborador de Dios en el Evangelio de Cristo, para afianzaros y daros ánimos en vuestra fe,

3 para que nadie vacile en esas tribulaciones. Bien sabéis que este es nuestro destino:

4 ya cuando estábamos con vosotros os predecíamos que íbamos a sufrir tribulaciones, y es lo que ha sucedido, como sabéis.

5 Por lo cual también yo, no pudiendo soportar ya más, le envié para tener noticias de vuestra fe, no fuera que el Tentador os hubiera tentado y que nuestro trabajo quedara reducido a nada.

6 Nos acaba de llegar de ahí Timoteo y nos ha traído buenas noticias de vuestra fe y vuestra caridad; y dice que conserváis siempre buen recuerdo de nosotros y que deseáis vernos, así como nosotros a vosotros.

7 Así pues, hermanos, hemos recibido de vosotros un gran consuelo, motivado por vuestra fe, en medio de todas nuestras congojas y tribulaciones.

8 Ahora sí que vivimos, pues permanecéis firmes en el Señor.

9 Y ¿cómo podremos agradecer a Dios por vosotros, por todo el gozo que, por causa vuestra, experimentamos ante nuestro Dios?

10 Noche y día le pedimos insistentemente poder ver vuestro rostro y completar lo que falta a vuestra fe.

11 Que Dios mismo, nuestro Padre y nuestro Señor Jesús orienten nuestros pasos hacia vosotros.

12 En cuanto a vosotros, que el Señor os haga progresar y sobreabundar en el amor de unos con otros, y en el amor para con todos, como es nuestro amor para con vosotros,

13 para que se consoliden vuestros corazones con santidad irreprochable ante Dios, nuestro Padre, en la Venida de nuestro Señor Jesucristo, con todos sus santos.

Reflexión del capítulo 3

La angustia del apóstol se palpa en este capítulo. Separado de la comunidad, no puede soportar la incertidumbre y envía a Timoteo desde Atenas para afianzarlos y animarlos, no fuera que el Tentador hubiera arruinado su trabajo. Pablo no finge serenidad: confiesa que el sufrimiento forma parte del destino cristiano y que ya se lo había advertido cuando estaba con ellos. La tribulación no es un accidente, sino el camino por el que se prueba la fe.

Cuando Timoteo regresa con buenas noticias —que conservan la fe, la caridad y el buen recuerdo de él—, Pablo respira y dice algo hermoso: ahora sí que vive, porque ellos permanecen firmes en el Señor. Su vida depende de la fidelidad de sus hijos en la fe. Ese amor pastoral no se queda en el pasado: noche y día pide verlos para completar lo que falta a su fe.

El capítulo termina con una plegaria que es también un programa de vida: que el Señor haga crecer el amor mutuo y consolide los corazones en santidad irreprochable ante Dios, en la venida de Jesucristo con todos sus santos.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Busca hoy a una persona cuya fe esté vacilando —tal vez en silencio, sin quejarse— y dedícale una llamada, una visita o una oración sostenida durante varios días. No te limites a esperar que se acerque: toma tú la iniciativa, como Pablo envió a Timoteo desde lejos para afianzarla. Y si tú mismo estás desanimado, deja que alguien te anime y te acompañe; también eso es humildad.

Oración

Señor, que conoces nuestra fragilidad: haznos firmes en la fe y ardientes en la caridad. Que el amor crezca entre nosotros y consolide nuestros corazones en santidad, hasta el día en que vengas con todos tus santos. Amén.

Acerca del libro de I Tesalonicenses

La Primera Carta a los Tesalonicenses es, con toda probabilidad, el escrito más antiguo del Nuevo Testamento. La escribió Pablo, junto a Silvano y Timoteo, hacia el año 50 o 51, poco después de fundar la comunidad de Tesalónica durante su segundo viaje misionero. Tesalónica era una ciudad portuaria próspera, capital de la provincia romana de Macedonia y cruce de caminos entre Oriente y Occidente; allí convivían comerciantes, artesanos, veteranos romanos y una colonia judía. El Evangelio llegó a ese ambiente cosmopolita y pagano, y prendió con fuerza, pero también con un precio: la comunidad nació en medio de la oposición y la persecución, y Pablo tuvo que huir de la ciudad.

Escribiendo desde Corinto, el apóstol responde a dos preocupaciones. La primera es la suerte de los creyentes que han muerto antes de la venida del Señor: ¿se habrán perdido? La segunda es la conducta diaria de una comunidad joven expuesta a las costumbres paganas de su entorno. A ambas responde con una misma convicción: la esperanza cristiana no defrauda.

La carta es, por eso, el gran texto de la esperanza. Habla de la fe que trabaja, la caridad que se esfuerza y la esperanza que sostiene; exhorta a la santidad, al amor fraterno y al trabajo honesto; y anuncia que el Señor vendrá, que los difuntos en Cristo resucitarán y que estaremos siempre con él. Para la fe católica es una escuela de vida cristiana cotidiana: enseña a esperar sin evadirse, a trabajar sin angustia y a amar sin cansarse, mientras el corazón permanece orientado hacia el encuentro definitivo con Cristo.

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