I Tesalonicenses
Nuevo Testamento | 5 capítulos | 89 versículos
Capítulo 4
1 Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús a que viváis como conviene que viváis para agradar a Dios, según aprendisteis de nosotros, y a que progreséis más.
2 Sabéis, en efecto, las instrucciones que os dimos de parte del Señor Jesús.
3 Porque esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación; que os alejéis de la fornicación,
4 que cada uno de vosotros sepa poseer su cuerpo con santidad y honor,
5 y no dominado por la pasión, como hacen los gentiles que no conocen a Dios.
6 Que nadie falte a su hermano ni se aproveche de él en este punto, pues el Señor se vengará de todo esto, como os lo dijimos ya y lo atestiguamos,
7 pues no nos llamó Dios a la impureza, sino a la santidad.
8 Así pues, el que esto deprecia, no desprecia a un hombre, sino a Dios, que os hace don de su Espíritu Santo.
9 En cuanto al amor mutuo, no necesitáis que os escriba, ya que vosotros habéis sido instruidos por Dios para amaros mutuamente.
10 Y lo practicáis bien con los hermanos de toda Macedonia. Pero os exhortamos, hermanos, a que continuéis practicándolo más y más,
11 y a que ambicionéis vivir en tranquilidad, ocupándoos en vuestros asuntos, y trabajando con vuestras manos, como os lo tenemos ordenado,
12 a fin de que viváis dignamente ante los de fuera, y no necesitéis de nadie.
13 Hermanos, no queremos que estéis en la ignorancia respecto de los muertos, para que no os entristezcáis como los demás, que no tienen esperanza.
14 Porque si creemos que Jesús murió y que resucitó, de la misma manera Dios llevará consigo a quienes murieron en Jesús.
15 Os decimos eso como Palabra des Señor: Nosotros, los que vivamos, los que quedemos hasta la Venida del Señor no nos adelantaremos a los que murieron.
16 El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar.
17 Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor.
18 Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras.
Reflexión del capítulo 4
Pablo pasa de la consolación a la exhortación. La voluntad de Dios, escribe, es la santificación: que cada uno sepa poseer su propio cuerpo con santidad y honor, sin dejarse dominar por la pasión como los paganos que no conocen a Dios. No es un moralismo estrecho, sino la consecuencia lógica de haber sido llamados a la santidad y no a la impureza; quien desprecia esta enseñanza no desprecia a un hombre, sino a Dios, que da su Espíritu Santo.
Junto a la pureza, el apóstol pide dos cosas muy terrenas: amor mutuo, que los tesalonicenses ya practican y deben aumentar, y una vida tranquila, ocupada en los propios asuntos y en el trabajo de las manos, para no depender de nadie y dar buen testimonio ante los de fuera. La fe no aparta del mundo: lo habita con dignidad.
La segunda parte responde a una pregunta dolorosa: ¿qué será de los que murieron antes de la venida del Señor? Pablo consuela: si creemos que Jesús murió y resucitó, Dios llevará consigo a los que murieron en Jesús. Los difuntos creyentes no se han perdido; nos preceden. Y un día, al sonido de la trompeta de Dios, resucitarán primero, y todos estaremos para siempre con el Señor. Por eso pide consolarse mutuamente con estas palabras.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Piensa en un difunto querido y reza por él con esperanza, no con desesperación, sabiendo que los que mueren en Cristo no se pierden. Y hoy ordena un aspecto concreto de tu vida —el trabajo, el descanso, el uso del teléfono, el cuidado del cuerpo— para que sea un testimonio serio y creíble ante quienes te observan. La santidad se construye en lo cotidiano, no solo en los momentos grandes.
Oración
Dios de la vida, que resucitaste a Jesús de entre los muertos: consuela a los que lloran y guarda nuestra esperanza. Enséñanos a vivir con pureza y trabajo honesto, esperando el encuentro con tu Hijo, para estar siempre contigo. Amén.
Acerca del libro de I Tesalonicenses
La Primera Carta a los Tesalonicenses es, con toda probabilidad, el escrito más antiguo del Nuevo Testamento. La escribió Pablo, junto a Silvano y Timoteo, hacia el año 50 o 51, poco después de fundar la comunidad de Tesalónica durante su segundo viaje misionero. Tesalónica era una ciudad portuaria próspera, capital de la provincia romana de Macedonia y cruce de caminos entre Oriente y Occidente; allí convivían comerciantes, artesanos, veteranos romanos y una colonia judía. El Evangelio llegó a ese ambiente cosmopolita y pagano, y prendió con fuerza, pero también con un precio: la comunidad nació en medio de la oposición y la persecución, y Pablo tuvo que huir de la ciudad.
Escribiendo desde Corinto, el apóstol responde a dos preocupaciones. La primera es la suerte de los creyentes que han muerto antes de la venida del Señor: ¿se habrán perdido? La segunda es la conducta diaria de una comunidad joven expuesta a las costumbres paganas de su entorno. A ambas responde con una misma convicción: la esperanza cristiana no defrauda.
La carta es, por eso, el gran texto de la esperanza. Habla de la fe que trabaja, la caridad que se esfuerza y la esperanza que sostiene; exhorta a la santidad, al amor fraterno y al trabajo honesto; y anuncia que el Señor vendrá, que los difuntos en Cristo resucitarán y que estaremos siempre con él. Para la fe católica es una escuela de vida cristiana cotidiana: enseña a esperar sin evadirse, a trabajar sin angustia y a amar sin cansarse, mientras el corazón permanece orientado hacia el encuentro definitivo con Cristo.
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