II Tesalonicenses

Nuevo Testamento | 3 capítulos | 47 versículos

2 Te

Seleccionar Capítulo

Capítulo 2 de 3

Capítulo 2

1 Por lo que respecta a la Venida de nuestro Señor Jesucristo y a nuestra reunión con él, os rogamos, hermanos,

2 que no os dejéis alterar tan fácilmente en vuestro ánimo, ni os alarméis por alguna manifestación del Espíritu, por algunas palabras o por alguna carta presentada como nuestra, que os haga suponer que está inminente el Día del Señor.

3 Que nadie os engañe de ninguna manera. Primero tiene que venir la apostasía y manifestarse el Hombre impío, el Hijo de perdición,

4 el Adversario que se eleva sobre todo lo que que lleva el nombre de Dios o es objeto de culto, hasta el extremo de sentarse él mismo en el Santuario de Dios y proclamar que él mismo es Dios.

5 ¿No os acordáis que ya os dije esto cuando estuve entre vosotros?

6 Vosotros sabéis qué es lo que ahora le retiene, para que se manifieste en su momento oportuno.

7 Porque el ministerio de la impiedad ya está actuando. Tan sólo con que sea quitado de en medio el que ahora le retiene,

8 entonces se manifestará el Impío, a quien el Señor destruirá con el soplo de su boca, y aniquilará con la Manifestación de su Venida.

9 La venida del Impío estará señalada por el influjo de Satanás, con toda clase de milagros, señales, prodigios engañosos,

10 y todo tipo de maldades que seducirán a los que se han de condenar por no haber aceptado el amor de la verdad que les hubiera salvado.

11 Por eso Dios les envía un poder seductor que les hace creer en la mentira,

12 para que sean condenados todos cuantos no creyeron en la verdad y prefirieron la iniquidad.

13 Nosotros, en cambio, debemos dar gracias en todo tiempo a Dios por vosotros, hermanos, amados del Señor, porque Dios os ha escogido desde el principio para la salvación mediante la acción santificadora del Espíritu y la fe en la verdad.

14 Para esto os ha llamado por medio de nuestro Evangelio, para que consigáis la gloria de nuestro Señor Jesucristo.

15 Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta.

16 Que el mismo Señor nuestro Jesucristo y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado y que nos ha dado gratuitamente una consolación eterna y una esperanza dichosa,

17 consuele vuestros corazones y los afiance en toda obra y palabra buena.

Reflexión del capítulo 2

Pablo afronta aquí una inquietud que alteraba a los tesalonicenses: la idea de que el Día del Señor era inminente. Con serenidad pastoral pide que nadie los alarme por supuestas revelaciones, palabras o cartas atribuidas a él, y anuncia que antes debe venir la apostasía y manifestarse el «Hombre impío», el Adversario que se exalta sobre todo lo que es objeto de culto, llegando a sentarse en el Santuario de Dios. Es la imagen del poder que usurpa el lugar de Dios, presente a lo largo de la historia de muchas maneras.

Pero el capítulo no termina en el miedo: el Señor Jesús destruirá al Impío con el soplo de su boca y lo aniquilará con la Manifestación de su Venida. Frente a los prodigios engañosos del mal, Pablo opone la solidez del amor a la verdad, y da gracias porque Dios ha escogido a los creyentes desde el principio para la salvación, mediante la acción santificadora del Espíritu y la fe en la verdad.

De ahí la exhortación central: mantenernos firmes y conservar las tradiciones recibidas, de viva voz o por carta. La carta termina con una bendición que es pura consolación: el mismo Señor y Dios, que nos ha amado y nos ha dado una esperanza dichosa, afiance nuestros corazones en toda obra y palabra buena.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Vivimos rodeados de mensajes que anuncian catástrofes, fechas o «secretos» sobre el fin del mundo y que siembran miedo. Este capítulo nos enseña a no dejarnos alterar: cuando aparezca un rumor alarmante, no lo reenvíes ni lo comentes con angustia; verifícalo con calma y confróntalo con la enseñanza de la Iglesia. Y elige un medio concreto para crecer en el amor a la verdad, como unos minutos diarios de lectura del Evangelio o del Catecismo, para que la verdad, y no el miedo, gobierne el corazón.

Oración

Señor Jesús, que vendrás a manifestar tu gloria: líbranos del engaño y del miedo que dividen el corazón. Consérvanos firmes en la fe recibida de los Apóstoles y afiánzanos en toda obra y palabra buena. Que tu Espíritu, que nos santifica, nos mantenga en el amor a la verdad. Amén.

Acerca del libro de II Tesalonicenses

La Segunda Carta a los Tesalonicenses, atribuida por la tradición a san Pablo y escrita hacia el año 51 desde Corinto, poco después de la primera carta, lleva como remitentes a Pablo, Silvano (Silas) y Timoteo. Se dirige a una comunidad joven, fundada por el Apóstol en su segundo viaje misionero, que atravesaba persecuciones y tribulaciones por causa del Evangelio. Su propósito principal es corregir una confusión alarmante: algunos creían que el Día del Señor era inminente, quizá a causa de una falsa enseñanza, una supuesta revelación o incluso una carta atribuida indebidamente a Pablo.

El tema central es la esperanza cristiana en la venida gloriosa de Cristo, la «parusía». Pablo enseña que antes debe venir la apostasía y manifestarse el «Hombre impío», el Adversario que se levanta contra todo lo divino; pero también anuncia que el Señor Jesús lo destruirá con el soplo de su boca. Frente al engaño, el Apóstol pide vigilancia, firmeza y fidelidad a las tradiciones recibidas, tanto de viva voz como por carta (2 Tes 2,15), uno de los textos que la Iglesia invoca al hablar de la Sagrada Tradición junto con la Escritura.

Otros acentos de la carta son la acción santificadora del Espíritu, que nos ha escogido para la salvación, la oración perseverante, el trabajo honrado y la vida ordenada —«si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma»— y el mandato de no cansarse de hacer el bien, corrigiendo al hermano con caridad y sin tenerlo por enemigo.

Para la fe católica, esta carta ilumina la doctrina de las realidades últimas: Cristo volverá y será glorificado en sus santos. Nos invita a vivir con esperanza activa, sin alarmismos ni pasividades, sostenidos por el «Señor de la paz». En medio de las pruebas, la comunidad cristiana descubre que su fuerza no está en el mundo, sino en Aquel que es fiel y que guarda del Maligno. Es una escuela de esperanza, de trabajo y de fidelidad.

Compartir

Enlace copiado