I Timoteo

Nuevo Testamento | 6 capítulos | 113 versículos

1 Tim

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Capítulo 1 de 6

Capítulo 1

1 Pablo, apóstol de Cristo Jesús, por mandato de Dios nuestro Salvador y de Cristo Jesús nuestra esperanza,

2 a Timoteo, verdadero hijo mío en la fe. Gracia, misericordia y paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro.

3 Al partir yo para Macedonia te rogué que permanecieras en Efeso para que mandaras a algunos que no enseñasen doctrinas extrañas,

4 ni dedicasen su atención a fábulas y genealogías interminables, que son más a propósito para promover disputas que para realizar el plan de Dios, fundado en la fe.

5 El fin de este mandato es la caridad que procede de un corazón limpio, de una conciencia recta y de una fe sincera.

6 Algunos, desviados de esta línea de conducta, han venido a caer en una vana palabrería;

7 pretenden ser maestros de la Ley sin entender lo que dicen ni lo que tan rotundamente afirman.

8 Sí, ya sabemos que la Ley es buena, con tal que se la tome como ley,

9 teniendo bien presente que la ley no ha sido instituida para el justo, sino para los prevaricadores y rebeldes, para los impíos y pecadores, para los irreligiosos y profanadores, para los parricidas y matricidas, para los asesinos,

10 adúlteros, homosexuales, traficantes de seres humanos, mentirosos, perjuros y para todo lo que se opone a la sana doctrina,

11 según el Evangelio de la gloria de Dios bienaventurado, que se me ha confiado.

12 Doy gracias a aquel que me revistió de fortaleza, a Cristo Jesús, Señor nuestro, que me consideró digno de confianza al colocarme en el ministerio,

13 a mí, que antes fui un blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero encontré misericordia porque obré por ignorancia en mi infidelidad.

14 Y la gracia de nuestro Señor sobreabundó en mí, juntamente con la fe y la caridad en Cristo Jesús.

15 Es cierta y digna de ser aceptada por todos esta afirmación: Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores; y el primero de ellos soy yo.

16 Y si encontré misericordia fue para que en mí primeramente manifestase Jesucristo toda su paciencia y sirviera de ejemplo a los que habían de creer en él para obtener vida eterna.

17 Al Rey de los siglos, al Dios inmortal, invisible y único, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

18 Esta es la recomendación, hijo mío Timoteo, que yo te hago, de acuerdo con las profecías pronunciadas sobre ti anteriormente. Combate, penetrado de ellas, el buen combate,

19 conservando la fe y la conciencia recta; algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe;

20 entre éstos están Himeneo y Alejandro, a quienes entregué a Satanás para que aprendiesen a no blasfemar.

Reflexión del capítulo 1

El capítulo primero nos sitúa ante el corazón de la misión de Pablo y ante la razón por la que escribe a Timoteo. Dejado éste en Éfeso, su tarea es impedir que algunos enseñen doctrinas extrañas y se pierdan en fábulas y genealogías interminables. Pablo recuerda que el fin de todo mandato es la caridad que nace de un corazón limpio, de una conciencia recta y de una fe sincera: no se trata de discutir, sino de amar. Y aquí aparece uno de los pasajes más conmovedores del Nuevo Testamento: Pablo, que se confiesa blasfemo, perseguidor e insolente, proclama que halló misericordia y se reconoce el primero entre los pecadores alcanzados por Cristo. La Iglesia católica ve en estas palabras la prueba de que nadie queda excluido del perdón. El capítulo termina con la exhortación a combatir el buen combate conservando la fe y la buena conciencia, y con la mención de Himeneo y Alejandro, advertencia de que la doctrina no es un adorno, sino el fundamento de la vida cristiana.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy examina si en tus conversaciones sobre la fe buscas tener razón o amar mejor. Antes de discutir, guarda silencio, respira y revisa tu conciencia a la luz de Dios. Y si algo de tu pasado te avergüenza, recuerda que también tú fuiste alcanzado por la misericordia: acércate con confianza al sacramento de la reconciliación y deja que la gracia sobreabunde en ti, sin quedarte atrapado en la culpa.

Oración

Señor Jesús, que viniste al mundo a salvar a los pecadores y me cuentas entre ellos, enséñame a combatir el buen combate con un corazón limpio. Que mi fe sea sincera y mi caridad verdadera. Amén.

Acerca del libro de I Timoteo

La Primera carta a Timoteo forma, junto con la Segunda a Timoteo y la carta a Tito, el grupo de las llamadas cartas pastorales. La tradición cristiana, desde los primeros siglos, las atribuye a san Pablo, que hacia el final de su vida las dirige a sus colaboradores más cercanos para organizar la vida de las comunidades. Timoteo era natural de Listra, hijo de madre judía creyente, Eunice, y de padre griego; se convirtió al escuchar la predicación paulina y llegó a ser uno de sus discípulos y compañeros más fieles. Pablo lo dejó al frente de la comunidad de Éfeso con una misión clara: corregir a quienes enseñaban doctrinas extrañas y custodiar la sana doctrina.

La carta se sitúa en un momento decisivo: la Iglesia pasa de la predicación misionera a la organización estable. Por eso trata temas que siguen siendo actuales: la oración por todos los hombres, la dignidad del ministerio ordenado —obispos, presbíteros y diáconos—, la atención a las viudas y a los pobres, el peligro del afán de dinero y la necesidad de una piedad sincera. En su centro está una convicción que la Iglesia católica profesa cada día: hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, que se entregó como rescate por todos. Aquí aparece también el gran misterio de la piedad: Dios manifestado en la carne y levantado a la gloria.

Para el creyente de hoy, 1 Timoteo es una escuela de vida eclesial. Nos enseña que la fe no es un sentimiento privado, sino un depósito confiado que se guarda y se transmite; que la comunidad tiene una estructura querida por el Señor; y que la verdadera piedad se mide por la caridad concreta. Es, en definitiva, una carta que invita a la fidelidad, a la sobriedad y a la esperanza en el Dios vivo, Salvador de todos los hombres.

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