I Timoteo

Nuevo Testamento | 6 capítulos | 113 versículos

1 Tim

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Capítulo 3 de 6

Capítulo 3

1 Es cierta esta afirmación: Si alguno aspira al cargo de espíscopo, desea una noble función.

2 Es, pues, necesario que el epíscopo sea irreprensible, casado una sola vez, sobrio, sensato, educado, hospitalario, apto para enseñar,

3 ni bebedor ni violento, sino moderado, enemigo de pendencias, desprendido del dinero,

4 que gobierne bien su propia casa y mantenga sumisos a sus hijos con toda dignidad;

5 pues si alguno no es capaz de gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar de la Iglesia de Dios?

6 Que no sea neófito, no sea que, llevado por la soberbia, caiga en la misma condenación del Diablo.

7 Es necesario también que tenga buena fama entre los de fuera, para que no caiga en descrédito y en las redes del Diablo.

8 También los diáconos deben ser dignos, sin doblez, no dados a beber mucho vino ni a negocios sucios;

9 que guarden el Misterio de la fe con una conciencia pura.

10 Primero se les someterá a prueba y después, si fuesen irreprensibles, serán diáconos.

11 Las mujeres igualmente deben ser dignas, no calumniadoras, sobrias, fieles en todo.

12 Los diáconos sean casados una sola vez y gobiernen bien a sus hijos y su propia casa.

13 Porque los que ejercen bien el diaconado alcanzan un puesto honroso y grande entereza en la fe de Cristo Jesús.

14 Te escribo estas cosas con la esperanza de ir pronto donde ti;

15 pero si tardo, para que sepas cómo hay que portarse en la casa de Dios, que es la Iglesia de Dios vivo, columna y fundamento de la verdad.

16 Y sin duda alguna, grande es el Misterio de la piedad: El ha sido manifestado en la carne, justificado en el Espíritu, visto de los Angeles, proclamado a los gentiles, creído en el mundo, levantado a la gloria.

Reflexión del capítulo 3

Este capítulo es una de las páginas más importantes del Nuevo Testamento sobre el orden de la Iglesia. Pablo describe las cualidades del obispo —irreprensible, casado una sola vez, sobrio, sensato, hospitalario, apto para enseñar, no violento ni amigo del dinero, capaz de gobernar bien su propia casa— y las de los diáconos, que deben guardar el misterio de la fe con una conciencia pura y ser probados antes de ser instituidos. La Iglesia católica reconoce aquí un fundamento escriturístico del ministerio ordenado y de la exigencia moral de sus pastores: quien ha de cuidar de la Iglesia de Dios debe saber cuidar primero de los suyos, y no ser neófito, para no caer en la soberbia. El capítulo culmina con una fórmula de fe antigua y solemne, el misterio de la piedad: Dios manifestado en la carne, justificado en el Espíritu, visto por los ángeles, proclamado a los gentiles, creído en el mundo y levantado a la gloria. Es, en pocas líneas, un resumen del Evangelio que la comunidad confiesa y celebra, y que sostiene toda la vida de la Iglesia, columna y fundamento de la verdad.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy ora de manera concreta por tu párroco, tu obispo y los diáconos de tu comunidad. Pide al Señor que los sostenga en la fidelidad, que los guarde de la soberbia y del cansancio. Ofréceles además un gesto de gratitud o una ayuda concreta, recordando que su servicio silencioso sostiene la fe de muchos y que la Iglesia se edifica también con tu apoyo.

Oración

Señor, que confías tu Iglesia a pastores frágiles, guarda a quienes nos guían en la fe. Danos obispos santos y comunidades dóciles a tu verdad. Haz de mí una piedra viva de tu casa. Amén.

Acerca del libro de I Timoteo

La Primera carta a Timoteo forma, junto con la Segunda a Timoteo y la carta a Tito, el grupo de las llamadas cartas pastorales. La tradición cristiana, desde los primeros siglos, las atribuye a san Pablo, que hacia el final de su vida las dirige a sus colaboradores más cercanos para organizar la vida de las comunidades. Timoteo era natural de Listra, hijo de madre judía creyente, Eunice, y de padre griego; se convirtió al escuchar la predicación paulina y llegó a ser uno de sus discípulos y compañeros más fieles. Pablo lo dejó al frente de la comunidad de Éfeso con una misión clara: corregir a quienes enseñaban doctrinas extrañas y custodiar la sana doctrina.

La carta se sitúa en un momento decisivo: la Iglesia pasa de la predicación misionera a la organización estable. Por eso trata temas que siguen siendo actuales: la oración por todos los hombres, la dignidad del ministerio ordenado —obispos, presbíteros y diáconos—, la atención a las viudas y a los pobres, el peligro del afán de dinero y la necesidad de una piedad sincera. En su centro está una convicción que la Iglesia católica profesa cada día: hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, que se entregó como rescate por todos. Aquí aparece también el gran misterio de la piedad: Dios manifestado en la carne y levantado a la gloria.

Para el creyente de hoy, 1 Timoteo es una escuela de vida eclesial. Nos enseña que la fe no es un sentimiento privado, sino un depósito confiado que se guarda y se transmite; que la comunidad tiene una estructura querida por el Señor; y que la verdadera piedad se mide por la caridad concreta. Es, en definitiva, una carta que invita a la fidelidad, a la sobriedad y a la esperanza en el Dios vivo, Salvador de todos los hombres.

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