I Timoteo
Nuevo Testamento | 6 capítulos | 113 versículos
Capítulo 5
1 Al anciano no le reprendas con dureza, sino exhórtale como a un padre; a los jóvenes, como a hermanos;
2 a los ancianas, como a madres; a las jóvenes, como a hermanas, con toda pureza.
3 Honra a las viudas, a las que son verdaderamente viudas.
4 Si una viuda tiene hijos o nietos, que aprendan éstos primero a practicar los deberes de piedad para con los de su propia familia y a corresponder a sus progenitores, porque esto es agradable a Dios.
5 Pero la que de verdad es viuda y ha quedado enteramente sola, tiene puesta su esperanza en el Señor y perservera en sus plegarias y oraciones noche y día.
6 La que, en cambio, está entregada a los placeres aunque viva, está muerta.
7 Todo esto incúlcalo también, para que sean irreprensibles.
8 Si alguien no tiene cuidado de los suyos, principalmente de sus familiares, ha renegado de la fe y es peor que un infiel.
9 Que la viuda que sea inscrita en el catálogo de las viudas no tenga menos de sesenta años, haya estado casada una sola vez,
10 y tenga el testimonio de sus buenas obras: haber educado bien a los hijos, practicado la hospitalidad, lavado los pies de los santos, socorrido a los atribulados, y haberse ejercitado en toda clase de buenas obras.
11 Descarta, en cambio, a las viudas jóvenes, porque cuando les asaltan los placeres contrarios a Cristo, quieren casarse
12 e incurren así en condenación por haber faltado a su compromiso anterior.
13 Y además, estando ociosas, aprenden a ir de casa en casa; y no sólo están ociosas, sino que se vuelven también charlatanas y entrometidas, hablando de lo que no deben.
14 Quiero, pues, que las jóvenes se casen, que tengan hijos y que gobiernen la propia casa y no den al adversario ningún motivo de hablar mal;
15 pues ya algunas se han extraviado yendo en pos de Satanás.
16 Si alguna creyente tiene viudas, atiéndalas ella misma y no las cargue a la Iglesia, a fin de que ésta pueda atender a las que sean verdaderamente viudas.
17 Los presbíteros que ejercen bien su cargo merecen doble remuneración, principalmente los que se afanan en la predicación y en la enseñanza.
18 La Escritura, en efecto, dice: No pondrás bozal al buey que trilla, y también: El obrero tiene derecho a su salario.
19 No admitas ninguna acusación contra un presbítero si no viene con el testimonio de dos o tres.
20 A los culpables, repréndeles delante de todos, para que los demás cobren temor.
21 Yo te conjuro en presencia de Dios, de Cristo Jesús y de los ángeles escogidos, que observes estas recomendaciones sin dejarte llevar de prejuicios ni favoritismos.
22 No te precipites en imponer a nadie las manos, no te hagas partícipe de los pecados ajenos. Consérvate puro.
23 No bebas ya agua sola. Toma un poco de vino a causa de tu estómago y de tus frecuentes indisposiciones.
24 Los pecados de algunas personas son notorios aun antes de que sean investigados; en cambio los de otras, lo son solamente después.
25 Del mismo modo las obras buenas son manifiestas; y las que no lo son, no pueden quedar ocultas.
Reflexión del capítulo 5
El capítulo quinto es un tratado breve y conmovedor sobre la caridad dentro de la comunidad. Pablo pide tratar al anciano como a un padre, a los jóvenes como a hermanos, a las mujeres mayores como a madres y a las jóvenes con toda pureza. Se detiene especialmente en las viudas: honrar a las verdaderas, sostener a las que no tienen familia, y recordar que quien no cuida de los suyos ha renegado de la fe y es peor que un infiel. La viuda de verdad, la que ha quedado enteramente sola, pone su esperanza en el Señor y persevera en la oración noche y día: es una imagen viva de la Iglesia orante, y por eso la tradición católica la ha mirado con especial cariño. Pablo regula también el cuidado de los presbíteros, que merecen doble honor, sobre todo los que se afanan en la predicación y la enseñanza, y advierte que no se admita acusación contra ellos sin dos o tres testigos. El capítulo revela una comunidad organizada, pero sobre todo una comunidad que sostiene a los débiles y honra a sus pastores.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy acuérdate de una persona mayor o sola de tu entorno —una vecina, un familiar, alguien de tu parroquia— y hazle una visita o una llamada. Pregúntale cómo está de verdad, escúchala con paciencia sin interrumpir y ofrécele una ayuda concreta: la compra, un recado, simplemente tu tiempo. Hazlo sin prisa y sin esperar nada a cambio, como quien sirve a Cristo en ella.
Oración
Señor, que sostienes al huérfano y a la viuda, enséñame a no olvidar a los solos. Que mi familia y mi comunidad cuiden a los ancianos y a los débiles, y que yo sea para ellos presencia de tu amor. Amén.
Acerca del libro de I Timoteo
La Primera carta a Timoteo forma, junto con la Segunda a Timoteo y la carta a Tito, el grupo de las llamadas cartas pastorales. La tradición cristiana, desde los primeros siglos, las atribuye a san Pablo, que hacia el final de su vida las dirige a sus colaboradores más cercanos para organizar la vida de las comunidades. Timoteo era natural de Listra, hijo de madre judía creyente, Eunice, y de padre griego; se convirtió al escuchar la predicación paulina y llegó a ser uno de sus discípulos y compañeros más fieles. Pablo lo dejó al frente de la comunidad de Éfeso con una misión clara: corregir a quienes enseñaban doctrinas extrañas y custodiar la sana doctrina.
La carta se sitúa en un momento decisivo: la Iglesia pasa de la predicación misionera a la organización estable. Por eso trata temas que siguen siendo actuales: la oración por todos los hombres, la dignidad del ministerio ordenado —obispos, presbíteros y diáconos—, la atención a las viudas y a los pobres, el peligro del afán de dinero y la necesidad de una piedad sincera. En su centro está una convicción que la Iglesia católica profesa cada día: hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, que se entregó como rescate por todos. Aquí aparece también el gran misterio de la piedad: Dios manifestado en la carne y levantado a la gloria.
Para el creyente de hoy, 1 Timoteo es una escuela de vida eclesial. Nos enseña que la fe no es un sentimiento privado, sino un depósito confiado que se guarda y se transmite; que la comunidad tiene una estructura querida por el Señor; y que la verdadera piedad se mide por la caridad concreta. Es, en definitiva, una carta que invita a la fidelidad, a la sobriedad y a la esperanza en el Dios vivo, Salvador de todos los hombres.
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