I Timoteo
Nuevo Testamento | 6 capítulos | 113 versículos
Capítulo 2
1 Ante todo recomiendo que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres;
2 por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad.
3 Esto es bueno y agradable a Dios, nuestro Salvador,
4 que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad.
5 Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también,
6 que se entregó a sí mismo como rescate por todos. Este es el testimonio dado en el tiempo oportuno,
7 y de este testimonio - digo la verdad, no miento - yo he sido constituido heraldo y apóstol, maestro de los gentiles en la fe y en la verdad.
8 Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar elevando hacia el cielo unas manos piadosas, sin ira ni discusiones.
9 Así mismo que las mujeres, vestidas decorosamente, se adornen con pudor y modestia, no con trenzas ni con oro o perlas o vestidos costosos,
10 sino con buenas obras, como conviene a mujeres que hacen profesión de piedad.
11 La mujer oiga la instrucción en silencio, con toda sumisión.
12 No permito que la mujer enseñe ni que domine al hombre. Que se mantenga en silencio.
13 Porque Adán fue formado primero y Eva en segundo lugar.
14 Y el engañado no fue Adán, sino la mujer que, seducida, incurrió en la transgresión.
15 Con todo, se salvará por su maternidad mientras persevere con modestia en la fe, en la caridad y en la santidad.
Reflexión del capítulo 2
El capítulo segundo comienza con una de las enseñanzas más hermosas sobre la oración universal: se han de hacer plegarias, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres, incluso por los reyes y por quienes tienen autoridad, para poder vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad. La razón es luminosa: Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad. No hay pueblo ni persona descartada. En el centro del capítulo brilla la afirmación de que hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos. La Iglesia católica ha leído siempre este versículo en clave eucarística y sacerdotal: Cristo, único mediador, hace de la oración de la comunidad un sacrificio agradable al Padre. Pablo completa el cuadro pidiendo a los hombres que oren con manos puras, sin ira ni discusiones, y a las mujeres un adorno hecho de modestia y buenas obras. Son palabras que llaman a la comunidad a una santidad visible, hecha de oración constante y coherencia de vida.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy reza de verdad por alguien que no te cae bien o con quien estás en conflicto: un familiar, un vecino, una persona con autoridad. Dedica unos minutos a pedir por él o ella sin juzgar y sin condiciones, nombrando a esa persona ante Dios. Ofrece esa oración como un acto de caridad que ensancha tu corazón y te reconcilia por dentro, aunque todavía no cambien las circunstancias.
Oración
Padre bueno, que quieres que todos los hombres se salven, hazme instrumento de tu paz. Por mediación de Cristo, único mediador, te presento a quienes me cuesta amar. Enséñame a orar con manos limpias y sin ira. Amén.
Acerca del libro de I Timoteo
La Primera carta a Timoteo forma, junto con la Segunda a Timoteo y la carta a Tito, el grupo de las llamadas cartas pastorales. La tradición cristiana, desde los primeros siglos, las atribuye a san Pablo, que hacia el final de su vida las dirige a sus colaboradores más cercanos para organizar la vida de las comunidades. Timoteo era natural de Listra, hijo de madre judía creyente, Eunice, y de padre griego; se convirtió al escuchar la predicación paulina y llegó a ser uno de sus discípulos y compañeros más fieles. Pablo lo dejó al frente de la comunidad de Éfeso con una misión clara: corregir a quienes enseñaban doctrinas extrañas y custodiar la sana doctrina.
La carta se sitúa en un momento decisivo: la Iglesia pasa de la predicación misionera a la organización estable. Por eso trata temas que siguen siendo actuales: la oración por todos los hombres, la dignidad del ministerio ordenado —obispos, presbíteros y diáconos—, la atención a las viudas y a los pobres, el peligro del afán de dinero y la necesidad de una piedad sincera. En su centro está una convicción que la Iglesia católica profesa cada día: hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, que se entregó como rescate por todos. Aquí aparece también el gran misterio de la piedad: Dios manifestado en la carne y levantado a la gloria.
Para el creyente de hoy, 1 Timoteo es una escuela de vida eclesial. Nos enseña que la fe no es un sentimiento privado, sino un depósito confiado que se guarda y se transmite; que la comunidad tiene una estructura querida por el Señor; y que la verdadera piedad se mide por la caridad concreta. Es, en definitiva, una carta que invita a la fidelidad, a la sobriedad y a la esperanza en el Dios vivo, Salvador de todos los hombres.
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