II Tesalonicenses

Nuevo Testamento | 3 capítulos | 47 versículos

2 Te

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Capítulo 3 de 3

Capítulo 3

1 Finalmente, hermanos, orad por nosotros para que la Palabra del Señor siga propagándose y adquiriendo gloria, como entre vosotros,

2 y para que nos veamos libres de los hombres perversos y malignos; porque la fe no es de todos.

3 Fiel es el Señor; él os afianzará y os guardará del Maligno.

4 En cuanto a vosotros tenemos plena confianza en el Señor de que cumplís y cumpliréis cuanto os mandamos.

5 Que el Señor guíe vuestros corazones hacia el amor de Dios y la tenacidad de Cristo.

6 Hermanos, os mandamos en nombre del Señor Jesucristo que os apartéis de todo hermano que viva desordenadamente y no según la tradición que de nosotros recibisteis.

7 Ya sabéis vosotros cómo debéis imitarnos, pues estando entre vosotros no vivimos desordenadamente,

8 ni comimos de balde el pan de nadie, sino que día y noche con fatiga y cansancio trabajamos para no ser una carga a ninguno de vosotros.

9 No porque no tengamos derecho, sino por daros en nosotros un modelo que imitar.

10 Además, cuando estábamos entre vosotros os mandábamos esto: Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma.

11 Porque nos hemos enterado que hay entre vosotros algunos que viven desordenadamente, sin trabajar nada, pero metiéndose en todo.

12 A ésos les mandamos y les exhortamos en el Señor Jesucristo a que trabajen con sosiego para comer su propio pan.

13 Vosotros, hermanos, no os canséis de hacer el bien.

14 Si alguno no obedece a lo que os decimos en esta carta, a ése señaladle y no tratéis con él, para que se avergüence.

15 Pero no lo miréis como a enemigo, sino amonestadle como a hermano.

16 Que El, el Señor de la paz, os conceda la paz siempre y en todos los órdenes. El Señor sea con todos vosotros.

17 El saludo va de mi mano, Pablo. Esta es la firma en todas mis cartas; así escribo.

18 La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos vosotros.

Reflexión del capítulo 3

La carta se cierra con peticiones muy concretas: «orad por nosotros», pide Pablo, para que la Palabra del Señor se propague y sea glorificada, y para que los misioneros se vean libres de hombres perversos. Enseguida surge la razón de la confianza: «Fiel es el Señor; él os afianzará y os guardará del Maligno». No es la comunidad la que se sostiene por sí sola, sino el Señor quien la guarda.

El capítulo aborda después un problema real: algunos vivían «desordenadamente», sin trabajar y metiéndose en todo. Pablo recuerda su propio ejemplo —trabajó día y noche con fatiga para no ser carga de nadie— y formula una norma clara: quien no quiere trabajar, que tampoco coma. Lejos de despreciar a los ociosos, manda exhortarles «en el Señor Jesucristo» a trabajar con sosiego y comer su propio pan.

La corrección, sin embargo, es fraterna: no mirar al que yerra como enemigo, sino amonestarlo como hermano. Y la exhortación final es luminosa: «no os canséis de hacer el bien». El Señor de la paz, el que firmó la carta de puño y letra de Pablo, concede la paz en todos los órdenes.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

El trabajo cotidiano —en casa, en la oficina, en el estudio— no es un estorbo para la fe, sino un lugar de santificación. Hoy elige una tarea que suelas postergar y hazla con esmero y sin ruido, ofreciéndola a Dios. Y si conoces a alguien que vive de la queja o de la comodidad, no lo desprecies: acércate con una palabra amable que anime a la responsabilidad. Tampoco te canses de hacer el bien: retoma ese gesto bueno que abandonaste por desánimo.

Oración

Señor de la paz, que eres fiel y nos guardas del Maligno: guía nuestros corazones hacia el amor de Dios y la tenacidad de Cristo. Danos constancia en el trabajo y generosidad para no cansarnos de hacer el bien, corrigiendo al hermano con caridad. Concédenos tu paz siempre y en todos los órdenes. Amén.

Acerca del libro de II Tesalonicenses

La Segunda Carta a los Tesalonicenses, atribuida por la tradición a san Pablo y escrita hacia el año 51 desde Corinto, poco después de la primera carta, lleva como remitentes a Pablo, Silvano (Silas) y Timoteo. Se dirige a una comunidad joven, fundada por el Apóstol en su segundo viaje misionero, que atravesaba persecuciones y tribulaciones por causa del Evangelio. Su propósito principal es corregir una confusión alarmante: algunos creían que el Día del Señor era inminente, quizá a causa de una falsa enseñanza, una supuesta revelación o incluso una carta atribuida indebidamente a Pablo.

El tema central es la esperanza cristiana en la venida gloriosa de Cristo, la «parusía». Pablo enseña que antes debe venir la apostasía y manifestarse el «Hombre impío», el Adversario que se levanta contra todo lo divino; pero también anuncia que el Señor Jesús lo destruirá con el soplo de su boca. Frente al engaño, el Apóstol pide vigilancia, firmeza y fidelidad a las tradiciones recibidas, tanto de viva voz como por carta (2 Tes 2,15), uno de los textos que la Iglesia invoca al hablar de la Sagrada Tradición junto con la Escritura.

Otros acentos de la carta son la acción santificadora del Espíritu, que nos ha escogido para la salvación, la oración perseverante, el trabajo honrado y la vida ordenada —«si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma»— y el mandato de no cansarse de hacer el bien, corrigiendo al hermano con caridad y sin tenerlo por enemigo.

Para la fe católica, esta carta ilumina la doctrina de las realidades últimas: Cristo volverá y será glorificado en sus santos. Nos invita a vivir con esperanza activa, sin alarmismos ni pasividades, sostenidos por el «Señor de la paz». En medio de las pruebas, la comunidad cristiana descubre que su fuerza no está en el mundo, sino en Aquel que es fiel y que guarda del Maligno. Es una escuela de esperanza, de trabajo y de fidelidad.

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