Sofonías

Antiguo Testamento | 3 capítulos | 53 versículos

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Capítulo 1 de 3

Capítulo 1

1 Palabra de Yahveh que fue dirigida a Sofonías, hijo de Kusí, hijo de Guedalías, hijo de Amarías, hijo de Ezequías, en tiempo de Josías, hijo de Amón, rey de Judá.

2 ¡Voy a aventarlo todo de la haz de la tierra!, oráculo de Yahveh.

3 Aventaré hombres y bestias, aventaré aves del cielo y peces del mar, haré tropezar a los impíos; extirparé a los hombres de sobre la haz de la tierra, oráculo de Yahveh.

4 Extenderé mi mano contra Judá, y contra todos los habitantes de Jerusalén, y extirparé de este lugar lo que queda de Baal, el nombre de los ministros con los sacerdotes,

5 los que se postran en los terrados ante el ejército del cielo, los que se postran ante Yahveh y juran por Milkom,

6 los que se apartan del seguimiento de Yahveh, los que no buscan a Yahveh ni le consultan.

7 ¡Silencio ante el Señor Yahveh, porque el Día de Yahveh está cerca! Sí, Yahveh ha preparado un sacrificio, ha consagrado a sus invitados.

8 Sucederá en el día del sacrificio de Yahveh que yo visitaré a los príncipes, a los hijos del rey, y a todos los que visten vestido extranjero.

9 Visitaré aquel día a todos los que saltan por encima del umbral, los que llenan la Casa de su Señor de violencia y de fraude.

10 Habrá aquel día - oráculo de Yahveh - gritos de auxilio desde la puerta de los Peces, aullidos desde la ciudad nueva, estruendo enorme desde las colinas.

11 ¡Ululad, habitantes del Mortero, pues ha sido aniquilado todo el pueblo de Canaán, exterminados todos los que pesan plata!

12 Sucederá en el tiempo aquel que yo escrutaré a Jerusalén con lámparas, y visitaré a los hombres que se apelmazan en sus heces, los que dicen en su corazón: «¡Ni bien ni mal hace Yahveh!»

13 Será dada al saqueo su riqueza, sus casas a la devastación; casas contruyeron, mas no las habitarán, plantaron viñas, mas no beberán su vino.

14 ¡Cercano está el gran Día de Yahveh, cercano, a toda prisa viene! ¡Amargo el ruido del día de Yahveh, dará gritos entonces hasta el bravo!

15 Día de ira el día aquel, día de angustia y de aprieto, día de devastación y desolación, día de tinieblas y de oscuridad, día de nublado y densa niebla,

16 día de trompeta y de clamor, contra las ciudades fortificadas y las torres de los ángulos.

17 Yo pondré a los hombres en aprieto, y ellos como ciegos andarán, (porque pecaron contra Yahveh); su sangre será derramada como polvo, y su carne como excremento.

18 Ni su plata ni su oro podrán salvarlos en el Día de la ira de Yahveh, cuando por el fuego de su celo la tierra entera sea devorada; pues él hará exterminio, ¡y terrorífico!, de todos los habitantes de la tierra.

Reflexión del capítulo 1

El capítulo inicial anuncia un juicio que abarca todo lo existente: hombres y bestias, aves y peces, y de manera especial Judá y Jerusalén. La lista de los que serán visitados es un retrato de la religión a medias: los que se postran ante el ejército del cielo y a la vez juran por el Señor, los que se han apartado de seguirlo y los que ni siquiera lo buscan ni le consultan. El profeta describe además a los que viven en una indiferencia tranquila, instalados en su bienestar y convencidos de que Dios no interviene ni para bien ni para mal. Contra esa falsa seguridad llama a guardar silencio ante el Señor, porque su Día está cerca y ha preparado un sacrificio. La imagen de Dios escrutando Jerusalén con lámparas es impresionante: nada queda oculto, ni siquiera los rincones más escondidos de la ciudad y del corazón. Al final el capítulo desmonta la última ilusión: ni la plata ni el oro podrán salvar cuando llegue su enojo, porque la riqueza acumulada no compra la salvación. El conjunto es una advertencia severa contra la tibieza, esa actitud que pretende mantener a Dios a distancia sin negarlo del todo, y contra la idea de que el tiempo no pasa y las cuentas nunca se ajustan.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

La tibieza se cuela en la vida sin que lo notemos: oramos por costumbre, creemos sin comprometernos, evitamos preguntarnos si Dios interviene de verdad. Hoy examina tu corazón con sinceridad y pide al Señor que te libre de la indiferencia, buscándolo de verdad en la oración y en las decisiones concretas del día. Buscar a Dios de verdad es la única respuesta seria a la tibieza.

Oración

Señor, tú escrutas los rincones escondidos de mi vida y nada se te oculta. Líbrame de la tibieza y de la falsa seguridad; enséñame a buscarte de verdad y a guardar silencio ante ti con un corazón despierto. Amén.

Acerca del libro de Sofonías

El profeta Sofonías ejerció su ministerio en Judá durante el reinado de Josías, en la segunda mitad del siglo VII antes de Cristo, poco antes de la reforma religiosa que este rey emprendió. Su libro es uno de los más breves y a la vez uno de los más intensos de los profetas menores. Por su genealogía, que se remonta hasta el rey Ezequías, es probable que perteneciera a la nobleza de Jerusalén, lo que explica el conocimiento directo que muestra de la corte, del culto y de los ambientes de poder.

El tema que domina todo el libro es el Día del Señor. Sofonías lo describe con imágenes sobrecogedoras: un día de ira, de angustia y de oscuridad, en el que Dios visitará a su pueblo y a las naciones. Su anuncio comienza con un juicio que barre la tierra entera, pasa por la denuncia de los cultos idolátricos y de los que viven tranquilos en su indiferencia, y se extiende después a los pueblos vecinos: filisteos, moabitas, amonitas, cusitas y asirios, con Nínive convertida en desierto. Nadie queda fuera del alcance de la justicia divina.

Pero el libro no se detiene en la amenaza. En su parte central llama a los humildes de la tierra a buscar al Señor y la justicia, quizá para encontrar cobijo el día de su cólera. Y en el capítulo final, el más luminoso, la promesa supera toda expectativa: el Señor dejará en medio de su pueblo un resto humilde y pobre, purificará el lenguaje de los pueblos para que todos invoquen su nombre, y él mismo, como un poderoso salvador, se alegrará y danzará de gozo por su pueblo.

Para la fe católica, Sofonías es una llamada a la vigilancia y a la esperanza. La liturgia lo lee en Adviento, porque su anuncio del Día del Señor prepara la venida de Cristo, el humilde rey que reúne a los descartados y en quien Dios manifiesta su amor que se complace en salvar.

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