Daniel
Antiguo Testamento | 14 capítulos | 530 versículos
Capítulo 1
1 El año tercero del reinado de Yoyaquim, rey de Judá, Nabucodonosor, rey de Babilonia, vino a Jerusalén y la sitió.
2 El Señor entregó en sus manos a Yoyaquim rey de Judá, así como parte de los objetos de la Casa de Dios. El los llevó al país de Senaar y depositó los objetos en la casa del tesoro de sus dioses.
3 El rey mandó a Aspenaz, jefe de sus eunucos, tomar de entre los israelitas de estirpe real o de familia noble,
4 algunos jóvenes, sin defecto corporal, de buen parecer, instruidos en toda sabiduría, cultos e inteligentes, idóneos para servir en la corte del rey, con el fin de enseñarles la escritura y la lengua de los caldeos.
5 El rey les asignó una ración diaria de los manjares del rey y del vino de su mesa. Deberían ser educados durante tres años, después de lo cual entrarían al servicio del rey.
6 Entre ellos se encontraban Daniel, Ananías, Misael y Azarías, que eran judíos.
7 El jefe de los eunucos les puso nombres nuevos: Daniel se llamaría Beltsassar, Ananías Sadrak, Misael Mesak y Azarías Abed Negó.
8 Daniel, que tenía el propósito de no mancharse compartiendo los manjares del rey y el vino de su mesa, pidió al jefe de los eunucos permiso para no mancharse.
9 Dios concedió a Daniel hallar gracia y benevolencia ante el jefe de los eunucos.
10 Pero el jefe de los eunucos dijo a Daniel: «Temo al rey, mi señor; él ha asignado vuestra comida y vuestra bebida, y si llega a ver vuestros rostros más macilentos que los de los jóvenes de vuestra edad, expondríais mi cabeza a los ojos del rey.»
11 Daniel dijo entonces al guarda a quien el jefe de los eunucos había confiado el cuidado de Daniel, Ananías, Misael y Azarías:
12 «Por favor, pon a prueba a tus siervos durante diez días: que nos den de comer legumbres y de beber agua;
13 después puedes comparar nuestro aspecto con el de los jóvenes que comen los manjares del rey, y hacer con tus siervos con arreglo a lo que hayas visto.»
14 Aceptó él la propuesta y les puso a prueba durante diez días.
15 Al cabo de los diez días se vio que tenían mejor aspecto y estaban más rollizos que todos los jóvenes que comían los manjares del rey.
16 Desde entonces el guarda retiró sus manjares y el vino que tenían que beber, y les dio legumbres.
17 A estos cuatro jóvenes les concedió Dios ciencia e inteligencia en toda clase de letras y sabiduría. Particularmente Daniel poseía el discernimiento de visiones y sueños.
18 Al cabo del tiempo establecido por el rey para que le fueran presentados los jóvenes, el jefe de los eunucos los llevó ante Nabucodonosor.
19 El rey conversó con ellos, y entre todos no se encontró ningún otro como Daniel, Ananías, Misael y Azarías. Quedaron, pues, al servicio del rey.
20 Y en cuantas cosas de sabiduría o de inteligencia les consultó el rey, los encontró diez veces superiores a todos los magos y adivinos que había en todo su reino.
21 Daniel permaneció allí hasta el año primero del rey Ciro.
Reflexión del capítulo 1
El primer capítulo presenta el escenario del exilio: en el tercer año de Joaquim, Nabucodonosor lleva a Jerusalén y selecciona a jóvenes de linaje real para formarlos en la cultura babilónica. Entre ellos están Daniel, Ananías, Misael y Azarías, cuyos nombres se cambian por otros que evocan divinidades paganas. La prueba decisiva es la mesa del rey, carne y vino prohibidos por la Ley. Daniel propone un experimento: alimentarse solo de legumbres y agua durante diez días. Al cabo, los cuatro aparecen más sanos y luminosos que los demás. El relato enseña que la fidelidad a Dios no empobrece, sino que ilumina; la sabiduría de estos jóvenes supera a los magos de Babilonia. La integridad y la disciplina se vuelven testimonio profético en tierra extranjera. Dios concede a Daniel 'entender toda visión y sueño', don que marcará todo el libro. La fidelidad pequeña en lo cotidiano prepara las grandes certezas de la fe.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy cuida tu 'mesa' y tus hábitos con disciplina sencilla: elige una comida sana o renuncia a un entretenimiento que te aleja de Dios, como gesto de fidelidad. Ofrece esa pequeña mortificación por la pureza de los jóvenes y, si estudias o trabajas en ambiente hostil a la fe, mantén tu integridad sin agresividad, como Daniel en la corte de Babilonia.
Oración
Señor, que diste a Daniel sabiduría en tierra extraña, concédeme integridad en lo pequeño y fidelidad en lo cotidiano. Que mi cuerpo y mi alma te alaben en el silencio de cada día, y que tu luz brille en mi debilidad. Que tu Espíritu me sostenga. Amén.
Acerca del libro de Daniel
El libro de Daniel se sitúa en el corazón del exilio babilónico y del periodo persa, y narra la fidelidad de unos jóvenes judíos deportados que sirven en la corte de reyes paganos sin traicionar la Ley de sus padres. Tradicionalmente atribuido a Daniel, profeta y visionario, su redacción definitiva data de los siglos II-I a.C., en un momento de dura persecución, probablemente bajo Antíoco IV Epífanes. Por ello combina relatos edificantes (capítulos 1-6) con visiones apocalípticas (capítulos 7-12), y la Iglesia católica incluye además los capítulos 13 y 14 (Susana, Bel y el dragón) como parte del canon deuterocanónico, presentes ya en la antigua Vulgata. La liturgia de la Iglesia ha hecho de Daniel un texto de oración vespertina y de esperanza firme en las persecuciones.
Literariamente, Daniel es sabiduría y profecía a la vez: enseña que el Dios de Israel gobierna la historia de las naciones y entrega el Reino a los 'santos del Altísimo'. Sus temas centrales son la providencia divina, la resistencia pacífica ante la idolatría, la intercesión y la esperanza en la resurrección. En la historia de la salvación, Daniel sostiene al pueblo en tiempos de prueba y prefigura la victoria definitiva del Hijo del hombre anunciada por Cristo, a quien la liturgia aplica las visiones del capítulo siete.
Para leerlo hoy de modo orante, conviene acogerlo como escuela de fidelidad: ante las 'babilonias' modernas, el creyente puede mantenerse íntegro, confiar en que Dios saca bien del mal, y esperar con paciencia el cumplimiento de sus promesas. La oración de Daniel y de sus compañeros nos enseña a invocar al Señor en medio de la noche, seguros de que el Reino de los cielos no pasará y de que el Señor no abandona a los que en él esperan.
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