Daniel
Antiguo Testamento | 14 capítulos | 530 versículos
Capítulo 6
1 Y recibió el reino Darío el Medo, que contaba sesenta y dos años.
2 Plugo a Darío establecer en su reino ciento veinte sátrapas que estuvieran por todo el reino,
3 bajo el mando de tres ministros - Daniel era uno de ellos -, a los que los sátrapas deberían rendir cuentas, con el fin de impedir que el rey recibiera daño alguno.
4 Este mismo Daniel se distinguía entre los ministros y los sátrapas, porque había en él un espíritu extraordinario, y el rey se proponía ponerle al frente del reino entero.
5 Por ello los ministros y los sátrapas se pusieron a buscar un motivo de acusación contra Daniel en algún asunto de Estado; pero no pudieron encontrar ningún motivo de acusación ni falta alguna, porque él era fiel y no se le podía reprochar de negligencia ni falta.
6 Entonces se dijeron aquellos hombres: «No encontraremos ningún motivo de acusación contra este Daniel si no es en materia de la ley de su Dios.»
7 Los ministros y sátrapas acudieron, pues, atropelladamente ante el rey y le hablaron así: «¡Viva eternamente el rey Darío!
8 Todos los ministros del reino, prefectos, sátrapas, consejeros y gobernadores, aconsejan unánimemente que se promulgue un edicto real para poner en vigor la prohibición siguiente: Todo aquel que en el término de treinta días dirija una oración a quienquiera que sea, dios u hombre, fuera de ti, oh rey, será arrojado al foso de los leones.
9 Ahora pues, oh rey, da fuerza de ley a esta prohibición firmando el edicto, de suerte que no se cambie nada, con arreglo a la ley de los medos y persas, que es irrevocable.»
10 Ante esto, el rey Darío firmó el edicto de prohibición.
11 Al saber que había sido firmado el edicto, Daniel entró en su casa. Las ventanas de su cuarto superior estaban orientadas hacia Jerusalén y tres veces al día se ponía él de rodillas, para orar y dar gracias a su Dios; así lo había hecho siempre.
12 Aquellos hombres vinieron atropelladamente y sorprendieron a Daniel invocando y suplicando a su Dios.
13 Entonces se presentaron al rey y le dijeron acerca de la prohibición real: «¿No has firmado tú una prohibición según la cual todo el que dirigiera, en el término de treinta días, una oración a quienquiera que fuese, dios u hombre, fuera de ti, oh rey, sería arrojado al foso de los leones?» Respondió el rey: «La cosa está decidida, según la ley de los medos y los persas, que es irrevocable.»
14 Entonces ellos dijeron en presencia del rey: «Daniel, ese deportado de Judá, no hace caso de ti, oh rey, ni de la prohibición que tú has firmado: tres veces al día hace su oración.»
15 Al oír estas palabras, el rey se afligió mucho y se propuso salvar a Daniel; hasta la puesta del sol estuvo buscando el modo de librarle.
16 Pero aquellos hombres volvieron atropelladamente ante el rey y le dijeron: «Ya sabes, oh rey, que según la ley de los medos y los persas ninguna prohibición o edicto dado por el rey puede ser modificado.»
17 Entonces el rey dio orden de traer a Daniel y de arrojarle al foso de los leones. El rey dijo a Daniel: «Tu Dios, a quien sirves con perseverancia, te librará.»
18 Se trajo una piedra que fue colocada a la entrada del foso, y el rey la selló con su anillo y con el anillo de sus dignatarios, para que no se pudiese cambiar la suerte de Daniel.
19 Después el rey volvió a su palacio y pasó la noche en ayuno; no dejó que le trajeran concubinas y el sueño huyó de él.
20 Al amanecer, al rayar el alba, el rey se levantó y se dirigió a toda prisa al foso de los leones.
21 Acercándose al foso, gritó a Daniel con voz angustiada: «Daniel, servidor del Dios vivo, tu Dios, a quien sirves con perseverencia, ¿ha podido librarte de los leones?»
22 Entonces Daniel habló con el rey: «¡Viva el rey eternamente!
23 Mi Dios ha enviado a su ángel, que ha cerrado la boca de los leones y no me han hecho ningún mal, porque he sido hallado inocente ante él. Y tampoco ante ti, oh rey, he cometido falta alguna.»
24 El rey entonces se alegró mucho y mandó sacar a Daniel del foso. Sacaron a Daniel del foso y no se le encontró herida alguna, porque había confiado en su Dios.
25 Y el rey mandó traer a aquellos hombres que habían acusado a Daniel y echarlos al foso de los leones, a ellos, y a sus hijos y mujeres. Y no habían llegado aún al fondo del foso cuando ya los leones se habían lanzado sobre ellos y les habían triturado todos los huesos.
26 Entonces, el rey Darío escribió a todos los pueblos, naciones y lenguas que habitaban en toda la tierra: «¡Sea grande vuestra paz!
27 Por mí se decreta que en todos los dominios de mi reino se tema y se tiemble ante el Dios de Daniel, porque él es el Dios vivo, que subsiste por siempre, - su reino no será destruido y su imperio durará hasta el fin -
28 el que salva y libera, obra señales y milagros en los cielos y en la tierra; el que ha salvado a Daniel del poder de los leones.»
29 Y este mismo Daniel floreció en el reinado de Darío y en el reinado de Ciro el Persa.
Reflexión del capítulo 6
Bajo Darío, Daniel prospera y despierta envidia; sus enemigos logran un edicto real que prohíbe orar a otro dios que no sea el rey, durante treinta días. Daniel, fiel a su costumbre, sigue orando tres veces al día frente a las ventanas abiertas hacia Jerusalén. Arrojado al foso de los leones, es salvado milagrosamente: Dios envía su ángel y cierra las fauces de las fieras. El rey, angustiado, lo encuentra ileso al amanecer y proclama que el Dios de Daniel es el viviente y eterno. Los acusadores son devorados. El relato exalta la oración como vínculo irrenunciable con Dios, incluso a costa de la propia vida. Daniel no hace ostentación, sino que vive su fe con naturalidad. La providencia protege al justo y confunde a los que abusan del poder. Es figura de la Resurrección y de Cristo, el inocente entregado que vence a las fieras del mal.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy mantén tu 'ventana abierta' hacia Dios: establece o retoma tres momentos breves de oración en el día, sin importar la presión del entorno. Perdona a quien hoy intente poner una trampa a tu bien y, si la calumnia o la envidia te tocan, confía en que el Dios de Daniel cierra las fauces de las fieras.
Oración
Dios de Daniel, que cerraste las fauces de los leones, protégeme en las pruebas que me cercan. Que mi oración constante sea mi fuerza y mi libertad, y que ninguna calumnia ni envidia triunfe sobre tu siervo. Que tu ángel me guarde. Amén.
Acerca del libro de Daniel
El libro de Daniel se sitúa en el corazón del exilio babilónico y del periodo persa, y narra la fidelidad de unos jóvenes judíos deportados que sirven en la corte de reyes paganos sin traicionar la Ley de sus padres. Tradicionalmente atribuido a Daniel, profeta y visionario, su redacción definitiva data de los siglos II-I a.C., en un momento de dura persecución, probablemente bajo Antíoco IV Epífanes. Por ello combina relatos edificantes (capítulos 1-6) con visiones apocalípticas (capítulos 7-12), y la Iglesia católica incluye además los capítulos 13 y 14 (Susana, Bel y el dragón) como parte del canon deuterocanónico, presentes ya en la antigua Vulgata. La liturgia de la Iglesia ha hecho de Daniel un texto de oración vespertina y de esperanza firme en las persecuciones.
Literariamente, Daniel es sabiduría y profecía a la vez: enseña que el Dios de Israel gobierna la historia de las naciones y entrega el Reino a los 'santos del Altísimo'. Sus temas centrales son la providencia divina, la resistencia pacífica ante la idolatría, la intercesión y la esperanza en la resurrección. En la historia de la salvación, Daniel sostiene al pueblo en tiempos de prueba y prefigura la victoria definitiva del Hijo del hombre anunciada por Cristo, a quien la liturgia aplica las visiones del capítulo siete.
Para leerlo hoy de modo orante, conviene acogerlo como escuela de fidelidad: ante las 'babilonias' modernas, el creyente puede mantenerse íntegro, confiar en que Dios saca bien del mal, y esperar con paciencia el cumplimiento de sus promesas. La oración de Daniel y de sus compañeros nos enseña a invocar al Señor en medio de la noche, seguros de que el Reino de los cielos no pasará y de que el Señor no abandona a los que en él esperan.
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