Daniel
Antiguo Testamento | 14 capítulos | 530 versículos
Capítulo 9
1 El año primero de Darío, hijo de Asuero, de la raza de los medos, que subió al trono del reino de Caldea,
2 el año primero de su reinado, yo, Daniel, me puse a investigar en las Escrituras sobre el número de años que, según la palabra de Yahveh dirigida al profeta Jeremías, debían pasar sobre las ruinas de Jerusalén, a saber setenta años.
3 Volví mi rostro hacia el Señor Dios para implorarle con oraciones y súplicas, en ayuno, sayal y ceniza.
4 Derramé mi oración a Yahveh mi Dios, y le hice esta confesión: «¡Ah, señor, Dios grande y temible, que guardas la Alianza y el amor a los que te aman y observan tus mandamientos.
5 Nosotros hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos sido malos, no hemos rebelado y nos hemos apartado de tus mandamientos y de tus normas.
6 No hemos escuchado a tus siervos los profetas que en tu nombre hablaban a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres, a todo el pueblo de la tierra.
7 A ti, Señor, la justicia, a nosotros la vergüenza en el rostro, como sucede en este día, a nosotros, a los hombres de Judá, a los habitantes de Jerusalén y a Israel entero, próximos y lejanos, en todos los países donde tú los dispersaste a causa de las infidelidades que cometieron contra ti.
8 Yahveh, a nosotros la vergüenza, a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres, porque hemos pecado contra ti.
9 Al Señor Dios nuestro, la piedad y el perdón, porque nos hemos rebelado contra él,
10 y no hemos escuchado la voz de Yahveh nuestro Dios para seguir sus leyes, que él nos había dado por sus siervos los profetas.
11 Todo Israel ha transgredido tu ley, ha desertado sin querer escuchar tu voz, y sobre nosotros han caído la maldición y la imprecación escritas en la ley de Moisés, siervo de Dios, porque hemos pecado contra él.
12 El ha cumplido las palabras que había pronunciado contra nosotros y contra los príncipes que nos gobernaban: que haría venir sobre nosotros una calamidad tan grande como no habría jamás bajo el cielo otra mayor que la que alcanzara a Jerusalén.
13 Según está escrito en la ley de Moisés, toda esta calamidad nos ha sobrevenido, pero nosotros no hemos aplacado el rostro de Yahveh nuestro Dios, convirtiéndonos de nuestras iniquidades y aprendiendo a conocer tu verdad.
14 Yahveh ha estado atento a esta calamidad, la ha descargado sobre nosotros. Porque es justo Yahveh nuestro Dios en todas las obras que ha hecho, pero nosotros no hemos escuchado su voz.
15 Y ahora, Señor Dios nuestro, que con mano fuerte sacaste a tu pueblo del país de Egipto y te granjeaste con ello un nombre que dura hasta el presente, nosotros hemos pecado, hemos sido malos.
16 Señor, por todas tus justicias, retira tu cólera y tu furor de Jerusalén, tu ciudad, monte santo tuyo; pues, a causa de nuestros pecados y de las iniquidades de nuestros padres, Jerusalén y tu pueblo son el escarnio de todos los que nos circundan.
17 Y ahora, oh Dios nuestro, escucha la oración de tu siervo y sus súplicas. Ilumine tu rostro tu santuario desolado, ¡por ti mismo, Señor!
18 Inclina, Dios mío, tu oído y escucha. Abre tus ojos y mira nuestras ruinas y la ciudad sobre la cual se invoca tu nombre. No, no nos apoyamos en nuestras obras justas para derramar ante ti nuestras súplicas, sino en tus grandes misericordias.
19 ¡Señor, escucha! ¡Señor, perdona! ¡Señor, atiende y obra! ¡No tardes más, por ti mismo, Dios mío, pues tu nombre se invoca sobre tu ciudad y sobre tu pueblo.»
20 Todavía estaba yo hablando, haciendo mi oración, confesando mis pecados y los pecados de mi pueblo Israel, y derramando mi súplica ante Yahveh mi Dios, por el santo monte de mi Dios;
21 aún estaba hablando en oración, cuando Gabriel, el personaje que yo había visto en visión al principio, vino volando donde mí a la hora de la oblación de la tarde.
22 Vino y me habló. Dijo: «Daniel, he salido ahora para ilustrar tu inteligencia.
23 Desde el comienzo de tu súplica, una palabra se emitió y yo he venido a revelártela, porque tú eres el hombre de las predilecciones. Comprende la palabra, entiende la visión:
24 Setenta semanas están fijadas sobre tu pueblo y tu ciudad santa para poner fin a la rebeldía, para sellar los pecados, para expiar la culpa, para instaurar justicia eterna, para sellar visión y profecía, para ungir el santo de los santos.
25 «Entiende y comprende: Desde el instante en que salió la orden de volver a construir Jerusalén, hasta un Príncipe Mesías, siete semanas y sesenta y dos semanas, plaza y foso serán reconstruidos, pero en la angustia de los tiempos.
26 Y después de las sesenta y dos semanas un mesías será suprimido, y no habrá para él... y destruirá la ciudad y el santuario el pueblo de un príncipe que vendrá. Su fin será en un cataclismo y, hasta el final, la guerra y los desastres decretados.
27 El concertará con muchos una firme alianza una semana; y en media semana hará cesar el sacrificio y la oblación, y en el ala del Templo estará la abominación de la desolación, hasta que la ruina decretada se derrame sobre el desolador.»
Reflexión del capítulo 9
Daniel lee en los libros que las ruinas de Jerusalén durarán setenta años, y se vuelve a Dios en oración y ayuno, confesando los pecados de su pueblo y suplicando por la ciudad santa. Su súplica es modelo de intercesión: reconoce la justicia de Dios y la misericordia que restaura. Mientras ora, el ángel Gabriel le anuncia las famosas 'setenta semanas', un plan divino para acabar con la prevaricación, sellar la visión y ungir a un santuario. Es una de las profecías más estudiadas, que la Iglesia lee en clave de Cristo y de su muerte expiatoria. Daniel muestra que la historia de la salvación avanza según el designio de Dios, no del azar. La oración del profeta nos enseña a identificarnos con el pecado ajeno y a pedir la misericordia que transforma las ruinas en esperanza. El creyente orante colabora con el plan de Dios.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy reza intercediendo por tu comunidad o tu país, confesando no solo tus faltas sino cargando con las del entorno. Haz un gesto concreto de reparación: una limosna o un servicio desinteresado por alguien necesitado. La oración de Daniel nos enseña que la misericordia de Dios restaura incluso las ruinas más antiguas Lo que la historia no repara, Dios lo sana con la fuerza de su gracia.
Oración
Dios misericordioso, que oíste a Daniel en el ayuno, escucha mi oración por los pecados de mi pueblo y los míos. Restaura lo que está caído y cumple tu promesa de salvación, pues tú eres fiel a tu alianza. Que tu perdón me renueve. Amén.
Acerca del libro de Daniel
El libro de Daniel se sitúa en el corazón del exilio babilónico y del periodo persa, y narra la fidelidad de unos jóvenes judíos deportados que sirven en la corte de reyes paganos sin traicionar la Ley de sus padres. Tradicionalmente atribuido a Daniel, profeta y visionario, su redacción definitiva data de los siglos II-I a.C., en un momento de dura persecución, probablemente bajo Antíoco IV Epífanes. Por ello combina relatos edificantes (capítulos 1-6) con visiones apocalípticas (capítulos 7-12), y la Iglesia católica incluye además los capítulos 13 y 14 (Susana, Bel y el dragón) como parte del canon deuterocanónico, presentes ya en la antigua Vulgata. La liturgia de la Iglesia ha hecho de Daniel un texto de oración vespertina y de esperanza firme en las persecuciones.
Literariamente, Daniel es sabiduría y profecía a la vez: enseña que el Dios de Israel gobierna la historia de las naciones y entrega el Reino a los 'santos del Altísimo'. Sus temas centrales son la providencia divina, la resistencia pacífica ante la idolatría, la intercesión y la esperanza en la resurrección. En la historia de la salvación, Daniel sostiene al pueblo en tiempos de prueba y prefigura la victoria definitiva del Hijo del hombre anunciada por Cristo, a quien la liturgia aplica las visiones del capítulo siete.
Para leerlo hoy de modo orante, conviene acogerlo como escuela de fidelidad: ante las 'babilonias' modernas, el creyente puede mantenerse íntegro, confiar en que Dios saca bien del mal, y esperar con paciencia el cumplimiento de sus promesas. La oración de Daniel y de sus compañeros nos enseña a invocar al Señor en medio de la noche, seguros de que el Reino de los cielos no pasará y de que el Señor no abandona a los que en él esperan.
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