Daniel

Antiguo Testamento | 14 capítulos | 530 versículos

Dn

Capítulo 10

1 El año tercero de Ciro, rey de Persia, una palabra fue revelada a Daniel, por sobrenombre Beltsassar. Palabra verdadera: gran lucha. El comprendió la palabra; le fue dada en visión su inteligencia.

2 En aquel tiempo, yo, Daniel, hice penitencia durante tres semanas:

3 no comí alimento sabroso; ni carne ni vino entraron en mi boca, ni me ungí, hasta el término de estas tres semanas.

4 El día veinticuatro del primer mes, estando a orillas del río grande, el Tigris,

5 levanté los ojos para ver. Vi esto: Un hombre vestido de lino, ceñidos los lomos de oro puro:

6 su cuerpo era como de crisólito, su rostro, como el aspecto del relámpago, sus ojos como antorchas de fuego, sus brazos y sus piernas como el fulgor del bronce bruñido, y el son de sus palabras como el ruido de una multitud.

7 Sólo yo, Daniel, contemplé esta visión: los hombres que estaban conmigo no veían la visión, pero un gran temblor les invadió y huyeron a esconderse.

8 Quedé yo solo contemplando esta gran visión; estaba sin fuerzas; se demudó mi rostro, desfigurado, y quedé totalmente sin fuerzas.

9 Oí el son de sus palabras y, al oírlo, caí desvanecido, rostro en tierra.

10 En esto una mano me tocó, haciendo castañear mis rodillas y las palmas de mis manos.

11 Y me dijo: «Daniel, hombre de las predilecciones, comprende las palabras que voy a decirte, e incorpórate, porque yo he sido enviado ahora donde ti.» Al decirme estas palabras me incorporé temblando.

12 Luego me dijo: «No temas, Daniel, porque desde el primer día en que tú intentaste de corazón comprender y te humillaste delante de tu Dios, fueron oídas tus palabras, y precisamente debido a tus palabras he venido yo.

13 El Príncipe del reino de Persia me ha hecho resistencia durante veintiún días, pero Miguel, uno de los Primeros Príncipes, ha venido en mi ayuda. Le he dejado allí junto a los reyes de Persia

14 y he venido a manifestarte lo que le ocurirá a tu pueblo al fin de los días. Porque hay todavía una visión para esos días.»

15 Al decirme estas palabras, di con mi rostro en tierra y quedé en silencio;

16 y he aquí que una figura de hijo de hombre me tocó los labios. Abrí la boca para hablar y dije a aquel que estaba delante de mí: «Señor mío, ante esta visión la angustia me invade y ya no tengo fuerzas.

17 Y ¿cómo este siervo de mi Señor podría hablar con mi Señor, cuando ahora las fuerzas me faltan y ni aliento me queda?»

18 El que tenía aspecto de hombre me tocó de nuevo y me reanimó.

19 Me dijo: «No temas, hombre de las predilecciones; la paz sea contigo, cobra fuerza y ánimo.» Y, mientras me hablaba, me sentí reanimado y dije: «Hable mi Señor, porque me has confortado.»

20 Me dijo entonces: «¿Sabes por qué he venido donde ti? Y ahora volveré a luchar con el Príncipe de Persia: cuando haya terminado, verás que viene el Príncipe de Yaván.

21 Pero voy a revelarte lo que está consignado en el Libro de la Verdad. Nadie me presta ayuda para esto, excepto Miguel, vuestro Príncipe,

Reflexión del capítulo 10

Daniel ayuna tres semanas y, junto al río Tigris, contempla una figura de aspecto sobrecogedor, envuelta en lino y oro, con rostro como relámpago. Los que lo acompañan no ven nada, pero Daniel queda sin fuerzas. El ángel lo fortalece y le revela que su oración fue oída desde el primer día, pero el 'príncipe de Persia' resistió veintiún días hasta que Miguel, el príncipe de Israel, vino en ayuda. El pasaje desvela la realidad espiritual de la historia: hay fuerzas hostiles que se oponen al plan de Dios y los ángeles que lo defienden. La oración del justo sostiene esa batalla invisible. El ángel anuncia la guerra de los reyes del norte y del sur, que ocupará el capítulo siguiente. Daniel, tembloroso, recibe paz. El relato nos recuerda que nuestra lucha no es solo contra sangre y carne, sino contra potestades; la perseverancia en la oración vence la resistencia del mal.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Hoy mantén una oración perseverante aunque no veas frutos: ofrece tres semanas de una intención difícil (como Daniel) comenzando hoy con un propósito concreto. Pide la protección de san Miguel para tu familia y recuerda que nuestra lucha es también espiritual; no desfallezcas aunque el cielo parezca cerrarse La perseverancia paciente es la forma cristiana de alcanzar la victoria.

Oración

Señor de los ejércitos, que enviaste tu ángel a Daniel, fortalece mi fe en la lucha invisible. Por intercesión de san Miguel, defiende a tu Iglesia y a mi casa de las potestades del mal, y danos perseverancia. Que tu luz venza las tinieblas. Amén.

Acerca del libro de Daniel

El libro de Daniel se sitúa en el corazón del exilio babilónico y del periodo persa, y narra la fidelidad de unos jóvenes judíos deportados que sirven en la corte de reyes paganos sin traicionar la Ley de sus padres. Tradicionalmente atribuido a Daniel, profeta y visionario, su redacción definitiva data de los siglos II-I a.C., en un momento de dura persecución, probablemente bajo Antíoco IV Epífanes. Por ello combina relatos edificantes (capítulos 1-6) con visiones apocalípticas (capítulos 7-12), y la Iglesia católica incluye además los capítulos 13 y 14 (Susana, Bel y el dragón) como parte del canon deuterocanónico, presentes ya en la antigua Vulgata. La liturgia de la Iglesia ha hecho de Daniel un texto de oración vespertina y de esperanza firme en las persecuciones.

Literariamente, Daniel es sabiduría y profecía a la vez: enseña que el Dios de Israel gobierna la historia de las naciones y entrega el Reino a los 'santos del Altísimo'. Sus temas centrales son la providencia divina, la resistencia pacífica ante la idolatría, la intercesión y la esperanza en la resurrección. En la historia de la salvación, Daniel sostiene al pueblo en tiempos de prueba y prefigura la victoria definitiva del Hijo del hombre anunciada por Cristo, a quien la liturgia aplica las visiones del capítulo siete.

Para leerlo hoy de modo orante, conviene acogerlo como escuela de fidelidad: ante las 'babilonias' modernas, el creyente puede mantenerse íntegro, confiar en que Dios saca bien del mal, y esperar con paciencia el cumplimiento de sus promesas. La oración de Daniel y de sus compañeros nos enseña a invocar al Señor en medio de la noche, seguros de que el Reino de los cielos no pasará y de que el Señor no abandona a los que en él esperan.

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