I Macabeos
Antiguo Testamento | 16 capítulos | 924 versículos
Capítulo 15
1 Envió Antíoco, hijo del rey Demetrio, desde las islas del mar una carta a Simón, sacerdote y etnarca de los judíos, y a toda la nación,
2 redactada en los siguientes términos: «El rey Antíoco saluda a Simón, sumo sacerdote y etnarca, y a la nación de los judíos.
3 Puesto que una peste de hombres ha venido a apoderarse del reino de nuestros padres, y he resuelto reivindicar mis derechos sobre él y restablecerlo como anteriormente estaba, y he reclutado fuerzas considerables y equipado navíos de guerra,
4 y quiero desembarcar en el país para encontrarme con los que lo han arruinado y han devastado muchas ciudades de mi reino,
5 ratifico ahora en tu favor todas las exenciones que te concedieron los reyes anteriores a mí y cuantas dispensas de otras donaciones te otorgaron.
6 Te autorizo a acuñar moneda propia de curso legal en tu país.
7 Jerusalén y el Lugar Santo sean libres. Todas las armas que has fabricado y las fortalezas que has contruido y ocupas, queden en tu poder.
8 Cuanto debes al tesoro real y cuanto en el futuro dejes a deber, te sea perdonado desde ahora para siempre.
9 Y cuando hayamos ocupado nuestro reino, te honraremos a ti, a tu nación y al santuario con tales honores que vuestra gloria será conocida en toda la tierra.»
10 El año 174 partió Antíoco para el país de sus padres y todas las tropas se pasaron a él de modo que pocos quedaron con Trifón.
11 Antíoco se lanzó en su persecución y Trifón se refugió en Dora a orillas del mar,
12 porque veía que las desgracias se abatían sobre él y se encontraba abandonado de sus tropas.
13 Antíoco puso cerco a Dora con los 120.000 combatientes y los 8.000 jinetes que consigo tenía.
14 Bloqueó la ciudad, y de la parte del mar se acercaron las naves, de modo que estrechó a la ciudad por tierra y por mar sin dejar que nadie entrase o saliese.
15 Entre tanto, regresaron de Roma Numenio y sus acompañantes trayendo cartas para los reyes y países, escritas de este modo:
16 «Lucio, cónsul de los romanos, saluda al rey Tolomeo.
17 Han venido a nosotros, en calidad de amigos y aliados nuestros, los embajadores de los judíos para renovar nuestra antigua amistad y alianza, enviados por el sumo sacerdote Simón y por el pueblo de los judíos,
18 y nos han traído un escudo de oro de mil minas.
19 Nos ha parecido bien, en consecuencia, escribir a los reyes y países que no intenten causarles mal alguno, ni les ataquen a ellos ni a sus ciudades ni a su país, y que no presten su apoyo a los que los ataquen.
20 Hemos decidido aceptar de ellos el escudo.
21 Si, pues, individuos perniciosos huyen de su país y se refugian en el vuestro, entregadlos al sumo sacerdote Simón para que los castigue según su ley.»
22 Cartas iguales fueron remitidas al rey Demetrio, a Atalo, a Ariarates, a Arsaces
23 y a todos los países: a Sámpsamo, a los espartanos, a Delos, a Mindos, a Sición, a Caria, a Samos, a Panfilia, a Licia, a Halicarnaso, a Rodas, a Fasélida, a Cos, a Side, a Arados, a Gortina, a Cnido, a Chipre y a Cirene.
24 Redactaron además una copia de esta carta para el sumo sacerdote Simón.
25 El rey Antíoco, pues, tenía puesto cerco a Dora en los arrabales, lanzaba sin tregua sus tropas contra la ciudad y construía ingenios de guerra. Tenía bloqueado a Trifón y nadie podía entrar ni salir.
26 Simón le envió 2.000 hombres escogidos para ayudarle en la lucha, además de plata, oro y abundante material.
27 Pero no quiso recibir el envío; antes bien rescindió cuanto había convenido anteriormente con Simón y se mostró hostil con él.
28 Envió donde él a Atenobio, uno de sus amigos, a entrevistarse con él y decirle: «Vosotros ocupáis Joppe, Gázara y la Ciudadela de Jerusalén, ciudades de mi reino.
29 Habéis devastado sus territorios, causado graves daños en el país y os habéis adueñado de muchas localidades de mi reino.
30 Devolved, pues, ahora las ciudades que habéis tomado y los impuestos de las localidades de que os habéis adueñado fuera de los límites de Judea.
31 O bien, pagad en compensación quinientos talentos de plata y otros quinientos talentos por los estragos que habéis causado y por los impuestos de las ciudades. De lo contrario iremos y os haremos la guerra.»
32 Llegó, pues, Atenobio, el amigo del rey, a Jerusalén y al ver la magnificencia de Simón, su aparador con vajilla de oro y plata y todo el esplendor que le rodeaba, quedó asombrado. Le comunicó el mensaje del rey
33 y Simón le respondió con estas palabras: «Ni nos hemos apoderado de tierras ajenas ni nos hemos apropiado bienes de otros, sino de la heredad de nuestros padres. Por algún tiempo la poseyeron injustamente nuestros enemigos
34 y nosotros, aprovechando una ocasión favorable, hemos recuperado la heredad de nuestros padres.
35 En cuanto a Joppe y Gázara que nos reclamas, esas ciudades causaban graves daños al pueblo y asolaban nuestro país. Por ellas daremos cien talentos.» No respondió palabra Atenobio,
36 sino que se volvió furioso donde el rey y le refirió la respuesta, la magnificencia de Simón y todo lo que había visto. El rey montó en violenta cólera.
37 Trifón, embarcado en una nave, huyó a Ortosia.
38 Entonces el rey nombró a Cendebeo epistratega de la Zona Marítima y le entregó tropas de infantería y de caballería,
39 con la orden de acampar frente a Judea, construir Cedrón, fortificar sus puertas y combatir contra el pueblo. El rey partió en seguimiento de Trifón.
40 Cendebeo llegó a Yamnia y comenzó a hostigar al pueblo, efectuar incursiones por Judea, capturar prisioneros y matar.
41 Reconstruyó Cedrón donde alojó caballería y tropas para recorrer en salidas los caminos de Judea como se lo tenía ordenado el rey.
Reflexión del capítulo 15
El rey Antíoco VII sitia a Jerusalén y exige concesiones, pero Simón y su hijo Juan Hircano resisten y negocian con firmeza. El capítulo narra cartas de Roma exigiendo respeto a los judíos y la retirada del sitio. Se muestra la diplomacia combinada con la defensa. El autor presenta a Simón manteniendo la dignidad de la causa sin ceder a la humillación. También se relata el final del libro: la conspiración de Ptolomeo, yerno de Simón, que lo asesina a él y a dos de sus hijos durante un banquete en Jericó. Es una caída por la traición doméstica, no por el enemigo externo. El texto cierra con la continuidad bajo Juan Hircano. Nos enseña que el mayor peligro a veces viene de dentro, y que la obra de Dios sobrevive aun cuando sus instrumentos caen. La vigilancia debe extenderse también al círculo íntimo. Para la fe, es recordatorio de que solo Dios es la roca inquebrantable.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Hoy cuida tu círculo íntimo: la traición suele venir de cerca. No bajes la guardia en la confianza, pero sin volverte desconfiado enfermizo. Y si alguien cercano te falla, no dejes que eso destruya tu obra buena; continúa como Juan Hircano continuó.
Oración
Señor, tú eres la roca que no vacila cuando caen los instrumentos humanos. Danos vigilar también en el círculo íntimo y confiar en que tu obra sobrevive aun cuando sus servidores caen. Amén.
Acerca del libro de I Macabeos
El primer libro de los Macabeos relata la guerra de liberación que libró el pueblo judío contra el imperio seléucida a fines del siglo II a.C. En la Biblia católica pertenece a los libros deuterocanónicos, cuya inspiración y carácter canónico el Concilio de Trento reafirmó solemnemente. Se compuso probablemente en hebreo —hoy perdido— y se conserva en la versión griega de los Setenta. El relato abarca desde las reformas helenísticas de Alejandro Magno hasta el gobierno de Juan Hircano, cubriendo el sacerdocio y el liderazgo de Matatías y sus cinco hijos: Judas, Jonatán, Simón, Juan y Eleazar.
El conflicto estalla cuando el rey Antíoco IV Epífanes profana el templo de Jerusalén y quiere imponer la cultura griega a costa de la fe. Muchos judíos resisten; Matatías inicia la revuelta y Judas Macabeo se convierte en el gran guerrero de la independencia. El libro narra batallas, alianzas, martirios y la purificación del templo, origen de la fiesta de Hanukkah, que la tradición cristiana también valora.
Su tema central es la fidelidad a la alianza frente a la asimilación, y la convicción de que Dios pelea por su pueblo cuando este confía en Él. Leerlo hoy es recordar que la fe puede exigir resistencia valiente y que la libertad religiosa es un don que se defiende. La Iglesia venera estas páginas como testimonio de la fortaleza que da el Espíritu.
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