I Pedro
Nuevo Testamento | 5 capítulos | 105 versículos
Capítulo 1
1 Pedro, apóstol de Jesucristo, a los que viven como extranjeros en la Dispersión: en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, elegidos
2 según el previo conocimiento de Dios Padre, con la acción santificadora del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser rociados con su sangre. A vosotros gracia y paz abundantes.
3 Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo quien, por su gran misericordia, mediante la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva,
4 a una herencia incorruptible, inmaculada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros,
5 a quienes el poder de Dios, por medio de la fe, protege para la salvación, dispuesta ya a ser revelada en el último momento.
6 Por lo cual rebosáis de alegría, aunque sea preciso que todavía por algún tiempo seáis afligidos con diversas pruebas,
7 a fin de que la calidad probada de vuestra fe, más preciosa que el oro perecedero que es probado por el fuego, se convierta en motivo de alabanza, de gloria y de honor, en la Revelación de Jesucristo.
8 A quien amáis sin haberle visto; en quien creéis, aunque de momento no le veáis, rebosando de alegría inefable y gloriosa;
9 y alcanzáis la meta de vuestra fe, la salvación de las almas.
10 Sobre esta salvación investigaron e indagaron los profetas, que profetizaron sobre la gracia destinada a vosotros,
11 procurando descubrir a qué tiempo y a qué circunstancias se refería el Espíritu de Cristo, que estaba en ellos, cuando les predecía los sufrimientos destinados a Cristo y las glorias que les seguirían.
12 Les fue revelado que no administraban en beneficio propio sino en favor vuestro este mensaje que ahora os anuncian quienes os predican el Evangelio, en el Espíritu Santo enviado desde el cielo; mensaje que los ángeles ansían contemplar.
13 Por lo tanto, ceñíos los lomos de vuestro espíritu, sed sobrios, poned toda vuestra esperanza en la gracia que se os procurará mediante la Revelación de Jesucristo.
14 Como hijos obedientes, no os amoldéis a las apetencias de antes, del tiempo de vuestra ignorancia,
15 más bien, así como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra conducta,
16 como dice la Escritura: Seréis santos, porque santo soy yo.
17 Y si llamáis Padre a quien, sin acepción de personas, juzga a cada cual según sus obras, conducíos con temor durante el tiempo de vuestro destierro,
18 sabiendo que habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata,
19 sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo,
20 predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos a causa de vosotros;
21 los que por medio de él creéis en Dios, que le ha resucitado de entre los muertos y le ha dado la gloria, de modo que vuestra fe y vuestra esperanza estén en Dios.
22 Habéis purificado vuestras almas, obedeciendo a la verdad, para amaros los unos a los otros sinceramente como hermanos. Amaos intensamente unos a otros con corazón puro,
23 pues habéis sido reengendrados de un germen no corruptible, sino incorruptible, por medio de la Palabra de Dios viva y permanente.
24 Pues toda carne es como hierba y todo su esplendor como flor de hierba; se seca la hierba y cae la flor;
25 pero la Palabra del Señor permanece eternamente. Y esta es la Palabra: la Buena Nueva anunciada a vosotros.
Reflexión del capítulo 1
El primer capítulo es un canto a la esperanza que nace de la Resurrección. Pedro bendice a Dios porque, por su gran misericordia, nos ha reengendrado a una esperanza viva y nos reserva una herencia incorruptible, guardada en los cielos. El creyente todavía atraviesa pruebas, pero estas purifican la fe como el fuego purifica el oro; y esa fe probada se convertirá en alabanza y gloria cuando Cristo se revele. El Apóstol recuerda que los profetas investigaron sobre esta salvación y que los mismos ángeles ansían contemplarla: lo que ahora anuncian los predicadores es un misterio que supera toda expectativa. De ahí la exhortación: ceñíos los lomos del espíritu, sed sobrios, no os amoldéis a las apetencias de antes, sed santos como santo es el que os llamó. Y recuerda el precio del rescate: no oro ni plata, sino la sangre preciosa de Cristo, cordero sin tacha, predestinado antes de la creación del mundo. Por último, une santidad y amor fraterno: habéis purificado vuestras almas obedeciendo a la verdad, amaos intensamente unos a otros, pues habéis sido reengendrados por la Palabra viva y permanente, la que permanece eternamente.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Vive hoy tu fe como esperanza probada. Cuando llegue una dificultad —una enfermedad, un conflicto, una decepción—, no la interpretes como castigo, sino como el fuego que purifica el oro de tu fe. Dedica unos minutos a nombrar ante Dios esa prueba y a confiar en Él. Y elige una obra concreta de amor fraterno: una llamada, un favor, un perdón, para que tu esperanza se haga visible.
Oración
Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que por la Resurrección nos has reengendrado a una esperanza viva, purifica nuestra fe en la prueba y enciende en nosotros el amor fraterno. Que nuestra vida santa proclame al Cordero que nos rescató con su sangre preciosa. Amén.
Acerca del libro de I Pedro
La primera carta de Pedro se presenta como obra del apóstol Pedro, testigo directo de la vida, muerte y resurrección del Señor, y la tradición la sitúa en Roma —designada con el nombre cifrado de Babilonia— hacia los años 64-67, en plena persecución de Nerón. Va dirigida a los cristianos dispersos por el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, regiones de Asia Menor donde los creyentes vivían como extranjeros en su propia tierra, expuestos al recelo y a la hostilidad de sus vecinos. Pedro escribe para sostenerlos: no con discursos triunfalistas, sino recordándoles que su esperanza está anclada en la Resurrección de Jesucristo. La carta tiene un tono claramente bautismal y catequético: parece recoger la instrucción que se daba a quienes se preparaban para recibir el Bautismo y a los recién bautizados. Silvano, hermano fiel, colaboró en su redacción, y Marcos, el evangelista, aparece entre los que envían saludos. Entre sus grandes temas están la esperanza viva, la santidad de vida, la dignidad del pueblo de Dios —linaje elegido, sacerdocio real, nación santa—, la alegría en medio del sufrimiento y la imitación de Cristo paciente. Su retrato de Jesús como Cordero sin mancha, piedra angular y Pastor de las almas ha alimentado la liturgia y la espiritualidad de la Iglesia. Para el catolicismo tiene una importancia singular: en esta carta se funda la doctrina del sacerdocio común de los bautizados, que se ejercita ofreciendo sacrificios espirituales agradables a Dios por mediación de Jesucristo, sin que ello suprima el sacerdocio ministerial que lo sirve. Pedro, roca de la Iglesia, habla aquí como pastor que confirma a sus hermanos en la fe.
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