I Pedro

Nuevo Testamento | 5 capítulos | 105 versículos

1 Pe

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Capítulo 2 de 5

Capítulo 2

1 Rechazad, por tanto, toda malicia y todo engaño, hipocresías, envidias y toda clase de maledicencias.

2 Como niños recién nacidos, desead la leche espiritual pura, a fin de que, por ella, crezcáis para la salvación,

3 si es que habéis gustado que el Señor es bueno.

4 Acercándoos a él, piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida, preciosa ante Dios,

5 también vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo.

6 Pues está en la Escritura: He aquí que coloco en Sión una piedra angular, elegida, preciosa y el que crea en ella no será confundido.

7 Para vosotros, pues, creyentes, el honor; pero para los incrédulos, la piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido,

8 en piedra de tropiezo y roca de escándalo. Tropiezan en ella porque no creen en la Palabra; para esto han sido destinados.

9 Pero vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz

10 vosotros que en un tiempo no erais pueblo y que ahora sois el Pueblo de Dios, de los que antes no se tuvo compasión, pero ahora son compadecidos.

11 Queridos, os exhorto a que, como extranjeros y forasteros, os abstengáis de las apetencias carnales que combaten contra el alma.

12 Tened en medio de los gentiles una conducta ejemplar a fin de que, en lo mismo que os calumnian como malhechores, a la vista de vuestras buenas obras den gloria a Dios en el día de la Visita.

13 Sed sumisos, a causa del Señor, a toda institución humana: sea al rey, como soberano,

14 sea a los gobernantes, como enviados por él para castigo de los que obran el mal y alabanza de los que obran el bien.

15 Pues esta es la voluntad de Dios: que obrando el bien, cerréis la boca a los ignorantes insensatos.

16 Obrad como hombres libres, y no como quienes hacen de la libertad un pretexto para la maldad, sino como siervos de Dios.

17 Honrad a todos, amad a los hermanos, temed a Dios, honrad al rey.

18 Criados, sed sumisos, con todo respeto, a vuestros dueños, no sólo a los buenos e indulgentes, sino también a los severos.

19 Porque bella cosa es tolerar penas, por consideración a Dios, cuando se sufre injustamente.

20 ¿Pues qué gloria hay en soportar los golpes cuando habéis faltado? Pero si obrando el bien soportáis el sufrimiento, esto es cosa bella ante Dios.

21 Pues para esto habéis sido llamados, ya que también Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus huellas.

22 El que no cometió pecado, y en cuya boca no se halló engaño;

23 el que, al ser insultado, no respondía con insultos; al padecer, no amenazaba, sino que se ponía en manos de Aquel que juzga con justicia;

24 el mismo que, sobre el madero, llevó nuestros pecados en su cuerpo, a fin de que, muertos a nuestros pecados, viviéramos para la justicia; con cuyas heridas habéis sido curados.

25 Erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras almas.

Reflexión del capítulo 2

Este capítulo describe la identidad del cristiano con imágenes de construcción y de culto. Pedro pide desechar toda malicia, engaño, hipocresía y maledicencia, y desear como niños la leche espiritual pura para crecer hacia la salvación. Acercándonos a Cristo, piedra viva desechada por los hombres pero elegida y preciosa ante Dios, también nosotros somos piedras vivas que entran en la construcción de un edificio espiritual, un sacerdocio santo que ofrece sacrificios agradables a Dios por mediación de Jesucristo. La cita de la Escritura lo confirma: Dios coloca en Sión una piedra angular, y quien cree en ella no quedará confundido; para los incrédulos, en cambio, esa piedra es tropiezo. Luego eleva el tono: vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, llamados de las tinieblas a la luz admirable. Un tiempo no erais pueblo, ahora sois Pueblo de Dios. De esa dignidad brota la conducta: absteneos de las apetencias que combaten contra el alma, tened conducta ejemplar entre los gentiles, sed sumisos a las instituciones humanas, honrad a todos, amad a los hermanos. Y en la parte final propone a Cristo como modelo: sufrió por vosotros, no cometió pecado, no respondió con insultos, llevó nuestros pecados en el madero y con sus heridas fuimos curados; erais ovejas descarriadas y habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras almas.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Reconoce hoy tu dignidad bautismal: no eres un desconocido para Dios, sino piedra viva de su templo y miembro de un pueblo elegido. En la Misa, únete conscientemente a la ofrenda de la comunidad como sacrificio espiritual. Y elige un gesto concreto de conducta ejemplar: responder con amabilidad a quien te trata mal, o servir en tu parroquia, para que otros vean tus buenas obras y den gloria a Dios.

Oración

Señor Jesucristo, piedra angular y pastor de nuestras almas, que cargaste nuestros pecados y nos sanaste con tus heridas, haznos piedras vivas de tu Iglesia. Que ofrezcamos con humildad sacrificios agradables al Padre y demos testimonio con una conducta ejemplar. Amén.

Acerca del libro de I Pedro

La primera carta de Pedro se presenta como obra del apóstol Pedro, testigo directo de la vida, muerte y resurrección del Señor, y la tradición la sitúa en Roma —designada con el nombre cifrado de Babilonia— hacia los años 64-67, en plena persecución de Nerón. Va dirigida a los cristianos dispersos por el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, regiones de Asia Menor donde los creyentes vivían como extranjeros en su propia tierra, expuestos al recelo y a la hostilidad de sus vecinos. Pedro escribe para sostenerlos: no con discursos triunfalistas, sino recordándoles que su esperanza está anclada en la Resurrección de Jesucristo. La carta tiene un tono claramente bautismal y catequético: parece recoger la instrucción que se daba a quienes se preparaban para recibir el Bautismo y a los recién bautizados. Silvano, hermano fiel, colaboró en su redacción, y Marcos, el evangelista, aparece entre los que envían saludos. Entre sus grandes temas están la esperanza viva, la santidad de vida, la dignidad del pueblo de Dios —linaje elegido, sacerdocio real, nación santa—, la alegría en medio del sufrimiento y la imitación de Cristo paciente. Su retrato de Jesús como Cordero sin mancha, piedra angular y Pastor de las almas ha alimentado la liturgia y la espiritualidad de la Iglesia. Para el catolicismo tiene una importancia singular: en esta carta se funda la doctrina del sacerdocio común de los bautizados, que se ejercita ofreciendo sacrificios espirituales agradables a Dios por mediación de Jesucristo, sin que ello suprima el sacerdocio ministerial que lo sirve. Pedro, roca de la Iglesia, habla aquí como pastor que confirma a sus hermanos en la fe.

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