I Pedro
Nuevo Testamento | 5 capítulos | 105 versículos
Capítulo 3
1 Igualmente, vosotras, mujeres, sed sumisas a vuestros maridos para que, si incluso algunos no creen en la Palabra, sean ganados no por las palabras sino por la conducta de sus mujeres,
2 al considerar vuestra conducta casta y respetuosa.
3 Que vuestro adorno no esté en el exterior, en peinados, joyas y modas,
4 sino en lo oculto del corazón, en la incorruptibilidad de un alma dulce y serena: esto es precioso ante Dios.
5 Así se adornaban en otro tiempo las santas mujeres que esperaban en Dios, siendo sumisas a sus maridos;
6 así obedeció Sara a Abraham, llamándole Señor. De ella os hacéis hijas cuando obráis bien, sin tener ningún temor.
7 De igual manera vosotros, maridos, en la vida común sed comprensivos con la mujer que es un ser más frágil, tributándoles honor como coherederas que son también de la gracia de Vida, para que vuestras oraciones no encuentren obstáculo.
8 En conclusión, tened todos unos mismos sentimientos, sed compasivos, amaos como hermanos, sed misericordiosos y humildes.
9 No devolváis mal por mal, ni insulto por insulto; por el contrario, bendecid, pues habéis sido llamados a heredar la bendición.
10 Pues quien quiera amar la vida y ver días felices, guarde su lengua del mal, y sus labios de palabras engañosas,
11 apártese del mal y haga el bien, busque la paz y corra tras ella.
12 Pues los ojos del Señor miran a los justos y sus oídos escuchan su oración, pero el rostro del Señor contra los que obran el mal.
13 Y ¿quién os hará mal si os afanáis por el bien?
14 Mas, aunque sufrierais a causa de la justicia, dichosos de vosotros. No les tengáis ningún miedo ni os turbeis.
15 Al contrario, dad culto al Señor, Cristo, en vuestros corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza.
16 Pero hacedlo con dulzura y respeto. Mantened una buena conciencia, para que aquello mismo que os echen en cara, sirva de confusión a quienes critiquen vuestra buena conducta en Cristo.
17 Pues más vale padecer por obrar el bien, si esa es la voluntad de Dios, que por obrar el mal.
18 Pues también Cristo, para llevarnos a Dios, murió una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, muerto en la carne, vivificado en el espíritu.
19 En el espíritu fue también a predicar a los espíritus encarcelados,
20 en otro tiempo incrédulos, cuando les esperaba la paciencia de Dios, en los días en que Noé construía el Arca, en la que unos pocos, es decir ocho personas, fueron salvados a través del agua;
21 a ésta corresponde ahora el bautismo que os salva y que no consiste en quitar la suciedad del cuerpo, sino en pedir a Dios una buena conciencia por medio de la Resurrección de Jesucristo,
22 que, habiendo ido al cielo, está a la diestra de Dios, y le están sometidos los Angeles, las Dominaciones y las Potestades.
Reflexión del capítulo 3
Este capítulo reúne consejos para la vida cotidiana y culmina en el misterio pascual. Pedro habla a las esposas y a los maridos: la conducta silenciosa y respetuosa puede ganar al cónyuge que no cree, y el marido ha de honrar a la mujer como coheredera de la gracia de la Vida, para que las oraciones no encuentren obstáculo. Después traza el retrato de la comunidad: tened unos mismos sentimientos, sed compasivos, amaos como hermanos, no devolváis mal por mal sino bendecid, guardad la lengua del mal y buscad la paz. El cristiano puede sufrir por la justicia, pero eso es dicha, y ha de estar siempre dispuesto a dar razón de su esperanza, con dulzura y respeto. El centro del capítulo es Cristo: murió una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios; muerto en la carne, vivificado en el espíritu, fue a predicar a los espíritus encarcelados que habían sido incrédulos en los días de Noé, cuando ocho personas se salvaron a través del agua. A aquella agua corresponde ahora el Bautismo, que no limpia la suciedad del cuerpo, sino que pide a Dios una buena conciencia por medio de la Resurrección de Jesucristo, que subió al cielo y está a la diestra de Dios.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Practica hoy la caridad en casa y en la comunidad: responde con una palabra amable a quien te irrita y busca la paz antes que tener razón. Si alguien te pregunta por tu fe, no te excuses: prepara una respuesta sencilla y humilde sobre la esperanza que te sostiene. Y recuerda tu Bautismo agradeciendo a Dios, no solo como un recuerdo, sino como la fuente viva de tu salvación.
Oración
Señor Jesús, que moriste una vez por los pecados y fuiste vivificado en el Espíritu para llevarnos a Dios, enséñanos a bendecir en lugar de maldecir. Que demos razón de nuestra esperanza con dulzura y respeto, y vivamos como hijos de la Resurrección. Amén.
Acerca del libro de I Pedro
La primera carta de Pedro se presenta como obra del apóstol Pedro, testigo directo de la vida, muerte y resurrección del Señor, y la tradición la sitúa en Roma —designada con el nombre cifrado de Babilonia— hacia los años 64-67, en plena persecución de Nerón. Va dirigida a los cristianos dispersos por el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, regiones de Asia Menor donde los creyentes vivían como extranjeros en su propia tierra, expuestos al recelo y a la hostilidad de sus vecinos. Pedro escribe para sostenerlos: no con discursos triunfalistas, sino recordándoles que su esperanza está anclada en la Resurrección de Jesucristo. La carta tiene un tono claramente bautismal y catequético: parece recoger la instrucción que se daba a quienes se preparaban para recibir el Bautismo y a los recién bautizados. Silvano, hermano fiel, colaboró en su redacción, y Marcos, el evangelista, aparece entre los que envían saludos. Entre sus grandes temas están la esperanza viva, la santidad de vida, la dignidad del pueblo de Dios —linaje elegido, sacerdocio real, nación santa—, la alegría en medio del sufrimiento y la imitación de Cristo paciente. Su retrato de Jesús como Cordero sin mancha, piedra angular y Pastor de las almas ha alimentado la liturgia y la espiritualidad de la Iglesia. Para el catolicismo tiene una importancia singular: en esta carta se funda la doctrina del sacerdocio común de los bautizados, que se ejercita ofreciendo sacrificios espirituales agradables a Dios por mediación de Jesucristo, sin que ello suprima el sacerdocio ministerial que lo sirve. Pedro, roca de la Iglesia, habla aquí como pastor que confirma a sus hermanos en la fe.
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