II Timoteo
Nuevo Testamento | 4 capítulos | 83 versículos
Capítulo 3
1 Ten presente que en los últimos días sobrevendrán momentos diffíciles;
2 los hombres serán egoístas, avaros, fanfarrones, soberbios, difamadores, rebeldes a los padres, ingratos, irreligiosos,
3 desnaturalizados, implacables, calumniadores, disolutos, despiadados, enemigos del bien,
4 traidores, temerarios, infatuados, más amantes de los placeres que de Dios,
5 que tendrán la apariencia de piedad, pero desmentirán su eficacia. Guárdate también de ellos.
6 A éstos pertenecen esos que se introducen en las casas y conquistan a mujerzuelas cargadas de pecados y agitadas por toda clase de pasiones,
7 que siempre están aprendiendo y no son capaces de llegar al pleno conocimiento de la verdad.
8 Del mismo modo que Jannés y Jambrés se enfrentaron a Moisés, así también estos se oponen a la verdad; son hombres de mente corrompida, descalificados en la fe.
9 Pero no progresarán más, porque su insensatez quedará patente a todos, como sucedió con la de aquéllos.
10 Tú, en cambio, me has seguido asiduamente en mis enseñanzas, conducta, planes, fe, paciencia, caridad, constancia,
11 en mis persecuciones y sufrimientos, como los que soporté en Antioquía, en Iconio, en Listra. ¡Qué persecuciones hube de sufrir! Y de todas me libró el Señor.
12 Y todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús, sufrirán persecuciones.
13 En cambio los malos y embaucadores irán de mal en peor, serán seductores y a la vez seducidos.
14 Tú, en cambio, persevera en lo que aprendiste y en lo que creíste, teniendo presente de quiénes lo aprendiste,
15 y que desde niño conoces las Sagradas Letras, que pueden darte la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús.
16 Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argüir, para corregir y para educar en la justicia;
17 así el hombre de Dios se encuentra perfecto y preparado para toda obra buena.
Reflexión del capítulo 3
El capítulo tercero comienza con un retrato sombrío de los «últimos días»: hombres egoístas, avaros, fanfarrones, ingratos, amantes de los placeres más que de Dios, con «apariencia de piedad» pero sin su eficacia. Pablo no pide huir del mundo, sino discernir: hay una religiosidad vacía que se disfraza de fe y que no transforma la vida.
Frente a ese panorama, el apóstol se presenta a sí mismo como contrapunto. Timoteo ha seguido de cerca sus enseñanzas, su conducta, su paciencia y sus persecuciones en Antioquía, Iconio y Listra. Y añade una verdad desconcertante para quien espera una vida cómoda: «todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirán persecuciones».
El capítulo culmina en una de las afirmaciones más importantes de toda la Escritura sobre sí misma. Timoteo, dice Pablo, conoce «desde niño las Sagradas Letras», y éstas «pueden darte la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús». Porque «toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argüir, para corregir y para educar en la justicia». Es el fundamento de la lectura creyente de la Biblia: no un libro cualquiera, sino palabra de Dios que forma al hombre de Dios para toda obra buena.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
No dejes que tu fe se quede en apariencias: revisa hoy si tu oración se traduce en obras concretas de caridad hacia quienes tienes cerca. Y abre la Escritura al menos unos minutos, sin prisa, dejando que Dios te enseñe, te corrija y te eduque en la justicia, como pide el apóstol. La Palabra leída con fe no vuelve vacía.
Oración
Padre, guárdame de una piedad solo aparente y de amar más los placeres que a ti. Que tu Palabra inspirada me forme, me corrija y me prepare para toda obra buena, y que permanezca fiel incluso en los días difíciles. Amén.
Acerca del libro de II Timoteo
La segunda carta a Timoteo es el testamento espiritual de san Pablo y, con toda probabilidad, el último escrito suyo que conservamos. Redactada desde la prisión de Roma, hacia el año 67, cuando el emperador Nerón perseguía a los cristianos, tiene el tono sereno y apremiante de quien sabe que su vida está a punto de ser entregada: «yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente». Ya no escribe para fundar comunidades, sino para despedirse y para sostener en la fe a su hijo más querido, Timoteo, obispo de Éfeso.
El contexto histórico es el de una Iglesia joven y perseguida, sacudida además por doctrinas erróneas que negaban la resurrección y por maestros que buscaban el aplauso fácil. Frente a ello, Pablo insiste en tres pilares que la fe católica ha conservado siempre: la transmisión fiel del «buen depósito» recibido de los apóstoles, la comunión en el sufrimiento por el Evangelio, y la Sagrada Escritura como palabra inspirada por Dios, útil para enseñar y corregir. Cuando escribe «cuanto me has oído... confíalo a hombres fieles, que sean capaces, a su vez, de instruir a otros», está describiendo la sucesión apostólica, viva en la Iglesia por la imposición de las manos.
El centro del mensaje es Cristo: el Resucitado que «ha destruido la muerte», el Señor fiel que no puede negarse a sí mismo, y el Juez justo que entregará la corona de la justicia a quienes hayan esperado con amor su Manifestación. Pablo no muere vencido, sino como atleta que ha llegado a la meta. Esta carta enseña al creyente de hoy a custodiar la fe, a no avergonzarse del Evangelio y a vivir con la mirada puesta en aquel Día.
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