II Timoteo

Nuevo Testamento | 4 capítulos | 83 versículos

2 Tim

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Capítulo 4 de 4

Capítulo 4

1 Te conjuro en presencia de Dios y de Cristo Jesús que ha de venir a juzgar a vivos y muertos, por su Manifestación y por su Reino:

2 Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina.

3 Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por su propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades;

4 apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas.

5 Tú, en cambio, pórtate en todo con prudencia, soporta los sufrimientos, realiza la función de evangelizador, desempeña a la perfección tu ministerio.

6 Porque yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente.

7 He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe.

8 Y desde ahora me aguarda la corona de la justicia que aquel Día me entregará el Señor, el justo Juez; y no solamente a mí, sino también a todos los que hayan esperado con amor su Manifestación.

9 Apresúrate a venir a mí cuanto antes,

10 porque me ha abandonado Demas por amor a este mundo y se ha marchado a Tesalónica; Crescente, a Galacia; Tito, a Dalmacia.

11 El único que está conmigo es Lucas. Toma a Marcos y tráele contigo, pues me es muy útil para el ministerio.

12 A Tíquico le he mandado a Efeso.

13 Cuando vengas, tráeme el abrigo que me dejé en Tróada, en casa de Carpo, y los libros, en especial los pergaminos.

14 Alejandro, el herrero, me ha hecho mucho mal. El Señor le retribuirá según sus obras.

15 Tú también guárdate de él, pues se ha opuesto tenazmente a nuestra predicación.

16 En mi primera defensa nadie me asistió, antes bien todos me desampararon. Que no se les tome en cuenta.

17 Pero el Señor me asistió y me dio fuerzas para que, por mi medio, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todos los gentiles. Y fui librado de la boca del león.

18 El Señor me librará de toda obra mala y me salvará guardándome para su Reino celestial. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

19 Saluda a Prisca y Aquila y a la familia de Onesíforo.

20 Erasto se quedó en Corinto; a Trófimo le dejé enfermo en Mileto.

21 Date prisa en venir antes del invierno. Te saludan Eubulo, Pudente, Lino, Claudia y todos los hermanos.

22 El Señor sea con tu espíritu. La gracia sea con vosotros.

Reflexión del capítulo 4

El capítulo cuarto es el testamento de Pablo. Ante Dios y ante Cristo que ha de juzgar a vivos y muertos, conjura a Timoteo a proclamar la Palabra «a tiempo y a destiempo», a reprender, exhortar y enseñar con paciencia. El motivo es realista: llegará un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana y se rodearán de maestros «por el prurito de oír novedades», apartando los oídos de la verdad.

Después, Pablo habla de sí mismo sin dramatismo y sin derrota. Sabe que su vida está siendo «derramada en libación» y que su partida es inminente, pero resume su existencia con tres imágenes de victoria: «he competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe». Y mira hacia adelante: le aguarda «la corona de la justicia» que le entregará el Señor, el justo Juez.

El capítulo deja también destellos humanos conmovedores: Demas, que le ha abandonado por amor a este mundo; Lucas, el único que permanece con él; Marcos, que ahora le es útil. En su primera defensa nadie le asistió, pero «el Señor me asistió y me dio fuerzas». El apóstol confía en ser librado «de la boca del león» y guardado para el Reino celestial.

Cómo aplicar este capítulo a tu vida

Proclama tu fe «a tiempo y a destiempo»: no esperes el momento perfecto ni el argumento brillante. Da hoy un testimonio sencillo —una palabra de esperanza, un gesto de coherencia, una corrección hecha con caridad— a quien no lo espera. Y cuando te sientas solo o abandonado, recuerda que el Señor asiste a los suyos y pone las fuerzas que nos faltan.

Oración

Señor, justo Juez y corona de los que te esperan con amor, dame constancia para correr hasta la meta y conservar la fe hasta el final. Que nunca te abandone por amor a este mundo ni por miedo a la prueba. Amén.

Acerca del libro de II Timoteo

La segunda carta a Timoteo es el testamento espiritual de san Pablo y, con toda probabilidad, el último escrito suyo que conservamos. Redactada desde la prisión de Roma, hacia el año 67, cuando el emperador Nerón perseguía a los cristianos, tiene el tono sereno y apremiante de quien sabe que su vida está a punto de ser entregada: «yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente». Ya no escribe para fundar comunidades, sino para despedirse y para sostener en la fe a su hijo más querido, Timoteo, obispo de Éfeso.

El contexto histórico es el de una Iglesia joven y perseguida, sacudida además por doctrinas erróneas que negaban la resurrección y por maestros que buscaban el aplauso fácil. Frente a ello, Pablo insiste en tres pilares que la fe católica ha conservado siempre: la transmisión fiel del «buen depósito» recibido de los apóstoles, la comunión en el sufrimiento por el Evangelio, y la Sagrada Escritura como palabra inspirada por Dios, útil para enseñar y corregir. Cuando escribe «cuanto me has oído... confíalo a hombres fieles, que sean capaces, a su vez, de instruir a otros», está describiendo la sucesión apostólica, viva en la Iglesia por la imposición de las manos.

El centro del mensaje es Cristo: el Resucitado que «ha destruido la muerte», el Señor fiel que no puede negarse a sí mismo, y el Juez justo que entregará la corona de la justicia a quienes hayan esperado con amor su Manifestación. Pablo no muere vencido, sino como atleta que ha llegado a la meta. Esta carta enseña al creyente de hoy a custodiar la fe, a no avergonzarse del Evangelio y a vivir con la mirada puesta en aquel Día.

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