Nahún
Antiguo Testamento | 3 capítulos | 47 versículos
Capítulo 3
1 ¡Ay de la ciudad sanguinaria, mentira toda ella, llena de rapiña, de incesante pillaje!
2 ¡Chasquido de látigos, estrépito de ruedas! ¡Caballos que galopan, carros que saltan,
3 caballería que avanza, llamear de espadas, centellear de lanzas... multitud de heridos, montones de muertos, cadáveres sin fin, cadáveres en los que se tropieza!
4 Es por las muchas prostituciones de la prostituta, bella de gracia y maestra en sortilegios, que vendía a las naciones con sus prostituciones y a los pueblos con sus sortilegios.
5 Aquí estoy contra ti - oráculo de Yahveh Sebaot -: voy a alzar tus faldas hasta tu cara, mostraré a las naciones tu desnudez, a los reinos tu vergüenza.
6 Arrojaré inmundicia sobre ti, te deshonraré y te pondré como espectáculo.
7 Y sucederá que todo el que te vea huirá de ti y dirá: «¡asolada está Nínive! ¿Quién tendrá piedad de ella? ¿Dónde buscarte consoladores?»
8 ¿Eres acaso tú mejor que No Amón, la asentada entre los Nilos, (rodeada de aguas), cuya barrera era el mar, cuya muralla las aguas?
9 Etiopía y Egipto eran su fuerza que no tenía límite; Put y los libios venían en su ayuda.
10 También ella fue al destierro, al cautiverio partió, también sus niños fueron estrellados en el cruce de todas las calles; se echaron suertes sobre sus notables, y todos sus grandes fueron aherrojados con cadenas.
11 También tú quedarás ebria, serás ésa que se esconde, también tú buscarás un refugio contra el enemigo.
12 Todas tus fortalezas son higueras cargadas de brevas: si se las sacude, caen en la boca de quien va a comerlas.
13 He ahí a tu pueblo: mujeres en medio de ti; a tus enemigos se abren enteras las puertas de tu país, el fuego ha devorado tus cerrojos.
14 Sácate agua para el asedio, refuerza tus fortalezas, métete en la arcilla, pisa el mortero, toma el molde de ladrillos.
15 Allí el fuego te consumirá, la espada te exterminará, (te devorará como el pulgón.) Multiplícate como el pulgón, multiplícate como la langosta;
16 multiplica tus mercaderes más que las estrellas del cielo, se despliegan los pulgones y se vuelan,
17 tus guardias como langostas, y tus escribas como enjambres de insectos, que se posan en las tapias en un día de frío; sale el sol y se van, y nadie sabe dónde. ¡Ay, cómo están
18 dormidos tus pastores, rey de Asur! Dormitan tus capitanes, tu pueblo está disperso por los montes, y no hay quien los reúna.
19 ¡No hay remedio para tu herida, incurable es tu llaga! Todos los que noticia de ti oyen baten palmas sobre ti; pues ¿sobre quién no pasó sin tregua tu maldad?
Reflexión del capítulo 3
El capítulo 3 pronuncia el ay sobre la ciudad sanguinaria, llena de mentira y de rapiña. Nahún pinta con realismo el horror de la guerra —látigos, caballos, espadas, montones de cadáveres— para mostrar adónde conduce la violencia sin freno. La causa de la ruina no es solo militar: Nínive vendía a las naciones con sus prostituciones, es decir, corrompía con su poder y su engaño. Para medir su caída, el profeta la compara con No Amón (Tebas, en Egipto), ciudad poderosa que también cayó a pesar de sus aliados. Nadie es invencible cuando se apoya solo en la fuerza. El capítulo termina con una sentencia sin remedio —incurable es tu llaga— y con el aplauso de cuantos sufrieron su crueldad. No es el gozo del rencor, sino el reconocimiento de que la justicia divina alcanza incluso a los imperios más temibles.
Cómo aplicar este capítulo a tu vida
Examina hoy en qué medida te apoyas solo en tu fuerza, tu dinero o tu influencia, olvidando a Dios y a los demás. Practica la humildad: reconoce un límite, pide ayuda, o repara de algún modo un daño que hayas causado. La grandeza verdadera se construye sobre la justicia, no sobre la opresión.
Oración
Señor, que no confíe en mi propia fuerza ni en la apariencia del poder. Dame un corazón justo y humilde, y hazme reparar el mal que haya causado, sabiendo que solo tú eres el Dueño de la historia. Amén.
Acerca del libro de Nahún
Nahún es el séptimo de los doce profetas menores y su libro, breve y denso, gira en torno a un solo tema: la caída de Nínive, capital del imperio asirio, la potencia que durante siglos oprimió a Israel y a Judá. Sabemos poco de su autor: se lo presenta como Nahún de Elcós, y su nombre significa «consolador». Su oráculo se sitúa probablemente antes del año 612 a.C., cuando Nínive fue destruida, y se dirige a un pueblo que había sufrido la violencia asiria y necesitaba saber que Dios no era indiferente a la injusticia.
El libro alterna dos voces. Por un lado, el rostro severo de Dios: celoso, tardo a la cólera pero grande en poder, que camina en la tempestad y no deja impune al malvado; su juicio sobre Nínive se describe con crudeza porque refleja la crueldad que Asiria sembró. Por otro, el rostro entrañable: bueno es Yahveh para el que en él espera, un refugio en el día de la angustia (1,7). En el capítulo 2 aparece la figura del mensajero que anuncia la paz, imagen que el Nuevo Testamento aplica a los evangelizadores (Rom 10,15). Para la fe católica, Nahún recuerda dos verdades inseparables: que la justicia de Dios es real y que su misericordia es refugio para quien se acoge a él. El juicio de Nínive anticipa el juicio definitivo de la historia, donde Cristo, el Cordero que anuncia la paz, será también el Señor que juzga con verdad.
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